Un año sin fútbol

Hay veces que sin saber por qué, de repente te sientes preparado para afrontar ese problema que da vueltas en tu cabeza durante semanas

Granada CF Athletic Club de Bilbao
El último gol que gritó Los Cármenes hizo soñar a todo el granadinismo | Foto: Antonio L. Juárez
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Sería primeros de enero cuando saqué del armario el chaquetón más abrigado que tengo. Ese que apenas me pongo de forma regular una semana al año, la que desde la aplicación de El Tiempo amenaza con nevadas Granada capital; y esporádicamente las noches de invierno que preveo que se pueden alargar y los partidos nocturnos que se juegan en Los Cármenes. Echando las manos a los bolsillos, me tropecé con la entrada del Granada – Athletic de las semifinales de Copa del año pasado. El partido con el que siempre soñamos y que, como si se tratara uno de aquellos partidos decisivos de los 90, derivó en pesadilla. La entrada había quedado ahí, olvidada, cumpliendo con el extraño ritual que me hace dejar las cosas como están después de sufrir un desengaño, temeroso de tocarlas, rechazando hurgar en la herida.

Había pasado más de medio año, pero aún me sentía incapaz de decidir si guardarla o tirarla. Así que la palpé, comprobé a contraluz que era ella y cuidadosamente la volví a meter en el bolsillo. Y allí quedó, esperando una mejor ocasión. Y es que hay veces que sin saber por qué, de repente te sientes preparado para afrontar ese problema que da vueltas en tu cabeza durante semanas. Días que te levantas con una luz distinta y con un enfoque diferente que te hacen recapacitar y actuar. Guiños del destino, que te llenan de fuerza y te sirven de punto de inflexión para abordar aquello que tenías aparcado.

La noche del miércoles pasado, al encender la tele justo en el momento que pitaban el penalti a favor del Sevilla, volví a tener esa sensación. Aquella escena parecía preparada para mí, como si los jugadores hubieran estado pasándose la pelota mansamente esperando a que yo me sentara en el sillón. El fallo de Ocampos hizo que me tragara lo que quedaba del encuentro y que acabara reviviendo partidos pasados del Granada. El de hace apenas un mes… y el de hace ya un año. Y allí delante de la pequeña tele de 19 pulgadas del dormitorio, rumiando todos aquellos sinsabores que creía superados, acordándome de la pantorrilla de Aarón y de la espalda de Foulquier, asistí impávido al arrodillamiento del Sevilla. Y entonces, sin entender por qué, pensé que todo eso estaba pasando por y para mí.

Me levanté del sillón como un resorte y fui hacia la entrada de casa. Saqué el chaquetón, abrí los bolsillos y rescaté el papel. Lo desdoblé, lo estiré bien y mientras lo miraba prácticamente a oscuras, iluminado únicamente por la luz anaranjada que entraba a través de la ventana, recordé las noches de frío y las tardes de calor; me agobié por la falta de aparcamiento y por la multitud que se agolpaba en el metro; olí el césped y me molestó el humo de cigarro; sentí el crujir de las cáscaras de pipas bajo mis pies; escuché los gritos, las palmas, las canciones y me ensordecieron los pitos… Recordé como era celebrar un gol sin temor a asustar a mi hija pequeña. Y en ese preciso instante me percaté que ya había pasado un año del último partido de fútbol que pudimos presenciar.







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