Tengo miedo a: afrontémoslo y superémoslo (y no nos escapemos) para sentirnos más seguros

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El miedo es una fuerza que se puede transmutar | Fotos: Remitidas
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El miedo es una emoción de protección y alerta frente al peligro. Y qué pasa cuando el peligro no es real? Pues que el miedo se convierte en algo patológico. Aún así, es una emoción que nos enseña algo profundo de nosotros mismos y, si sabemos identificarlo, lo podremos vencer y así podremos lograrlo y conocernos más profundamente a nosotros mismos. Porque gran parte de la victoria está en no darles valor a los miedos. El miedo tiene la fuerza que nosotros decidamos darle. Ni más ni menos.
Cada sociedad suele compartir temores que se han heredado por costumbres y hábitos. La información bien contrastada y la comunicación son la clave para superar las fobias colectivas.

Pero, ¿Qué es el miedo?

 
El miedo es una reacción de nuestro cuerpo y especialmente de nuestra mente ante una situación, animal o persona que interpretamos como peligrosa o desagradable. ‌Es una emoción, en principio, de supervivencia, ya que nos protege del riesgo y el peligro, pero, ocurre en muchas ocasiones, que no existe ningún peligro, aunque sentimos miedo igualmente y es en esas ocasiones donde nuestro cuerpo cambia hacia algún camino no deseado. Las personas no nacemos llenas de miedo, nacemos con la mochila vacía. Existen muy poquitos miedos que sean innatos, los demás los vamos aprendiendo a través de las experiencias que mantenemos con las personas y con las situaciones que vivimos.
La realidad es que el miedopuede llegar a ser una reacción limitante en nuestra vida diaria, ya que puede bloquearnos hasta el punto de no ser capaces de reaccionar. Y si así ocurre, necesitamos buscar la solución. Además, a veces somos propensos a aumentar el tamaño del miedo cuando no lo bajamos a la realidad.
 
Desde que nacemos, estamos viviendo, observando y experimentando emociones, agradables y también desagradables, positivas y negativas, entre ellas, el miedo. En función de las experiencias vividas, el miedo puede llegar a desarrollar en nosotros una reacción de protección para prevenir que no suceda la situación desagradable vivida con anterioridad.
De todas formas, sentir miedo es algo normal. Esto se debe a que el cerebro de todos los seres vivos, al encontrarse en situaciones de riesgo, reacciona de manera instantánea en defensa propia. En otras palabras, en situaciones de peligro se activa de manera instintiva un sistema de protección frente a posibles ataques o situaciones que puedan generar algún desequilibrio.

El miedo es una fuerza que se puede transmutar

 
El miedo se supera enfrentándolo. De hecho, el miedo es una emoción con gran poder y si logramos transmutarlo en una fuerza interna que nos permita seguir adelante, nos convertirá en una persona más segura y más libre. Parece difícil, no?
Cuando nos enfrentamos a una situación que nos genera tensión y tenemos el firme propósito de superarlo, hacernos algunas preguntas puede ayudarnos: ¿por qué nos sentimos así?, ¿qué recuerdos o sentimientos nos llegaron en ese momento?, ¿cómo reaccionamos o en qué parte de nuestro cuerpo sentimos que se escondió esa aprensión?
En el ser humano la forma de enfrentar el miedo es el resultado de la confluencia de mecanismos instintivos y del aprendizaje que se ha ido acopiando en diversas situaciones. No es una reacción única. Es la suma de reacciones. Se podría decir que a la hora de enfrentar una amenaza se activa en un primer momento el instinto de conservación, pero también un proceso mental aprendido que induce a actuar en uno u otro sentido.
Como una de nuestras emociones primarias, el miedo, guarda consigo una información valiosa de nosotros y de todas aquellas situaciones desagradables que vivimos y que pretende que no vuelvan a ocurrirnos de nuevo.
Las respuestas nos permitirán delimitar el temor y materializarlo, con el fin de que lo hagamos consciente y evitemos que se repita una situación similar. Así que lo primero es percatarse sobre por qué aparece la aprensión. De esta forma podremos identificar sus causas y la función que cumple en las situaciones que experimentamos.
Hacernos conscientes de las causas nos permitirá evaluar si corresponde a un temor que busca protegernos de un peligro real o si se trata de un desequilibrio imaginario en nuestra vida.
No obstante, la forma de reaccionar ante algo temido varía de una persona a otra. Hay quienes actúan agresivamente mientras que otros se quedan inmóviles y con la mente en blanco intentando diseñar (o no) alguna posible solución ante al peligro que tienen de frente.
Emociones como el amor, la amistad, la bondad o la solidaridad, no producen miedo, puesto que son sinceras, intangibles, y pertenecen al corazón. Y ellas sí son capaces de cambiar este planeta, de llenar nuestra alma y de hacernos sentir la belleza del mundo que nos rodea. Todas nuestras emociones quedan guardadas en nuestra mente subconsciente, y por ello, no somos conscientes de la información que reservan, respecto a experiencias del pasado.

