¿Miedo a la soledad?: la soledad paraliza y provoca angustia y también puede enriquecernos y ser reparadora

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Hay palabras con S que me gustan, que me hacen reflexionar, que me ayudan a avanzar en la vida. S de si. S de sensatez. S de suerte. S de síntesis. S de soledad. S de silencio. S de suspiro. S de solidaridad. S de salud (día 7 de abril, #diamundialdelasalud).

Y hablando de salud, es necesario hablar también de la soledad. La soledad no es negativa siempre, y más cuando no la llevemos al extremo. Y es que el carácter independiente surge de poder bastarse a sí mismo. La soledad puede ser un buen momento para entrar en contacto con nosotros mismos y enfrentarnos a nuestros miedos e inseguridades. La soledad, cuando es aceptada se puede convertir en un regalo que nos puede llevar a encontrar nuestro propósito en la vida. La mejor manera de ser feliz con alguien es aprender a ser feliz solo. Por ello se dice que la soledad es el imperio de la conciencia. Y es que los que odian la soledad, solo se odian a sí mismos. Por tanto, qué agradable sorpresa es descubrir que, al fin y al cabo, estar solo no es necesariamente sentirse solo. Y es que la mejor manera de ser feliz con alguien es aprender a ser feliz solo. Así la compañía es una cuestión de elección y no de necesidad. Por tanto, para amar hay que emprender un trabajo interior que solo la soledad hace posible.

Por otra parte, es importante saber que la soledad es un problema que puede llegar a ser grave, y más en un entorno en el que vivimos, en una sociedad que hace invisible al anciano. Y de hecho, se sabe que la Soledad va de la mano con muchos otros problemas, como el debilitamiento de las redes de apoyo que proporciona la sociedad, y la adopción de formas de vida poco saludables. La soledad está relacionada con la creencia de que nadie nos valora ni quiere pasar tiempo con nosotros. Estar aislado de los demás es una situación muy dolorosa, especialmente cuando este aislamiento no es buscado o deseado. Y es que como animales sociales que somos, necesitamos el contacto con otras personas para estar bien.

Fotograma de la película ‘Soledad, una fábula sobre la ruptura’

Los principales tipos de soledad

1. Soledad contextual

La soledad no siempre se extiende a todos los ámbitos de la vida; a veces, queda limitada a un único contexto.

Por ejemplo, alguien que no tenga amigos ni conocidos en el trabajo puede experimentar soledad ahí, aunque en cualquier otro lugar sienta la cercanía de muchos seres queridos.

2. Soledad transitoria

Es importante tener en consideración el factor tiempo al analizar los tipos de soledad que experimentamos las personas. En el caso de la transitoria, esta aparece en situaciones concretas y no dura mucho.

3. Soledad crónica

Este tipo de soledad no depende de un contexto o situación determinada, sino que se perpetúa en el tiempo, manteniéndose en diferentes ámbitos de la vida de una persona. Eso no significa que no vaya a desaparecer nunca ni que no podamos hacer nada para que se desvanezca; dadas las condiciones adecuadas, puede ir debilitándose hasta desaparecer, pero esto cuesta más que en otras clases de soledad más circunstanciales.

4. Soledad autoimpuesta

Hay casos en los que la soledad es la consecuencia de un aislamiento que uno mismo ha decidido utilizar como elemento definitorio de su propia vida. Por ejemplo, personas con miedo a sentirse defraudadas por amigos o seres queridos, y que desarrollan actitudes de desconfianza hacia los demás.

5. Soledad impuesta

La soledad impuesta es consecuencia de una serie de privaciones materiales a las que se somete a la persona, en contra de la voluntad de esta última. La incapacidad de tener relaciones normales y de manera sostenida hace que aparezca la sensación de aislamiento, sensación que se corresponde con hechos objetivos, como la falta de tiempo libre o el hecho de vivir en un lugar muy reducido y apenas salir de él.

6. Soledad existencial

La soledad existencial es muy diferente al resto de tipos de soledad, porque en ella influye relativamente poco la calidad y la cantidad de las interacciones que mantenemos con el resto de personas. Se trata más bien de un estado en el que la emoción de la soledad se mezcla con la duda existencial de para qué se vive y qué es exactamente lo que nos conecta a los otros.

Seguramente, hablando de la Soledad Crónica podemos ver que hay que tener en cuenta que la diferencia entre la soledad crónica y la transitoria es solo una cuestión de grado, y no hay una separación clara entre ellas. La sensación de estar aislado de los demás es, en gran medida, subjetiva. Al fin y al cabo, vivimos rodeados de otras personas constantemente. Por eso, la soledad no suele tener que ver con la falta real gente en nuestra vida. Sin embargo, en la sociedad moderna cada vez son más las personas que aseguran sentirse poco integradas.

