La prostitución post Covid-19: “La situación se ha agravado”

La fundación Amaranta sostiene que durante la pandemia la prostitución se ha elevado, empeorando el estado de vulnerabilidad de las mujeres

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Prostituta | Foto: Archivo
Natalia López
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Durante el mes de marzo de 2020, la sociedad se encontraba aturdida por el confinamiento, que encerró a la mayoría de personas en sus casas. Mientras que la mayor preocupación de la ciudadanía era encontrar papel higiénico en un supermercado, muchas mujeres en Granada se debatían entre abandonar su prostíbulo y vivir en la calle, o aceptar cualquier acto sexual por dinero. España se sitúa entre los países mundiales que más ingresos recibe del mercado de la prostitución, de acuerdo con el sitio web Havoscope. Se estima que la nación desembolsa más de 26.5 billones de euros.

La fundación Amaranta es una asociación sin ánimo de lucro que nació en 2006 con el objetivo de favorecer la incorporación social y laboral de las mujeres que se encuentran en contextos de prostitución. Susana Mataix, coordinadora de la Fundación de Amaranta, no sabe el porcentaje total o diferencial con respecto a otras provincias, pero sí que la trata existe en Granada y los fines de explotación sexual también. "Lo tenemos cerca, pero a veces lo invisibilizamos”, asegura.

Desde el IAM, organismo autónomo adscrito al Ministerio de Igualdad, reconocen que no tienen cifras de cuántas mujeres hay prostituidas en Andalucía durante 2020. Lo que sí tienen constancia es que donde más actividad hay es en Granada, Jaén, Almería y Sevilla, aunque se detectan diferencias en determinadas ciudades.

Con respecto a diversas investigaciones (ACSUR-Las Segovias, 2001; Meneses, 2003; Ballester, Orte, Perelló y Jordá, 2003, entre otros), recogidas en la investigación del 12 de abril de 2006 por el Ministerio de Trabajo y asuntos sociales, la mayoría de las mujeres que fueron entrevistadas afirmaron no encontrarse bajo vigilancia de terceras personas (“chulos”, proxenetas, parejas, etc.). Esta situación cambia dependiendo de la comunidad autónoma.

Por ejemplo, Médicos del Mundo asegura que en Madrid, la mayor parte de las mujeres están vigiladas por personas o redes que explotan sus servicios. En cambio, en ciudades más pequeñas como Granada, Cartagena o Palma de Mallorca, las mujeres tratadas sexualmente trabajan de forma más individual, que no de forma voluntaria.

A pesar de todos estos datos, el modelo de prostitución y pornografía ha evolucionado tras la pandemia. Los principales cambios se han producido en su patrón de consumo. Conforme al artículo ‘Prostitución y confinamiento’ de Águeda Gómez y Rosa Mº Verdugo, durante la cuarentena se ha experimentado una reducción considerable del consumo sexual en grupo, es decir, en despedidas de soltero, fiestas entre amigos o cenas de empresa. En cambio, la prostitución individualizada y los servicios virtuales se han incrementado de forma desmedida.

El denominado porno-prostitución suma cifras cada día, incorporando al mercado a mujeres y niñas por internet. Durante el mayor desprendimiento de la bolsa en 2021, la empresa sexual comenzaba su marketing 360 grados, aportando producción en cualquier ámbito tanto virtual como físico. Este hecho también se observa en plataformas como Onlyfans, la cual presenta 500.000 usuarios al día y más de 200 millones de dólares al mes. El cliente puede tener un servicio privado si posee más dinero (Lozano y Conellie 2020). Como indica la investigadora y activista Mabel Lozano, “un hombre puede entrar en una sala de una mujer de Filipinas y pedir que la violen, que se meta de todo… Los hombres entran en línea y les piden que se metan martillos por el ano y la vagina, que se pongan pinzas en el pecho… Y eso no es virtual, es real.”

En varios estudios realizados por Águeda Gómez y Silvia Pérez se concluye la inexistencia de un perfil sociológico concreto del consumidor de pornografía, recalcando que los clientes pueden pertenecer a cualquier edad, etnia, clase social e ideología. Entre las motivaciones de cada cliente, se encuentran diversas narrativas: relato misógino (cosifica a la mujer), relato consumidor (compra lo que se vende), relato amigo (empatiza pero no politiza) y relato crítico (arrepentido).

Atendiendo a los datos aportados, se conoce que actualmente y a nivel global, un hombre tiene acceso a una mujer con tan solo tener dinero. Beatriz Gimeno, política y activista española, afirma en varios artículos que “toda persona de sexo masculino que nace en esta tierra sabe que por dinero, dentro de su capacidad económica, tiene acceso a una mujer”.

Se confirma así que el nivel económico del varón no reduce el consumo sexual, dado a que siempre va a poder demandar la prostitución de una mujer con menor capital. Se declara como demandante al género masculino debido a su mayor tendencia sexual. De acuerdo con Fundación Amaranta, "la trata con fines de explotación sexual tiene nombre de mujer. Suelen ser mujeres jóvenes, con hijos a cargo en origen, en situaciones administrativas irregulares y de origen extranjero en un porcentaje alto".

Lo más significativo de estos estudios es que confirman que los varones que consumen porno-prostitución no buscan el placer sexual, sino una motivación político-identitaria para obtener el status de “hombría” o la aceptación social de otros hombres en grupo.

Todos estos datos recuerdan que la prostitución no está desapareciendo sino que está cambiando y adaptándose a una sociedad demandante de un consumo periódico y desechable. Un ‘producto’ que tiene nombre y apellidos, pero no derechos.