Afrontar y no evitar

 
En la medida que va apareciendo el miedo en nuestra vida, tendemos a evitar las situaciones que tememos, para no volver a pasarlo mal. Sin embargo, no es una buena decisión, ya que no aprendemos nada mientras lo estamos evitando. Y por el contrario, éste cada vez es más fuerte y resistente para eliminarlo.
Evitando el miedo solamente lo alimentamos. En nuestra mente nos vamos haciendo más y más pequeños frente a él, que cada vez parece contar con más armas y puntos por donde poder atacarnos. Esto no solo se nota en nuestro grado de temor sino también en el grado en el que condiciona nuestras vidas.
Para ganarle al miedo no hay otro camino que afrontarlo, superarlo y obtener así la satisfacción que esto puede aportarnos. Al mismo tiempo, para afrontarlo es bueno descubrir algo más de nosotros mismos, es decir, conocer a través del miedo, el origen del mismo, su significado y la interpretación que hacemos del peligro.
Para ello, descubriremos en nosotros habilidades y capacidades que no teníamos, y que ahora, hacen innecesario el miedo, ya que nos daremos cuenta de que ahora contamos con estrategias para hacer frente a la situación temida, probablemente originada en la infancia, cuando aún no disponíamos de estrategias para afrontar la vida.
Por otro lado, en determinados miedos resistentes y que nos sintamos incapaces de afrontar, sería conveniente consultar con un especialista. él buscará la estrategia más adecuada para que condicione nuestra vida o menos posible e incluso para que lleguemos a superarlo.
Siempre es interesante estar atento a todas nuestras emociones y, con ello, hacernos conscientes de la información que de forma sub-consciente queda guardada de cada una de ellas.
Cualquier emoción nos ayuda a conocernos, ya que nos cuentan cómo nos vemos a nosotros mismos, qué nos gusta o nos desagrada, qué nos hace daño o nos alegra y qué situaciones nos recuerdan experiencias del pasado, sean éstas más o menos alegres.
Ser consciente de ellas, siempre será una información valiosa sobre nosotros mismos, para trabajar aspectos personales que pueden estar debilitados o ser poco realistas en relación al momento presente que vivimos.

Crecer y sentirnos más seguros

 
En muchas ocasiones, debido a que no somos conscientes de nuestro propio crecimiento y maduración, sentimos emociones que corresponden a experiencias pasadas, normalmente del periodo de la infancia. Sin embargo, crecemos con ellas, y seguimos interpretando situaciones del presente con el mismo peligro que lo hacíamos cuando éramos pequeños.
Conocernos a través del miedo es ser conscientes de lo que nos bloquea y limita, re-interpretando las situaciones aparentemente peligrosas y trasformándolas en nuestra mente como situaciones que somos capaces de afrontar, ya que hemos crecido, y tenemos estrategias para afrontarlas con éxito.
Reconocer nuestras capacidades, nos permite sentirnos más seguros para afrontar cualquier miedo, desde el momento presente, borrando la huella que dejó en nosotros el pasado.
Para poder identificar cuál es la naturaleza del miedo que sentimos, necesitamos:
  • Hacer una pausa y rodearnos de un ambiente tranquilo en el que podamos reflexionar sobre los temores que sufrimos. Intentemos simplemente respirar profundo y tranquilizarnos, pues de este modo nuestra conciencia fluirá mejor.
  • Ante todo no nos sintamos culpables por haber sentido miedo y recordemos que es algo normal, que podemos irlo venciendo poco a poco.
  • Confiemos en nosotros. Recordemos que en ese temor hay también un aprendizaje sobre uno mismo y lo podamos convertir en una maravillosa enseñanza.
 
