Diamante rojiblanco

3) 84-85 Diamante Rubio
Prolegómenos del Granada 0 Bilbao At. 0 de la 84-85, 5 de mayo de 1985. La última aparición de Diamante Rubio en Los Cármenes. Detrás el granadinista Rivera
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El 27 de agosto de 1950 debutaba en la plaza de toros de la Avenida del Doctor Olóriz un torerillo pelirrojo de 18 años, de nombre Luis Gómez Sánchez, Diamante Rubio para el toreo (bufo o cómico en su caso). Su alias taurino quería ser un remedio gracioso del de un diestro de cartel por entonces, el venezolano Diamante Negro, que había tomado la alternativa en esa misma plaza dos años antes y en nuestra tierra tenía mucho predicamento.

El Granada 69-70 precedido por Diamante Rubio. Ñito, Panchulo, Barrenechea, Ferrando, Santos y Gerardo, de pie; agachados: Lara, José Barrios, Vicente (casi incorporado) y sólo un brazo y una pierna de Hidalgo. Y un centón de niños forofos. 25 de enero de 1970, Granada 0 Sevilla 0

Era una novillada sin picadores en la que actuaba junto a otros tres noveles de la tierra que también daban sus primeros capotazos ante público, los tres en la parte seria. En la publicidad se leía que en cuarto lugar actuaría “la revelación de la temporada, ‘Diamante Rubio’, que ejecutará novísimas y graciosas suertes del toreo”.

Al crítico del semanario La Prensa (cabecera en aquellos años de la Hoja del Lunes), el veterano Narciso de la Fuente, que firmaba con el seudónimo de El Bachiller Canta-Claro y era un purista del arte de Cúchares, no le gustó nada la faena de Diamante Rubio, del que dice que no es tolerable ni en la más ínfima charlotada, y que no demostró noción alguna de toreo ni de comicidad: “Quiso tomar el toreo a lo Charlot, pero sólo de intento, pues ni aquello tenía gracia, ni conocimiento, ni valentía, aunque él crea lo contrario”.

No debió de afectarle a Diamante demasiado la demoledora crítica de Cantaclaro porque sabemos que, con mayor o menor fortuna, siguió más de una década desplegando su arte cómico por capeas y novilladas de aquí y de allá y a la vez ejercitando el oficio que iba a ser el que en definitiva le iba a servir para ganarse la vida, el de calentar a públicos apáticos y predisponerlos a favor de un determinado diestro.

Y como lo que era aplicable a los toros también podía serlo al balompié, sobre todo cuanto más antiguo nos remontemos, en la década de los sesenta, cuando ya era suficientemente conocido como clown y como jefe de claque, a la directiva del GCF que presidía José Bailón se le ocurrió contratarlo para que en el estadio de Los Cármenes hiciera lo mismo que hacía en las plazas de toros y así conseguir que la siempre fría torcida penibética se decidiera a animar a los rojiblancos.

La fecha exacta de su debut en el campo de la Carretera de Jaén no la sabemos, pero muy bien puede ser la de 28 de abril de 1963, porque es la primera vez que se le nombra en la crónica de un partido del Granada CF. De Hoja del Lunes de Madrid extraemos el comentario que firma Raúl Santidrián bajo el epígrafe El Granada y los granadinos: “Ha sido todo tan estupendo, que hasta se nos brindó, sorpresa al menos para los visitantes, otro espectáculo, éste indígena. Mientras unos miles miraban al fútbol y veintidós hombres corrían sobre el campo -jugadores y árbitro-, aunque el buen fútbol lo intentase Puskas y algún compañero más, y en el Granada sólo Arsenio y el defensa central Manolet, y mientras no se estrenaba el marcador, que también es aliciente cuando no hay otra cosa, nos entreteníamos todos en el único espectáculo: el ‘hombre de la chistera’ y los bigotazos postizos que dirigía los ‘alirones’ granadinos desde el borde del terreno de juego, al pie de los graderíos de sol, corriendo arriba y abajo, de portería a portería”.