Si la consciencia de uno mismo es una experiencia subjetiva, privada y que no puede ser compartida, nuestra existencia puede llegar a ser percibida como algo radicalmente separado de nuestro entorno y quienes habitan en él.

Por otro lado, la ausencia de un sentido para la propia vida puede llegar a contribuir a que nos sintamos desconectados del resto del cosmos. Es decir, es una experiencia que normalmente genera malestar o inquietud, y que no puede ser afrontada intentando hacer más amigos o conociendo a más gente.

Y para quitar la Soledad crónica, lo primero que debemos hacer es recordarnos que nadie es perfecto, ya que en general, este síndrome tiene que ver con una falta de amor propio. Dicho esto, si hay algo de nosotros que quisiéramos cambiar, ponernos manos a la obra. Nada cuida más la autoestima que trabajar para conseguir una meta que nos motive. Una vez que estemos orgullosos de nosotros mismos, veremos como nos es mucho más sencillo enfrentarnos a los demás.

¿Qué podemos hacer para avanzar ante la soledad? Aprender a vivir en soledad

Para avanzar ante las situaciones de soledad, es necesario

• Exponernos a más situaciones sociales. Si nos aislamos de los demás, es probable que cada vez nos sintamos más solos y menos válidos. Por eso, es necesario que aumentemos la tolerancia al riesgo en el terreno social.

• Mejorar las habilidades sociales, para relacionarnos con los demás de forma efectiva.

Aprender a vivir en soledad con uno mismo es un verdadero reto, ya que social y culturalmente hemos sido educados para estar acompañados. El ideal es tener muchos amigos, ser sociable, tener fuertes conexiones con otros y ser parte de nuestro entorno. Esto lleva a muchos de nosotros a sentir miedo y ansiedad cuando sentimos que no encajamos.

El miedo a la soledad a veces provoca que aceptemos situaciones que, en otro caso, no permitiríamos bajo ningún concepto pues nos afectan y nos limitan impidiéndonos sentirnos libres y dueños de nuestra propia vida.

El miedo a la soledad paraliza. Un temor sobre la soledad, fruto de un sentimiento de infravaloración y del miedo a estar con uno mismo

Vivir en soledad produce angustia, tristeza, desesperación  y en ocasiones deriva en rabia y frustración para convertirse en apatía. La relación se convierte en sofocante, restrictiva. En otras, tales conversaciones es un hablar a oídos sordos.

En el fondo, nos paralizamos ante el miedo a la soledad. En nuestra mente, pueden aparecer una y otra vez, imágenes desoladoras en la vejez. Nos podemos ver solos y abandonados. Tales pensamientos aumentan el miedo. Permaneciendo inmóvil ante la vida que ve pasar frente a ella.

El entorno tiene una fuerte influencia sobre la persona que sufre miedo a la soledad pues su confianza y su autoestima se encuentran bastante dañadas.

Nunca tenemos que dejar que nadie nos diga cuáles son nuestros límites, porque si la persona que sufre miedo a la soledad cree que se merece algo mejor, es consciente de su situación y cuenta con un poco de apoyo que le insta a romper con esos hábitos que se ha ido enroscando poco a poco y fuertemente en su cuello, este será un buen punto de partida.

En el caso de que esto no ocurra, es necesario pedir ayuda, para superar ese miedo a la soledad tan infundado y fruto de creencias ya obsoletas que nos permitirán gozar de la libertad que permitirá desarrollar el potencial que se tiene como ser humano.

En muchas ocasiones, lo que se esconde detrás del miedo a la soledad es el miedo a estar con uno mismo. Cuando estamos solos comienzan a invadirnos pensamientos incómodos sobre nuestra poca valía como personas. Estos pensamientos se posan sobre nosotros y comienzan a hundirnos cada vez más. Sin embargo, es importante saber que son sólo eso, pensamientos. Y como tales, son aprendidos.

Muchas personas afirman que no saben estar solas, que “se les cae la casa encima”, les ahoga estar solas. Por ello es importante reencontrarse con uno mismo y aprender a quererse, valorarse, mimarse. Saber que los pensamientos que nos inundan no son reales. De la misma forma que podemos tener pensamientos negativos, podemos tenerlos positivos.

Es muy importante haber aprendido a estar solos, haber descubierto que solos estamos bien. De este modo, cuando sabemos estar con nosotros mismos, no tendremos miedo a la soledad ni caeremos en dependencias emocionales que tanto daño puede causarnos.

