Madres

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Antes de entrar en materia hoy tengo una maravillosa sorpresa para los amantes del deporte y la buena mesa. Del aire libre, la familia y los amigos. De esos sábados que comienzan temprano y acaban entre risas con la puesta de sol. Pero, sobre todo, para todas aquellas buenas personas conscientes de que ayudar a otros no es un gesto puntual sino una forma de vida. Una forma de vida plena, llena de felicidad. La Asociación JER, contra la progeria infantil prematura o el envejecimiento de los órganos y tejidos de los niños, organiza este próximo sábado 11 de mayo dos actividades con las que pasar un maravilloso día y, a la vez, contribuir con la ardua labor que este colectivo lleva a cabo: comenzamos a las nueve y media de la mañana en Plaza Nueva para una ruta cicloturista a la orilla de la Alhambra destinada a toda la familia y, después del ejercicio, una buena paella solidaria para atacar el hambre, a las dos y media de la tarde, en Perragorda —calle Moras, 3—. El donativo de la primera actividad es de diez euros y de cinco en la segunda —plato de paella, pan y dos cervezas—. Todo destinado a la lucha contra la progeria infantil llevada a cabo por la incansable Asociación JER. Pueden confirmar asistencia en sus redes sociales o en el número 637012159. Yo estaré allí ¡y espero verles a todos! ¡Que se note que los lectores granadinos tenemos el corazón tan grande como nuestras bibliotecas!

Hoy hablamos de madres en «el día después». A estas alturas, por todos es conocido el insultante eslogan publicitario con el que unos grandes almacenes han pretendido vendernos la maternidad: 97% entregada, 3% egoísmo, 0% quejas = 100% madre. Mi parte preferida es la del 3% porque, oigan, que somos unas brujas siempre nos lo tienen que sacar por algún sitio. Eso sí, cero quejas. Ninguna. No importa que en ese noventa y siete por ciento de la vida que una mujer entrega a sus hijos haya el menor problema, pues no tiene derecho a quejarse. Usted se ha convertido en una especie de holograma que desprende amor y ternura por el hecho de ser madre y no le corresponde nada más. Haberlo pensado antes. Esto si quiere ser una de las buenas, claro. En caso contrario, tendrá que cargar con la correspondiente culpa. Mala madre.

A pesar de todo, hay una buena noticia. Hace cinco o diez años esta publicidad habría pasado completamente desapercibida, como han pasado muchas otras. Pero eso se acabó. En estos últimos años, las mujeres no solo hemos avanzado en materia de derechos, sino que cada vez nos reconocemos más a nosotras mismas como el sexo maravilloso y único que somos. Dicen nuestros políticos que ellos «tienen hijas, madres y esposas» y por esa razón combaten el machismo. Pero las mujeres no tenemos un valor por nuestra relación con los hombres, sino por nosotras mismas. Y, de igual manera, no lo tenemos por ser madres. Serlo es una opción maravillosa. Igual que su opuesto. Pero en ningún caso está justificada la sumisión de una mujer, porque quejarse es el acto más natural del mundo, uno de esos derechos que nos corresponden a todos y que nadie nos puede arrebatar. ¿Imaginan el mismo cartel para el día del padre? No, claro que no. No pensamos en un hombre de esa forma. Ese nivel de entrega viene asignado exclusivamente a la madre, la que renuncia a su vida, la que deja de cuidarse, pensar en sí misma, quedar con su grupo de amigos o darse un baño con una copa de vino para educar a sus hijos. Insisto, hay una buena noticia: a día de hoy, las mujeres no admitimos esta propaganda basura ni estamos dispuestas a anularnos como seres humanos para ser madres. Ya no. Podemos ser las dos cosas. Podemos ser todas las que queramos.

La mujer, desde Eva, es la causante de todos los males de la humanidad. Esto es algo que, hasta hace bien poco, era un axioma sagrado que nadie cuestionaba. Y en literatura, por supuesto, no podía ser menos. Además de ser esa madre «97% entregada» también acabará siendo usted la mala del cuento. Todos conocemos a la clásica figura de la madrasta, esa mujer perversa y abominable que seduce a un hombre con hijos —por norma general rico— para torturarlos y esclavizarlos. O a la famosa madre estricta, también mala, malísima, como la castradora Bernarda Alba, que pretende obligar a sus chicas a pasar ocho años de luto sin ver la luz del sol. También las hay románticas y pasionales como Anna Karenina o Emma Bovary, que se desinteresan de sus hijos para vivir historias de amor —eso sí, pagándolo con su propia vida, con el castigo más ejemplar— y, por supuesto, también envidiosas, con celos enfermizos de sus propias hijas que les recuerdan su falta de juventud como Charlotte Haze con la famosa Lolita o Daisy Buchanan. Y un caso que me fascina, la señora Banks, la madre de los niños que cuidaba Mary Poppins, tan ocupada en luchar por los derechos de la mujer que desatiende a sus propias criaturas. Esta última es para hacer una fiesta.

Una mujer no deja de ser mujer por el hecho de ser madre. No deja de ser persona. Y las personas tenemos días mejores y peores, días en los que todo son lágrimas y en los que todo son risas. Las personas nos vamos a dormir a las diez de la noche con el pijama de franela a cuadros o a las cinco de la mañana con la máscara de pestañas corrida. Vamos al gimnasio, leemos libros, quedamos con amigos para cenar, nos quejamos de la vida y nos sentimos afortunadas por la vida. Las personas hacen eso. Las madres también.



Comentarios

Un comentario en “Madres

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    Men Marías

    Rectificación: la paella solidaria será a la misma hora en Ganivet. Gracias.

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