El párrafo reproducido se inscribe dentro de la crónica del partido de Copa del Generalísimo de la temporada 1962-63 en el que el Granada, por entonces en Segunda División, dirigido por Álvaro Pérez y que acababa de terminar la liga el 6º del grupo Sur, sin positivos ni negativos, se enfrentó en XVI al R. Madrid de Di Stéfano, Puskas y Gento, entre otros, y en el que empezaba Amancio. Un Madrid que hacía una semana que había ganado su novena liga sacándole 12 puntos de ventaja al segundo. Ganaron los merengues 0-3, con idéntico resultado a la vuelta en el Bernabéu una semana más tarde.

Caricatura de Diamante Rubio, recorte de Ideal

Después, en las temporadas siguientes a lo largo de toda la década de los sesenta, el Diamante fue contratado por distintas directivas granadinistas, siempre cobrando por sus servicios, claro, normalmente cuando se disputaba algún partido importante o se preveía una buena entrada. Distintas indumentarias cómicas solía lucir para componer el tipo, normalmente con algún detalle torero, bien una montera o una chaquetilla de luces, y con sus gafas sin cristales que incorporó posteriormente.

Se situaba en las bandas, entre el terreno de juego y las gradas, y su papel consistía en encararse con el público y arrancarle los alabines-alabanes y los ra-ra-ra, que era la forma de animar al equipo en aquellos años, para lo cual balanceaba su orondo cuerpo a un lado y al otro al compás de los gritos de la hinchada y usando su montera como batuta. No sabemos si aquello le daba de comer, pero lo cierto es que compradores de su arte no le faltaron y, que sepamos, también ejerció en La Condomina murciana y en La Victoria jiennense, contratado por sus respectivas directivas.

La última vez que se le pudo ver por Los Cármenes en su función de director de clac, después de más de diez años sin pisarlo, fue ya a mediados de los ochenta, sin demasiado éxito, todo hay que decirlo. Y es que a esas alturas no tenía mucho sentido esa forma de animar al público para que éste despertara de su modorra y a su vez animara a su equipo, y ya estaba anticuado aquello de ra-ra-ra, que empezaba a dejar paso a lo que hoy es más habitual: secciones de bombo y algarabía y hasta de vientos, y frentes de forofos organizados que cantan acompasadamente y animan sin parar al equipo local; gradas de animación se les llama y existen en todos y cada uno de los estadios españoles.

Ya desligado de toda actividad futbolera, se dedicó Diamante durante décadas, hasta su muerte en 2003, a eso que llaman ‘toque y sablazo’, recorriendo como un bohemio de la tauromaquia una a una todas las ferias taurinas, entrando siempre de gorra y durmiendo en las recepciones de los hoteles o en las habitaciones que habían dejado libres las cuadrillas después de la faena.

A sus posibles benefactores les entregaba unas tarjetas impresas que llevaba para el caso y donde se leía “‘Diamante Rubio’, natural de Graná, la tierra mía, novillero caído de un cuadro antiguo”, y también “¡que viva la buena voluntad, que de eso vivimos!”.

En los tendidos iniciaba los aplausos y los comentarios favorables a un determinado torero porque ese era su oficio con el que se ganaba la vida, pero no siempre sus gracias parecían a todos eso mismo, graciosas, y era increpado, a lo que inmediatamente respondía que los que se tenían que callar eran los otros, ¡que él estaba trabajando! Con su ingenio y su simpatía (con su “fino humor granadino”, dijo algún periodista madrileño), y con su oficio de predisponer a públicos apáticos a favor de un determinado torero a cambio de un puñado de pesetas, el Diamante Rubio llegó a ser muy conocido y estimado en toda España en los ambientes taurinos. Las muchas entradas en la Red en las que se habla de él -siempre bien- dan testimonio de que fue una buena persona y, sobre todo, alguien muy peculiar.







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