Cuando somos niños no tenemos ningún problema en jugar solos con nuestros juguetes o sentarnos en el parque. Pero al crecer, comenzamos a escatimar el tiempo que pasamos a solas y de hecho, lo evitamos a toda costa.

Si somos solitarios, estamos solos y no estamos atados a nadie

Este es uno de las ideas más antiguas a combatir. Hemos aprendido que si no tenemos demasiados amigos o no estamos rodeados de gente, estamos solos y seremos infelices. El miedo a la soledad nos puede llevar a buscar compañía, incluso si son personas que realmente no aportan nada a nuestra vida y nos hacen sentir infelices.

Estar en un sitio en el que no queremos estar, no es positivo para nosotros. Tan solo acrecentaremos nuestro malestar y todo fruto de una creencia errónea. Ser solitario no implica estar solo. Pero sí indica que sabemos disfrutar del tiempo que pasamos con nosotros mismos porque nos sentimos bien y así lo queremos.

Solo cuando dejamos de pensar en las necesidades y opiniones de los demás, seremos capaces de tomar decisiones que nos hagan plenamente felices y orgullosos de nosotros.

Es cierto que biológicamente pasamos por etapas en las que nuestra supervivencia depende de otros y que con el paso del tiempo, tratamos de crear nuevos lazos para protegernos en el futuro. Además, hoy en día la información circula a una gran velocidad y estamos más interconectados que nunca.

Todos estos elementos nos pueden dar la sensación de que estamos atados a otras personas y que si nos alejamos, perderemos parte importante de nuestra esencia. Esto quiere decir que el miedo a la soledad también se deriva de nuestra propia conveniencia y nos hace quedarnos con quienes ya no queremos estar porque no sabemos si en el futuro encontraremos a alguien que nos complemente de igual forma.

Para muchos el miedo a los conflictos internos y externos que se pueden presentar al tratar de alejarse de personas más cercanas es más fuerte. Tener miedo a la soledad en ocasiones se traduce en un temor a conectar con la parte más íntima de nosotros, no solo con nuestras luces sino también con nuestras sombras.

La riqueza de la soledad

La soledad no es negativa, siempre y cuando no la llevemos al extremo. Al contrario, tener momentos para estar con nosotros mismos de vez en cuando es necesario. Así, podemos chequearnos y ver como nos encontramos y sentimos, en lugar de pasar de lado. Si el miedo a la soledad nos paraliza o evita que vivamos felices podemos comenzar por cualquiera de este ejercicio como llevar un cuaderno, libro o periódico a un café y pasar un rato a solas; o hacer caso a nuestra necesidad de revisar el móvil cada minuto; concentrarnos en disfrutar el momento y relajarnos y cuando regresemos del café, demos un paseo, veamos a la gente y dejemos que el tiempo avance.

Recordemos que la soledad puede ser un buen momento para entrar en contacto con nosotros mismos y enfrentarnos a nuestros miedos e inseguridades. La soledad nos permitirá gestionar nuestros pensamientos y sentimientos. Tan solo tenemos que tener el valor de hacerlos frente.

Cómo nos relacionamos con la soledad dice mucho de nosotros. Tomar conciencia de nuestros estados de ánimo, pensamientos, deseos o necesidades -y pararnos a reflexionar sobre ellos- nos permite encontrar estabilidad psicológica incluso en momentos de conflicto.

La capacidad de disfrutar la soledad elegida es un signo de madurez emocional e independencia que permite potenciar el autoconocimiento. La dependencia en las relaciones y los conflictos sentimentales nos llevan a un vacío emocional y a no tolerar la soledad. Caemos en relaciones codependientes, simbiosis y confusiones vinculares basadas en una sociabilidad que no es genuina.

Cuando el silencio de la soledad provoca angustia

Sentir bienestar estando en soledad es una experiencia muy personal. Cada momento que pasamos a solas es único, nacerán en nosotros sensaciones diversas en función del momento vital en el que estemos y de cómo nos encontremos psicológicamente.

No todas las mentes logran contener e integrar el dolor que causan ciertos conflictos y circunstancias vitales. A veces nos causa vértigo escuchar el eco propio y, por ello, nos rodeamos del ruido exterior. Evitar elegirse a uno mismo como compañía es tratar de huir por un camino sin salida, el vacío acaba notándose tarde o temprano.

