Zimerman y el chelo de Iagoba Fanlo ponen el punto y final al Festival

Johann Sebastian Bach cae en las manos del donostiarra y el polaco cierra su tercer recital al frente de la Orquesta Ciudad de Granada

© Festival de Granada | Fermín Rodríguez
Iagoba Fanlo, al chelo. | Foto: Gabinete
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Bach es inagotable. El violonchelista Iagoba Fanlo abrió este domingo la jornada de clausura del 69 Festival de Música y Danza de Granada. Fanlo hizo sonar a Bach, una fuente de energía inagotable bajo su acogedora sombra, que soportó esta vez su Suite núm. 1 para violonchelo solo.

Fueron las seis suites de Bach, escritas siguiendo las estructuras clásicas del género como agrupación de danzas en la misma tonalidad, las que sin duda inspiraron las tres que al instrumento dedicó Benjamin Britten entre 1964 y 1971. Pero detrás de Bach estuvo también la música del madrileño Alfredo Aracil, pues su Praeludium fue concebido explícitamente como preámbulo a esa Suite núm. 1.

Aracil citó (Rendez-vous, estreno) al encuentro con su idea del tiempo-burbuja, ese en el que las grandes obras musicales se imbrican entre sí en una historia más circular que lineal. Y el círculo se cierra con Postludium, encargo del Festival para este concierto.

El punto y final a esta 69 edición lo puso Krystian Zimerman con su tercer concierto de piano y dirección al frente de la OCG. En la clausura del Festival, Zimerman ofreció dos de los recitales para piano más impresionantes del repertorio, dos obras además fuertemente contrastadas. El Cuarto, en sol mayor, es un prodigio de calidez, intimismo y sutileza en el color.

Beethoven integra el piano en la orquesta, juega audazmente con los claroscuros armónicos y amplía los temas melódicos, hasta el punto de que el concierto llegó a parecer casi una fantasía improvisada.

En cambio, el Quinto, el Emperador, en mi bemol mayor (¡como la Sinfonía Heroica!) es una obra épica, marcial, virtuosística, enérgica, brillante, auténticamente heroica, el más sinfónico de sus conciertos y modelo incontestable del género concertante para los románticos a lo largo de todo el XIX.

Fue el cierre de un festival que, un año más, no ha dejado indiferente a nadie, pero que tiene el reto de ocupar el lugar que merece en la escena nacional. Un festival atípico, por las circunstancias derivadas de la crisis sanitaria, pero que el año que viene cumplirá 70 años.





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