Las largas vacaciones del 75

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Anuncio de Arias Navarro en televisión | Foto: Archivo GD
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Aquella musiquilla que interrumpía la programación de la única televisión de la época, aquel equipo médico habitual firmando partes de salud que nadie entendía y que todos acudíamos a estudiantes de Medicina para descifrar si empeoraba, aquel discurso lloroso de Arias Navarro, aquellos cuatro días de vacaciones en noviembre de 1975 que todos aprovechamos como mejor pudimos (yo me fui a Salobreña con los amigos…), aquella música clásica y marchas militares por toda escucha en Radio Nacional, aquellas interminables colas de una tediosa pantalla en blanco y negro, aquella ridícula capa de Pinochet en los funerales…

Todo eso ha reaparecido en mi memoria estos días en que por fin Franco ha salido del mausoleo de Cualgamuros, donde en su ensoñación imperial pretendió competir en la eternidad con Felipe II y su Monasterio del Escorial. Eso sí, descansa ahora en un nicho, esa parcela de tierra bendecida que negó a millares de sus enemigos y que todavía niegan sus nostálgicos seguidores.

Confieso que estaba entre los escépticos que no confiaban en que el traslado se llevase a cabo. Nunca iba a faltar un juez, entre esa variopinta especie judicial típicamente española, capaz de paralizar la maniobra. De hecho, lo ha habido, aunque haya tenido que plegarse al dictamen del Tribunal Supremo. También estaba entre quienes dudaban de la oportunidad de despertar fantasmas. Durante mucho tiempo desde que se puso en marcha este proceso el único efecto tangible fue el aumento considerable de visitantes a un mausoleo que, de no haberlo rescatado para la actualidad, sencillamente hubiera caído de viejo, sumido en el olvido y la desidia.

Desde ayer, el general no habita allí. Hay quien califica de ‘electoralista’ la maniobra por la fecha enclavada en precampaña en que el dictador ha salido de Cuelgamuros. Al margen del innegable uso electoralista que muchos le han dado, del que hay dos beneficiarios claros, PSOE-Gobierno y Vox, me pregunto en qué momento podría haberse hecho sin incurrir en electoralismo, pues sabido es que en esta España autonómica todo el año es precampaña…

Como partidario en origen de haber dejado morir en el olvido la salma del dictador, podría resultar algo paradójico e incoherente traer el caso a esta recóndita columna. Pero me ha decidido a ello el ilustre nieto del ilustre general, oyendo y leyendo sus comentarios en torno a la libertad, la falta de respeto, la profanación, la concordia y demás etcéteras que dan ganas de reír y llorar a la vez, viniendo de quien vienen. El tal nieto -de quien respetamos, por supuesto, el amor filial a su abuelo en lo que tiene de privado, pero no así en lo público de dos personajes públicos- ha rellenado el vacío que el general deja en Cuelgamuros con un monumento al sarcasmo y la paradoja, pues no de otra forma pueden entenderse sus palabras sobre ruptura de la reconciliación cuando su abuelo dedicó todos sus discursos e intervenciones de su larga dictadura a mantener abierta la herida que él mismo había abierto. Despreciando el generoso silencio que la democracia ha reservado para los oscuros negocios y fortuna de su ilustre familia en contraste con el trato que reservó a la democracia su liberticida abuelo, este ilustre ‘nietísimo’, que ha salido agraciado judicialmente de la acusación de intento de atropello a dos guardiaciviles, con huida a todo gas, es el que hablaba en esos términos…

En cualquier caso me congratulo ante una victoria de la dignidad frente a la indignidad de honrar a un dictador durante los últimos 44 años, 42 de ellos en democracia. Pero hoy los problemas de esta España siguen siendo los mismos que ayer. Y es a esos problemas a los que hemos de dedicar nuestros esfuerzos todos los gobernantes en funciones y los que vendrán. A saber, esa sangrante cifra de infancia en riesgo de pobreza, esa exigua cifra de personas que lograron un empleo en los meses más productivos y favorables a la contratación que son los del verano… Esas estremecedoras cifras, enquistadas en el tiempo sin que se atisbe una mejora a corto plazo, deberían ser las que preocupasen y orientasen toda acción política a derecha e izquierda, una declaración de emergencia nacional y una destinación de recursos que resuelva o al menos palie tan primordial cuestión. No lo hará ninguno de nuestros ilustres candidatos. Están todos muy pendientes de Cataluña y la forma de pescar votos a este lado del Ebro en el río revuelto de un problema socialmente enquistado en el que nadie intenta reponer los puentes hundidos…



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