Las autonomías y nosotros, que las quisimos tanto

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El presidente en funciones, Pedro Sánchez | Foto: Archivo GD
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Entramos en la campaña electoral más anodina de los últimos años bajo el temor de estar en realidad en ‘el día de la marmota’, que es tanto como decir que los resultados del 10-N nos devolverán a la situación de ‘bibloquismo’ y bloqueo que nos han traído hasta aquí.

Y estábamos en estas cuando hemos sabido, en la víspera de quitar el ‘pre’ a lo que en España es campaña electoral perpetua, que el PSOE, presionado por sus conmilitones de Cataluña, que se llaman PSC, ha decidido reintegrar la apuesta federalista a su programa. En tiempos se decía que era imposible ganar unas elecciones generales sin ser la lista más votada en Cataluña y Andalucía. Aznar demostró en 1996 que no era indispensable. Para la derecha; está por ver si también para la izquierda.

Y en ese cálculo, Sánchez y los suyos han retomado esa propuesta que nace de la llamada ‘Declaración de Granada’ porque aquí se aprobó esa resolución. Fue hace seis años y los supremacistas catalanes estaban en la época en los albores de su actual pulso. Si el PSOE de entonces pensó que así contentaba y calmaba a los ‘arturmases’, ‘puigdemones’ y demás es evidente que se equivocó. Y si ahora lo hace para reconducir la situación, mucho me temo que también se equivoca.

A mí, en todo caso y enmedio de la polémica que ha levantado la rectificación electoral del PSOE, la propuesta federalista no me trae ni frío ni calor. Mientras alguien no me explique cuál es la diferencia funcional entre ‘Estado federal’ y ‘Estados de las Autonomías’, todo esto no es más que una nueva batalla de palabrería que no conduce a nada ni nada resuelve. Es más, creo que si se estableciera finalmente en España el Estado federal habría autonomías que tendrían que devolver competencias y poder a la Administración central.

Aquí se descentralizaron competencias esenciales en función de intereses electorales de los grandes partidos que los nacionalismos, catalán o vasco, CiU o PNV, cobraron en especies por su apoyo a investiduras de González o de Aznar. Y como el propio origen del Estado de las Autonomías tuvo como elemento de activación la mera emulación de vascos y catalanes pues… aquí estamos, en este guirigay de casi imposible armonización, más difícil cada día que pasa principalmente por la bajísima calidad de nuestros representantes. Quiero decir, y es mi personal opinión, que podría coincidir con quien piense que aquella propuesta originaria de las autonomías era una buena solución o propuesta o iniciativa, aunque se haya ejecutado mal por líderes y políticos que no supieron estar a la altura de la empresa requerida. Bueno, si alguien lo piensa así… Yo, ni eso. Pero, bueno, opinión respetable en todo caso.

El caso, sin embargo, es que hemos llegado adonde hemos llegado -léase Cataluña- por aquel defecto de base: diluir las aspiraciones de un Estatuto, que se identificaba con separatismo en catalanes y vascos, con las ampollas que eso levantaba en determinados colectivos a la altura de finales de los años 70, otorgando autonomía incluso a quienes ni siquiera sabían lo que era aquello. Eran unos tiempos de estreno, estrenábamos libertad, todo sonaba a nuevo y disfrutable y en ese escenario de estreno se colaron banderas e himnos bajo cuyo amparo ha crecido un marasmo de políticos, funcionarios, paniaguados y demás tropa en un contexto de posibilidades infinitas de ‘colocación’ que cada una de las autonomías ha dado a los partidos protagonistas de estos años, beneficiarios directos y diáfanos del ‘invento’.

El caso de Cataluña es particular. Conviniendo que allí sí querían y sabían qué era eso de la autonomía, cuando en marzo de 1980 ganó Pujol por primera vez y por exigua mayoría unas elecciones autonómicas, visto que en el Ayuntamiento de Barcelona funcionaba -y bien- la coalición PSC-CiU-ERC, don Jordi ofreció a los socialistas repetir el acuerdo en la Generalidad de Cataluña. Los socialistas, favoritos en todas las encuestas, se negaron: consideraban que aquello había sido un accidente, una anécdota pasajera que saltaría por los aires no más allá de dos años.

¿Qué había pasado en aquellas urnas de 1980? Que los socialistas, deslumbrados por su primacía en Cataluña en generales (1977 y 1979) y municipales (1979), pensaron que ese éxito se prolongaría a las autonómicas. Pero fallaron. Fallaron porque en esa amalgama que se llama PSC-PSOE, la rama PSC, los ‘pijos’ con apellido de rancio abolengo catalán, pese a imponer sus postulados, eran minoritarios aunque no podían aceptar que sus resultados dependían del cinturón metropolitano de Barcelona, donde se asentaba entonces una pujante emigración andaluza y de otras regiones que votaban al PSOE, el verdadero motor de las victorias electorales en Cataluña. Así, cuando en aquella primera cita autonómica en Cataluña los emigrantes se quedaron en casa porque hasta sus candidatos les inclinaban a pensar que aquellas no eran ‘sus’ elecciones, ganó la Convergencia de Pujol.

En el PSC nunca aprendieron la lección, se fueron a jugar al nacionalismo en el campo de los nacionalistas y a apostar a ver quien la tenía nacionalistamente más larga. Y fueron progresivamente perdiendo votos e influencia. Hasta Alfonso Guerra compartiría este diagnóstico…

Así que ahora venimos con estas del federalismo. En unos tiempos en que crece el desencanto y la crítica por las autonomías, el PSOE va un paso más allá. Los socialistas están en su derecho de formular la propuesta. Es más, aunque creo que se equivocan, en su afán por tender puentes con los rezagados del catalanismo es hasta de agradecer que la sostengan y no la enmienden.

Pero, en todos los casos, entiendo que una propuesta así no es una cuestión de campaña electoral. Tiene mucho más calado. Suficiente para ser sometida a referéndum entre todos los españoles. Porque tal vez haya muchos federalistas en Cataluña pero quizá muy pocos a este lado del Ebro. Y, además, si se plantease ese referéndum con la fórmula del Estado federal como propuesta a refrendar, esta humilde y recóndita columna exige que al mismo tiempo se pregunte a los españoles por las autonomías. Midamos sus efectos y aceptación cuarenta años después de aquel desmadre iniciático. Por ejemplo, aquí en Andalucía: 37 años de presupuestos multimillonarios, una lluvia de millones procedente de la Unión Europea… y seguimos a la cola en todos los indicadores y parámetros de la economía y el bienestar en España. Pues bien, si queremos este Estado de las Autonomías, sigamos adelante. Pero si resulta que hay rechazo, pues… Dicen que rectificar es de sabios.

Daniel Cohn-Bendit, líder del movimiento social que ha pasado a la historia como ‘Mayo del 68’ francés, publicó treinta años después un balance de aquel proceso que tanto impregnó los tiempos sucesivos. ‘La revolución y nosotros, que la quisimos tanto’ llevaba por título, una reflexión nostálgica y frustrante sobre las consecuencias cortas y reales de aquella protesta, más allá de haber disuelto el concepto de autoridad vigente hasta entonces y llevar a la juventud a primera fila de la actualidad y la actuación. Jugando con el mismo título del bolero, esta recóndita columna también juguetea con aquellas autonomías que -entonces- fueron una aspiración mayoritariamente deseada: las autonomías y nosotros, que las quisimos tanto…



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