La responsabilidad afectiva

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La responsabilidad afectiva nace en la década de los 80 de la mano del movimiento feminista y rechaza la idea de que el amor libre implica la idea de que la otra persona no importa | Foto: Remitida
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“No existe decisión sin consecuencia”. Esta frase abordó mi cabeza de repente hace tiempo y, desde entonces, habita en mí.

Si buscamos en Internet, la responsabilidad afectiva es, en resumidas cuentas, tener la capacidad de asumir, entender y responsabilizarnos de las consecuencias emocionales que generan a las personas de nuestro entorno nuestras decisiones, sea cual sea el vínculo que nos une a ellas.

Poner en práctica esa ética que, se supone, nos caracteriza como seres humanos.

Pero que tantas veces brilla por su ausencia.

Este término nace en la década de los 80 de la mano del movimiento feminista y rechaza la idea de que el amor libre implica la idea de que la otra persona no importa.

Hace algunos días pregunté por Instagram a la gente que me sigue si se consideraban personas afectivamente responsables y hubo respuestas de todo tipo: desde personas que no habían escuchado este concepto jamás hasta otras que creían serlo demasiado y que eso, en ocasiones, les había hecho sufrir más de lo merecido.

Tener responsabilidad afectiva o no tenerla no es algo con lo que se nazca o no; está claro que los rasgos que definan tu personalidad pueden acercarte o alejarte más al concepto, pero no tiene por qué ser algo innato.

Es algo que se construye despacio y que en muchas ocasiones requiere de terapia para poder entenderlo y ponerlo en práctica de una manera sana.

Vale, y “¿cómo se hace?”

Lo primero de todo, lo más importante, es reconocer nuestras emociones y sentimientos.

No rehuir de ellos.

Interiorizarlos, ponerles nombre y aceptarlos.

Sean los que sean.

Muchas veces nos vienen grandes, nos asustan y es entonces cuando culpabilizamos y responsabilizamos al que tenemos enfrente.

Entender también que cada persona ejerce un papel distinto en nuestras vidas, que cada relación es un mundo y que esperar a que el resto actúe o sienta como lo haríamos nosotros si estuviésemos en su situación es absurdo y egoísta.

Una vez seamos conscientes de lo que sentimos, de lo que nos mueve y define, tenemos que ser tan sinceros con el otro como quieres que lo sean contigo. Tan sinceros con el de al lado como deberíamos serlo con nosotros mismos.

Llamar a las cosas por su nombre. No jugar a la ambigüedad, ir al centro de la cuestión.

Desechar las medias tintas y la demagogia barata.

Básicamente se trata de ponerse en el lugar del otro.

Empatía se llama.

Porque lo que para ti puede ser algo efímero o superfluo a la otra persona puede suponerle un mundo.

Y ya sabemos que hay mundos, y no me refiero al que habitamos, que pueden hacernos mucho daño y dejarnos consigo consecuencias en, algunos casos, emocionalmente indestructibles.

El otro día, trabajando, me pasó una cosa que me hizo reparar mucho en esto de lo que hablo y decidir que sería el tema sobre lo que hablaría en la columna.

También me hizo llegar a la conclusión de que deberíamos serlo inclusive con las personas que no conocemos, que no son nada en nuestra vida.

Estaba atendiendo a un matrimonio de unos cincuenta y tantos largos. Los dos olían muy bien, por cierto.

Era la primera vez que comían en nuestro restaurante y yo les estaba explicando todo.

Ella, en un momento dado, me interrumpió para decirme que qué bien hacía mi trabajo.

Yo le sonreí con los ojos y debajo de la mascarilla tenía una sonrisa que no me cabía en la boca, dejando ver el dientecillo que tengo un poco metido para adentro y que según Pepe me hace cara de traviesa.

– “Jolín, muchas gracias señora, porque comentarios de este tipo son los que hacen que yo cada día quiera ser un poco mejor en mi trabajo”.

Ella me devolvió la sonrisa, también con los ojos.

Al terminar y despedirme de ellos deseándoles buen día, se giró y, en un tono tranquilo, pero contundente, me dijo:

– “Tú deberías ser psicóloga por como hablas y tratas a las personas”.

Yo me deshice en una carcajada mientras notaba cómo se sonrojaban mis mejillas y le contesté que creo que gestiono mejor las emociones del resto que las mías, que pobres pacientes si yo fuera psicóloga.

– “Te lo digo en serio. Los mejores psicólogos también son pacientes de otros”.

Me dieron ganas de saltar la barra y fundirme con ella en un abrazo.

Una señora que no conozco de nada, a la que probablemente no volveré a ver jamás porque es del norte, hizo que pasara el resto del día con una sensación de plenitud que no me cabía en el pecho, que amara aún más mi trabajo y, aquí la conclusión, entender que no podemos pasar por alto el impacto que tiene nuestra forma de tratar a las personas.

Ella me hizo feliz y yo a ella.

Dos personas desconocidas haciéndose felices.

Si ella hubiese sido una clienta maleducada y yo no hubiera hecho mi trabajo bien, me habría dado el mal rato y yo habría hecho de su experiencia en el restaurante algo para olvidar y no repetir.

El impacto hubiese sido negativo.

Al final, es otra vertiente de la responsabilidad afectiva, o al menos así lo veo yo.

De verdad, insisto, es muy fácil ser amables con los demás. Mucho más que no serlo.

Señora, ojalá volver a verla.

Os invito a todos a que os informéis de la responsabilidad afectiva; ayuda a hacer examen de conciencia y a plantearte muchas cosas que quizás antes no te habías cuestionado.

Creo que es algo que conlleva un aprendizaje constante, que viene de la mano de tus vivencias, y que reparar en ello puede ser algo muy gratificante para uno mismo y para los de nuestro alrededor.
Son casi las dos de la tarde y no tengo la comida hecha, aunque sí pensada.

Voy a cortar cebolla y a llorar mientras pienso en cómo dejar de esperar que las personas actúen como yo lo haría, que es algo con lo que llevo luchando mucho y yo no quiero ser ni absurda ni egoísta.

Os abrazo fuerte.







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