Si no soportamos la soledad saldrán a escena nuestras máscaras, la autenticidad queda a un lado y jugamos en el plano de la evitación. Haremos todo lo posible por no estar solos y disfrazaremos dicho temor con justificaciones falsas. Saltaremos de relación en relación sin saber ni siquiera qué estamos buscando. Volcaremos nuestra angustia en amigos y familiares para que soporten parte de la carga y nos alivien momentáneamente. Intentaremos encontrar la anestesia a la ansiedad a golpe de pastilla. Cualquier opción será válida con tal de no afrontar la soledad y el mensaje que resuena en ella.

En el caso de que la soledad nos genere desazón, incomodidad, aburrimiento, angustia o ansiedad, es conveniente pararnos a pensar: ¿estoy a gusto conmigo mismo? ¿Hay algo que me preocupa o inquieta? ¿Sabría poner nombre a las emociones que estoy sintiendo? ¿Puedo explicar en palabras aquello que me atraviesa la mente y el corazón?

Cuando la soledad resulta incómoda o desagradable, hay un mensaje que busca ser escuchado. Algo no funciona bien si ocupamos constantemente todo nuestro tiempo con otras personas. Evitar la soledad a toda costa y a cualquier precio refleja un conflicto intrapersonal. Si evitamos hacernos responsables, acabaremos buscando cualquier forma de calmar ese malestar, sin llegar a comprender ni afrontar qué es lo nos está ocurriendo realmente.

La soledad puede ser reparadora

Ante ciertos acontecimientos vitales es necesario un tiempo de soledad para ordenar las ideas e integrar nuestros sentimientos. Las pérdidas y los cambios nos generan un desequilibrio emocional que necesitamos ordenar de nuevo para recuperar la calma.

Dedicarnos tiempo en privado es esencial para poder sentir y asumir nuestras propias vivencias. Por supuesto que también necesitamos de otras personas para compartir nuestras experiencias e inquietudes, pero escuchar nuestra voz es muy importante. Pasar tiempo con otros no debe ser un sustituto de la reflexión personal, sino un complemento.

Reservarnos momentos de silencio con nosotros mismos nos insta a colocar el foco de atención en nuestro mundo interior. Únicamente nosotros escucharemos nuestros pensamientos y enfrentaremos nuestras emociones. Nadie más entrará en escena y la responsabilidad de saber gestionar aquello que nos afecta queda de nuestra mano. Es entonces cuando podremos disfrutar de la calma y aprender a manejar el malestar.

La soledad nos permite hacer un esfuerzo por entendernos. La soledad nos otorga la oportunidad de elegir qué hacer, cuándo y cómo, y de disfrutar del proceso.

Cuando hablamos de relaciones lo importante es la calidad y no la cantidad. La presencia de alguien a nuestro lado puede hacernos sentir igual o más solo de lo que estábamos. La compañía no asegura el bienestar individual.

Necesitamos del cariño de los demás desde que nacemos. Buscamos el contacto humano como especie social que somos. La familia, los amigos, las parejas, los compañeros de trabajo y cada uno de los núcleos sociales en los que nos movemos son esenciales para nuestro desarrollo individual. Las relaciones interpersonales configuran la personalidad, influyen en nuestras habilidades sociales y en el propio control emocional que llevamos a cabo con nuestro entorno. Sin embargo, igual o más importante es la capacidad para estar solo. Estar a gusto con uno mismo es el primer paso para poder estar bien con los demás.

Por otro lado, la hiperconectividad en la que vivimos nos conduce paradójicamente a una desconexión y deterioro de los vínculos reales. Pasamos más tiempo comunicándonos a través de las pantallas que mirándonos a los ojos. Tenemos acceso a multitud de personas, y la posibilidad de generar muchas relaciones, pero dichas relaciones son efímeras y no cubren nuestras necesidades afectivas más profundas. En consecuencia, nos encontramos incómodos si estamos solos e insatisfechos con las relaciones nuevas que crea

La soledad elegida puede ser la mejor compañía posible

Disfrutar de la soledad dependerá de nuestra capacidad introspectiva, dicho de otra forma, de la capacidad que tenemos para analizarnos. Dicha capacidad refleja el nivel de compromiso e implicación que tenemos con nosotros mismos, es decir, hasta qué punto nos hacemos cargo de la propia vida sin delegar en otros nuestro mundo interior y nuestros conflictos. Una cosa es buscar la compañía ajena para dar lo que te sobra y otra buscar la compañía para llenar lo que te falta.

No se trata simplemente de permanecer sin la presencia de nadie, sino de la capacidad de disfrutar de uno mismo estando solo. Hacerse compañía, elegirnos a nosotros mismos como compañero y disfrutar de ello -incluso pudiendo estar con otros- es lo que marca la diferencia. Esto supondrá que la relación con los demás estará basada en el deseo, no en la necesidad.

