Salario mínimo mientras estalla el campo

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Olivos | Foto: Archivo GD
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“Es la hora de los salarios”, dijo Mariano Rajoy, todavía presidente del Gobierno, con aquella retórica suya que proclamaba la salida de la crisis y una recuperación que era la admiración de Europa. Con sus palabras, Rajoy exhortaba a los empresarios, a esos mismos a los que, con la reforma laboral aprobada por su Gobierno, había puesto en bandeja de plata la cabeza de los trabajadores para despedir a destajo. Más los flecos que dejaba aquella desdichada normativa que permitió, por ejemplo, que recientemente jueces insensibles, los mismos que toleran a las ‘kellys’, hayan fallado la legalidad de un despido incluso en los casos de reiteradas bajas aunque médicamente estén justificadas.
En fin, que decíamos que hasta el propio Rajoy percibía en aquellos años 2016-2017 que la salida de la crisis, en todo caso, se había conseguido a cuenta del sacrificio salarial de la clase trabajadora, golpeada en su bolsillo y en sus derechos. Y que, a la altura de esos años y proclamada la recuperación, había llegado el momento de trasladar a unos salarios menguados y menguantes alguna subida que aminorase los perjuicios de tan devastadora crisis, mejorase el poder adquisitivo de los ciudadanos y reactivase en alguna medida el consumo.
Por supuesto que no le hicieron caso, pero a algún adelantado del PP, de los que ahora conforman el Gobierno de Andalucía y que critican, insensibles, el aumento del salario mínimo habría que recordarles lo que en su día dijo Rajoy. Y ya, de paso, apuntarles la inmensa paradoja de oponerse a salarios de 950 euros mientras ‘subvencionan’ a algún locutor ‘somalo’ con 700 euros el minuto.
La subida del salario mínimo interprofesional (SMI), en fin, tuvo que esperar al pasado año, ya con un Gobierno de izquierdas, a la que se suma la aprobada en estos primeros días de este 2020 gracias al acuerdo pactado entre empresarios y sindicatos con el patrocinio del Ejecutivo. También entonces, cuando la subida del año pasado, como ahora los augures que nunca faltan pronosticaron una caída del empleo que los datos finales, al cierre del ejercicio, desmienten. En 2019 no creció el paro y como esto es ya incuestionable, los augures anuncian ahora que esta mejora hasta los 950 euros en el SMI se traducirá en un frenazo a las contrataciones.
Habría que preguntarle a estos augures cómo se calcula este efecto que ellos prevén. Como no lo dirán, la pregunta más social que aritmética es: ¿cómo se justifica la solidez de una recuperación si un salario de 950 euros la pone en peligro? Y, en continuidad con lo anterior, ¿cómo es que no han quebrado las empresas de Alemania, Francia, Inglaterra, Italia… donde el salario mínimo está en el entorno de los 1.500 euros? (Aquí, también un recordatorio a nuestra simpar clase política, que suele aducir que un diputado de esos países cobra más que en el Parlamento español. Sí, pero también cobra más un camarero francés que un camarero español…).
Y en este panorama asistimos estos días a las movilizaciones de los agricultores ante el hecho cierto de la caída de la renta agraria y el hundimiento de los precios. Que son la auténtica madre del cordero aunque en el maremágnum de las protestas haya quien relacione la crisis del sector con una subida del SMI que más de uno considera inasumible para la rentabilidad de las explotaciones. Entre ellos, el presidente de la autonomía de Extremadura, ¡socialista que parece lamentar un salario mensual, por excesivo, de 950 euros! A Fernández Vara, heraldo socialista extremeño, más bien le preocupa la ‘sublevación’ en los feudos donde el PSOE gobierna y la capitalización que de la portesta pueda hacer Vox.
Entre 2014 y 2018, en que no se registraron subidas del salario mínimo, el diferencial de paro entre la media que soporta Extremadura y la de España creció. Ya en 2019, con una subida del SMI en toda España, el empleo creció en el campo extremeño, levemente pero creció. Y también creció -más de un punto- en Murcia, otra región donde el campo tiene una fuerte presencia en el PIB regional. El salario mínimo y sus subidas, modestas, poco intervienen en la resultante final de este problema.
En Andalucía, en Granada el campo representa para la renta y el empleo casi tanto como el turismo. Por tanto, también aquí, en esta recóndita columna, nos solidarizamos con estas movilizaciones que denuncian los excesivos contingentes, que tienden a aumentar, de frutos extranjeros procedentes de mercados emergentes. La caída de los precios, los abusos de las grandes superficies… Ese es el panorama cuando los agricultores se levantan en defensa del olivar, más vital aun para la economía de Jaén. Todo eso pone a los agricultores en el umbral de la rentabilidad si no de las pérdidas al vender por debajo de costes. En el escenario, además, de un ‘brexit’ ya consumado que solo puede suponer nuevos aranceles a la exportación del aceite a los territorios del Reino Unido.
Cuando hablamos de la ‘España vaciada’ hablamos de esto. No nos podemos permitir el hundimiento de este sector, el de los agricultores, que, por otra parte y por lo general, resultan en la práctica más ecologistas que otros ecologistas que han hecho de su ecologismo una pose. Entretenerse en abrir bares para evitar la fuga del campo a ciudades que pronto serán un ‘bar continuum’ está bien pensado. Pero son necesarias políticas que hagan atractivo el oficio a las nuevas generaciones. Políticas globales y urgentes. Hay mucho en juego: si se muere el olivar se mueren los pueblos.


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