No veamos el miedo como un enemigo, pues este es adaptativo. En realidad, por miedo se cometen grandes tonterías, pero también se llevan a cabo grandes hazañas. Quien tiene miedo de fallar, a veces se esfuerza un poco más. Quien tiene miedo de perder la libertad, puede enfrentarse a temibles riesgos con tal de preservarla.
El coraje está hecho de miedo. Lo que varía entre un “cobarde” y un “valiente” es simplemente una decisión. No es que el “valiente” no tenga miedo, sino que ha decidido transitarlo en lugar de evadirlo.
Esto no es para nada un proceso fácil. Se logra como se obtienen los grandes logros en la vida: con constancia, paciencia y paso a paso. Lo único determinante en relación al miedo es que haya una auténtica decisión de superarlo. No hay otra manera de lograrlo que diseñar una estrategia con la que te sientas cómodo para mirarlo a la cara.

Aprender del miedo

Si luchamos contra el miedo sin entender su fundamento y de forma irracional, seguramente podremos manejarlo de forma inmediata y ligera, pero no lo estaremos combatiendo de raíz, por lo que podremos reaparecer en cualquier momento. Al miedo hay que pensarlo, no es bueno que nos dejemos llevar por arranques temerarios sin mayor conciencia de lo que estamos haciendo.
Como bien se dice, el miedo es una acción y el coraje es una reacción. Recordemos esto para los momentos en los que nos sintamos petrificados, inmóviles o sin ganas de seguir con nuestros planes. De lo contrario, podríamos arrepentirnos por hacerle caso al temor y no a nuestros verdaderos sueños y deseos.
No olvidemos que el miedo se expresa física y mentalmente. Físicamente se puede combatir con un buen manejo de la respiración en momentos de crisis. Es un método para percibir mejor tu cuerpo y precisar los cambios que se operan en él de modo que podamos controlarlos. Pero no basta con esto. Hay que hablar sobre el tema y expresar nuestros sentimientos a otros, escribirlos o simplemente mirarnos a un espejo y hablar con nosotros mismos de lo que sucede. Estos son recursos idóneos para encontrar ese equilibrio que nos hace falta. Porque el temor no se supera escondiéndose de él; por eso no le temamos, transitámoslo.
Ojalá el miedo no fuese más que una palabra. Un vocablo incapaz de tener el más mínimo efecto sobre nosotros. Un entre abstracto que no tuviese en nuestra personalidad más que un vago recuerdo de lo que desea adueñarse de nuestro ser, pero es incapaz. Una idea lejana que no es capaz de afectarnos.
Por desgracia, el miedo es mucho más que una palabra. Es un estado de ánimo, un sentimiento, una emoción y una sensación terrible, capaz de encerrar nuestro corazón en la inacción, el sufrimiento y el dolor. Algo que puede impedir movernos, y nos convierte en seres desgraciados y perdidos en el devenir de la vida.
Porque cargamos la mochila de la vida de experiencias y enseres, pero rara vez nos paramos a mirar el equipaje. Pero, si te fijas bien, en tu maleta hay una ingente cantidad de elementos que, en realidad, no necesitas para nada.
No obstante, es evidente que la posesión, el tener algo en propiedad, nos ayuda a sentir una falsa seguridad que, en realidad, no es tal. Y ese efecto nos impide ver que para cambiar, para ser feliz, para evolucionar y avanzar en el camino de la vida, no necesitamos un equipaje tan grande y prominente.
Tememos a muchas cosas. De hecho, el temor a hablar en público, el miedo a las arañas o a la oscuridad son algunos de los traumas de las sociedades más desarrolladas. Sin embargo, hay fobias que compartimos con mucha otra gente., junto a miedo a las alturas, al fracaso y a la oscuridad y:
  1. La muerte: Es el temor que está en la base del instinto de supervivencia. Desde el punto de vista biológico, la vida tiende a perpetuarse. Todos los organismos se resisten a morir. Desde la perspectiva filosófica, la vida es el bien supremo, ya que de él se desprenden todos los demás bienes y virtudes.
  2. La pérdida de autonomía: Se refiere al temor de perder la libertad, la capacidad de decidir nuestras acciones o pensamientos. Se relaciona, desde el punto de vista simbólico con el miedo a morir. Implica el rechazo a la idea de pérdida del yo, o de la imposibilidad para desplegar dicho yo.
  3. La soledad, uno de los miedos comunes: Más que el temor a la soledad en sí, uno de los miedos más comunes es el de perder contacto con el mundo. Hay varias situaciones que nos ponen en alerta de ese riesgo. El rechazo o el desprecio, por ejemplo. Son un signo de que podemos perder el vínculo con el grupo y ser condenados al ostracismo. La falta de reconocimiento, respeto o valoración causan una herida emocional profunda e incrementan el miedo a la soledad.
  4. A enfermar o sufrir una mutilación: El miedo a la mutilación forma parte del instinto fundamental de preservar nuestra unidad e integridad como seres humanos. Hacemos equivalente nuestro cuerpo a nuestro yo y queremos mantenerlo funcional. Por eso a veces tememos miedo  a ciertos instrumentos, como las agujas o los cuchillos.
  5. Perjuicios al ego: Es similar al miedo a la soledad, pero en este caso más que a la exclusión, a lo que se teme es a la humillación pública. La sensación del desprecio colectivo es algo que nadie quiere experimentar. Quizás esto no implique que uno pierda su lugar dentro de un grupo, pero sí propicia una condición de inferioridad y dependencia.
  6. Al cambio: nuestro cerebro está pensado para la supervivencia, no para la felicidad. Así pues, ante el cambio tenemos que ingeniárnosla para navegar por él, entenderlo como oportunidad y aprender de sus posibilidades. Y esto no es tan automático como salir corriendo ante una amenaza, requiere esfuerzo, entrenamiento y salirnos de los miedos que nos atenazan. Es urgente entrenar diariamente nuestra mente, leyendo fuentes de información distintas, iendo al trabajo por otro camino, probando sabores exóticos,….. El aprendizaje es el mejor antídoto ante el miedo. Hay que relativizar lo que nos ocurre. En la medida que tomemos perspectiva, podemos entender la parte amable y aplicarse dietas para desdigitalizarnos ya que en la medida que tomemos perspectiva, podemos entender la parte amable si confiamos. Tenemos tanto miedo al cambio, que muchos nos aferramos a mecanismos de defensa como el autoengaño, la resignación, la arrogancia o la pereza para no cuestionar las creencias con las que hemos creado nuestra identidad.
  7. Miedo en las empresas y organizaciones: los miedos comunes en las empresas se elevan a la enésima potencia. Las posibles represalias, las actitudes de la jerarquía para con sus inferiores y un largo etcétera de acontecimientos y maneras de dirigir conforman temores organizativos que se contagian entre empleados.
Si queremos alcanzar la felicidad y llevar a cabo todos nuestros sueños debemos estar preparados para dar un salto de fe y enfrentar nuestros miedos.
Las causas por las que preferimos seguir jugando con lo seguro y evitamos el éxito es el temor al ridículo, a parecer tontos, salir heridos, enfrentar el rechazo o fallar.
La realidad es que aprendemos a vivir con miedo desde nuestra infancia y a causa de experiencias traumáticas o de los mensajes negativos que vemos en todos lados. A pesar de que los miedos no son nuestra responsabilidad, solo nosotros podemos enfrentarlos y eliminarlos de nuestra vida.
 