Claro que tenemos miedo al rechazo, a sentirnos fuera de lugar. No es que vayamos con ese objetivo, tenemos que disfrutar. Pero todo se puede dar porque, aunque no nos lo creamos, hay algunas personas que hacen cosas solas y que disfrutan de esa soledad dándole igual lo que puedan pensar los demás.

Busquémonos a nosotros mismos en todo aquello que nos haga feliz. Pararnos y ver qué ocurre a nuestro alrededor nos ayuda a ver en qué momento estamos y sobre todo ver si donde estamos nos hace feliz.

Y es que no necesitamos depender de nadie. El miedo que tenemos a la soledad es fruto de una intensa inercia por depender de los demás. Cuando nos encontramos con la soledad somos libres. Pero entonces surge el miedo a soltar, a dejar de atarnos a aquello que nos proveía una sensación de seguridad.

Da vértigo darnos cuenta de que estamos sobre una cuerda floja donde no estamos acompañados por nadie, donde solo nos tenemos a nosotros. Los miedos no podrán ser ignorados, no nos quedará otra que escucharnos. Pero, en la soledad, descubrimos la maravillosa sensación de que somos responsables de nuestra vida y de que poco importan las normas que haya impuesto la sociedad y de todas esas leyes no escritas que dicen cómo debemos vivir. Es en ese momento en el que estamos solos donde nos tiemblan las manos porque tenemos que coger las riendas de nuestra vida. Eso nos da miedo. Cuántas veces habremos pensado que éramos libres, cuando en realidad dependíamos fuertemente de los demás.

No nos vamos a engañar. La soledad duele porque nos enfrenta a nuestros mayores temores. Sin embargo, el dolor siempre es transitorio, nunca perdura más de lo necesario. La soledad nos empuja a ser nosotros mismos, a desatarnos de todas esas creencias y normas estúpidas que hemos considerado verdades absolutas cuando en realidad nos estaban encasillando.

No es malo estar solo, menos aún disfrutar solo. Ignorar a quienes se burlen de nosotros, pues contribuyen a la tentación de que volvamos al principio, donde la dependencia a los demás nos oprime. Si la soledad se presenta en nuestra vida no la neguemos, no la intentemos evitar acumulando personas vacías que no nos aportan nada. Abracémosla, aceptémosla y, sobre todo, disfrutémosla. Porque gracias a ella nos enriqueceremos, nos descubriremos y, sin ninguna duda, creceremos.

Razones por las que necesitamos estar solo

Es necesario descubrir razones por las cuales es sano necesitar estar solo. Integra la soledad en nuestra vida como algo positivo que nos aporta un inmenso desarrollo.

La soledad es encontrarnos encerrados en nosotros mismos, sin posibilidad de abrir una ventana a otras personas y con una sensación de que nadie nos hace caso. Eso nos lleva a interiorizar, a amargarnos y a sentirnos invisibles. Por eso, la soledad seguramente es una de las peores circunstancias a las que podemos enfrentarnos. En el caso de las personas mayores, además, puede rozar el drama. Pensemos que en nuestro país hay alrededor de nueve millones de personas mayores de 65 años, de las cuales un millón y medio, es decir, más del 20 %, viven en soledad. Eso supone tristeza, supone ansiedad, supone verse aislado del resto del mundo salvo que tengamos un espíritu de superación y sepamos acomodarnos a las circunstancias, cosa que no se da en la mayoría de los casos.

Uno de los problemas que tiene la sociedad actual es el desprecio al mayor.

Vivimos en una sociedad que hace invisible al anciano. Hoy día, por suerte, la brecha generacional que hace solo unos años marcaba el uso de las nuevas tecnologías se está reduciendo. Cada vez hay más personas mayores que usan el teléfono móvil, que navegan por internet y que incluso compran por internet. Darle a la persona mayor una ocupación, de ocio o no de ocio, que ayude a que se sienta útil en determinadas acciones sociales, como trabajos con niños o presos; ofrecerle oportunidades de practicar deportes, incitarlos a la lectura…

Y es que es muy importante intentar paliar la soledad de los mayores, y para eso lo primero que hay que hacer es saber cuántos mayores y de qué edades están viviendo solos, y también en qué condiciones están. Una vez identificadas las personas y las condiciones, es necesario un programa de actuación que signifique alivio, con asistencia social, tanto directa como remota.

Ponerle Alma, Corazón y Vida es una nueva manera de hablar de lo social. Con actitud y optimismo. Hagámoslo como manera de combatir la soledad.


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