Santa es un superhéroe

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Santa Claus paseando por el muelle de Poole | Foto: David Lendínez
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Superado el noviembre de Halloween, de poppys, bigotes y fuegos artificiales (muy recomendable leer el artículo de Poppys y Bigotes -qué bueno eso de automencionarse-),  en Inglaterra estamos a tope con la Navidad. De este periodo, que ya confieso que me encanta, siempre me han sorprendido las evidentes contradicciones que genera, pero como que quedan disculpadas por el efecto de la propia magia navideña. Hay tres que me llaman especialmente la atención y que tiene que ver con tres poderes que elevan a los Reyes Magos y Santa Claus a la categoría de superhéroes: la ubicuidad, la espacialidad y la inmunidad. La primera la comprobé el año pasado con mi hija: vimos y hablamos con Santa el mismo día en diferentes lugares. Reacción de mi hija: “Sí, yo creo que era el mismo”. Evidentemente, no añadí más. La espacialidad tiene que ver con la manera en que sus majestades descienden con renos,  camellos y trineo incluidos por la chimenea para dejar los regalos a los pies del árbol. ¿Qué sucede con las que son de tiro minúsculo o las de gas? Creo que al final no se cuestiona porque en estos casos lo que prima es el fondo y no la forma, es decir, que hayan llegado los regalos sanos y salvos; la manera es problema de los que han tenido un año enterito para planificarlo. La inmunidad es a cuenta de qué estómago es capaz de soportar ir ingiriendo casa por casa galletas, dulces y leche durante toda una noche. De las consecuencias, tampoco tenemos noticias. Así que mejor no indagar. Lo importante para que todo esté tan bien encajado es que el mundo entero es cómplice, aunque a veces pienso que son los niños los que se han puesto de acuerdo y prefieren no preguntar más de la cuenta.

Para hacer la tarea más liviana, Papa Noel y los Reyes Magos se han dividido el mundo y se reparten por países. En Inglaterra toca Santa y está por todos lados: en la calle, en los colegios, guarderías, centros comerciales…  Yo a estas alturas lo he visto y he charlado dos veces con él. La primera fue en el colegio de mi hija, donde recrearon en una clase como su saloncito. Entrabas y estaba todo a oscuras y al fondo estaba Papa Noel mirando a una ventana abierta casi de par en par cuando afuera hacia como cero grados. El traje no debía de transpirar demasiado, pensé. La charla suele transcurrir por territorios comunes: nombre, edad, que si has sacado buenas notas en el colegio, que si ayudas en la casa, que si has sido buena, que si había mandado la carta, lo que había pedido y que no olvidara ponerle algo de comer y zanahorias para los renos. Contó una historieta que desconocía y me ganó. Al parecer, Rudolph, el principal reno, el protagonista, cuantas más zanahorias come más se le enrojece la nariz y, por tanto, más brilla y esa es la luz que les guía por la noche durante el reparto. Me pareció genial. Mi hija estaba absolutamente fascinada. De hecho, lo estaba tanto que en un momento Papa Noel le alabó su altura con la mano y ella creyendo otra cosa se la chocó. Se despidió con su clásico “Jou, jou, jo” y que pase el siguiente.

Recreación del parque donde reside Santa Claus en el Polo Norte | Foto: David Lendínez

Al segundo Santa lo visitamos en modo premium. Parques, granjas e incluso zoológicos se esmeran y organizan encuentros con Papa Noel de película. Se reservan en verano y no cuestan precisamente baratos. Al que fuimos nosotros venía precedido de un safari. Tras ver en su habitat tigres, leones y lobos, nos montamos en un mini tren que se movía con carbón -auténtica fiebre la que hay aquí por los trenes en general y estos en particular- que nos llevó a la otra parte del parque donde habían recreado el lugar donde residía Papa Noel -pero, ¿no vivía como mínimo en el Polo Norte?, ¿contradicción o segunda residencia?-. La verdad es que no faltaba un detalle: había elfos, renos, nieve hasta la temperatura la tenían conseguida: como menos dos grados. De hecho, fue tan espectacular el contexto que el encuentro con Papa Noel fue más protocolario que otra cosa.

Días previos a que Papa Noel descienda por chimeneas imposibles, la noche del 24 de diciembre, sale por la calle a modo de cabalgata, pero para que nos vamos a engañar nada comparable con el nivel ofrecido por las de nuestros Reyes Magos en las calles de Granada o por ejemplo en el Arrastre de Latas de Algeciras donde llegan en barco. Digamos que aquí son como más humildes en cuanto a presupuesto, logística y media por persona de caramelos repartidos-arrojados. Para el 25 de diciembre, día navideño y familiar por excelencia aquí -incluso la mayoría de los pubs están cerrados- Santa ya estará regresando a dondequiera que viva.

En Inglaterra también se celebra el Boxing Day, o al menos el 26 de diciembre figura como festivo en el calendario. Yo al principio estaba convencido sin ningún tipo de argumento (quizás confundido porque se disputan partidos de Premier) de que tenía que ver con un día en el que se celebraban combates de boxeo o algo relacionado con este deporte, que vivió sus últimos días de gloria aquí allá por los años 90 y también 2000. Pues no. Tampoco está conectado con el día en el que la gente se deshace de la cajas vacías de regalos de Navidad. Tampoco. Al parecer, era una fecha en la que los sirvientes recibían de las familias ricas con las que trabajaban cajas (box) con regalos (comida, ropa o dinero) después de haberles servido el día de Navidad. También abundan otras teorías, pero me quedo con la más señalada.

¿Y cómo lo hace un familia guiri española en Inglaterra? Pues después de duras negociaciones, Santa Claus y los Reyes Magos han cedido en un acuerdo multilateral en sus pretensiones y finalmente se pasarán por casa cada cual en sus días de reparto por excelencia. Papa Noel ha pedido extra de zanahorias para Rudolph y libre circulación por el territorio europeo, mientras que sus majestades, más directos, una vicepresidencia y dos ministerios. Ya se verá.







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