Mabel Millán, pura sensibilidad y dominio de la guitarra en su actuación en el festival

La cordobesa lleva varios días en Granada, donde registra la grabación de su próximo disco

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Actuación de Mabel Millán en el Centro García Lorca | Foto: José Albornoz
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Mabel Millán quiso comenzar su concierto en el teatro del Centro Federico García Lorca hablando. Lo hizo para evocar la figura del Maestro Rodrigo, compositor al que está dedicado el Festival de la Guitarra de este año, y para agradecer el cariño con el que el público granadino la había acogido. La cordobesa lleva varios días residiendo en Granada, donde registra la grabación de su próximo disco.

Comunión con el público

Un artista se caracteriza por disponer de una personalidad propia y además atractiva para el público. Estas dos circunstancias se dan en la ganadora del Grammy. Sus interpretaciones se caracterizan por casi alcanzar la perfección y si escribimos casi, es porque esta cualidad, en su sentido total, no es propia del ser humano. Habría que subrayar también la sutileza en su interpretación y la enorme expresividad. Incluso deberíamos de añadir un elemento más, probablemente secundario con respecto a los anteriores, pero también importante, la belleza con la inunda el escenario.

Millán ya estuvo en el Festival de la Guitarra el año pasado y este, repite por motivos propios, algo que de lo que solo puede presumir también Pepe Romero, quien diluido entre el público, seguía con especial interés su actuación y daba la sensación de que la avalaba con sus gestos.

Romanticismo y expresividad

La primera parte de su actuación estuvo marcada por un repertorio romántico y nacionalista, con Malat y Turina en representación española, y con el vienés Johann Kaspar Mertz. Mabel bordó la música mientras la interpretaba, con todos los matices necesarios para gozar de la guitarra. Su estampa sonora enamoró al público del Festival de la Guitarra.

Tras el descanso, llegó el tiempo para el virtuosismo. Es tal el dominio que ejerce sobre el instrumento, que los pasajes dificilísimos de las obras que ejecutó, no le hicieron perder nada de la expresividad a la que hemos aludido. Primero con la ‘Sonata Giocosa’ de Joaquín Rodrigo, cuyo rostro, proyectado sobre el fondo del escenario, fue el encargado de recibir a los asistentes al concierto.

La dificultad iba creciendo y la belleza continuaba con el ‘Capricho diabólico’ de Tedesco y llegó a su culmen con el ‘Carnaval de Venecia’ de Tárrega. Aquí ese virtuosismo aludido, se convierte en casi imposible, pero Mabel Millán lo supera y con altísima nota. Fuera de programa regaló la zamba argentina Alfonsina y el mar, en una acertada adaptación para guitarra.



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