Y para ello:
  1. Hagámonos amigos de nuestros miedos
  2. Prioricemos los pensamientos positivos
  3. Restemos energía al miedo
  4. Samos conscientes de nuestras victorias
  5. Pidamos apoyo
  6. Riamonos de nuestros miedos
  7. Hagamos una lista de los miedos vencidos
La afirmación de que el miedo nunca va a desaparecer puede provocar que nuestro corazón empiece a latir más deprisa y que notemos cierto grado de ansiedad. Es algo natural o, más bien, comprensible. Y ello es porque la sociedad en la que hemos crecido nos ha enseñado a escapar del miedo y no afrontarlo. Pero, sobre todo, nos ha educado para prevenirlo aún cuando ignoramos si va a manifestarse o no.
Esta emoción que solemos etiquetar como «mala» siempre está con nosotros. Por mucho que deseemos e intentemos evitarla, es imposible prescindir de ella, ya que tiene una función vital para nuestra supervivencia. Gracias al miedo, nos ponemos en alerta para enfrentarnos a un problema.
En definitiva, el miedo es necesario en nuestras vidas, ya que es una respuesta natural ante los situaciones adversas y potencialmente peligrosas; sin embargo, podemos aprender a dar esta respuesta de manera desproporcionada ante cualquier situación. Y con información contrastada, comunicación y tarea en equipo, ya sea con la familia o con los compañeros de trabajo se solucionan muchos miedos. Las fobias heredadas culturalmente se superan mejor en compañía. Porque el miedo de un equipo de personas es inferior al de un individuo aislado.


Comentarios

2 comentarios en “Tengo miedo a: afrontémoslo y superémoslo (y no nos escapemos) para sentirnos más seguros

  1. Excelente exposición del doctor Joan Carles March, sobre el miedo, sus consecuencias y manera y modo de enfrentarnos a el. Me ha encantado.

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      Joan Carles March

      Muchas gracias Ana por tus palabras. Como digo en el artículo, el miedo necesita que lo afrontemos y no nos escapemos. Gracias

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