La Tertulia oposita a Bien de Interés Cultural

El mítico local granadino, cuna de algunas de las voces más relevantes de la cultura granadina de los últimos 40 años, recoge firmas para avalar la propuesta

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En el bar se llevan recogiendo firmas para avalar la decisión desde el pasado mes de abril | Foto: Archivo GD
Álvaro HolgadoÁlvaro Holgado
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La Tertulia ha sido desde el año 1980, año en el que se fundó, un punto de encuentro fundamental a la hora de explicar la cultura de Granada desde los albores de la Transición hasta nuestros días. Cuna de las grandes voces que han mimado la cultura local de la ciudad durante los últimos 40 años, desde que Tato Rébora abriera las puertas del local tras el exilio de su Argentina natal, a la huida por el golpe de Videla, previo paso por Suecia (toda una historia como se puede entrever). El temblor que supuso su aparición en la vida nocturna local sigue presente. Tan dada a los garitos y al tumulto, el notable paso a la charla entre copa y copa que sigue a la multitud de conciertos y recitales de poesía que habitan sus paredes cada noche sigue siendo un caso aislado, casi irreverente, para una lugar como Granada.

Las historias de un bar, suele ocurrir, son interminables, pero quizás las de este bar granadino sean algo más especiales. Un bien entendido como común el de este enclave cultural de la ciudad que ahora se ha propuesto como Bien de Interés Cultural a la Junta de Andalucía tras estas cuatro décadas de continua labor por exprimir la libertad artística y la conversación literaria, musical e incluso política de la ciudad, siempre intentando mirar más allá de las fronteras del localismo. En él desde el pasado mes de abril, de manera analógica como no podía ser de otra manera, han dejado un papel donde se siguen acumulando cientos de firmas para avalar la decisión. El caso no es diferente al de otros, como fue el del Café Gijón en Madrid, que ya consiguieron dicha distinción por causas muy parecidas.

Aunque no siempre sea conocido por los extranjeros, es fácil hablar de La Tertulia. Lo han hecho muchos. Ya fuera Benedetti, Alberti, Goytisolo, Benedetti, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez o incluso Cortázar, que nunca llegó a ir pero como si lo hubiera hecho, el bar de tango que comenzó siendo al mismo tiempo librería, refleja cada huella de lo mejor de las letras españolas e hispanoamericanas que ahora nos amparan, esas que hoy estudian los universitarios con ahínco en estos meses de exámenes en la Facultad de Letras. No en vano, de allí provenían algunos de los primeros inquilinos de la barra tertuliana. Javier Egea, Álvaro Salvador o Luis García Montero fueron algunos de ellos . Nombres de poetas que se repiten ahora al derecho y al revés en cualquier temario de selectividad y que venían acompañados por el maestro Juan Carlos Rodríguez, althusseriano por excelencia, de cuya teórica surgió La Otra Sentimentalidad, un manifiesto omnipresente en la poesía castellana del último cuarto del siglo XX y culpable de las mutaciones que esta vive ahora en el XXI. No por muchas veces contada deja de tener sentido repetir el relato.

Pero La Tertulia, aparte del pedigrí, que lo tiene y mucho como se puede comprobar, no deja de ser un lugar de encuentro. Un bar donde no se queda sino que se llega. “Libre de prejuicios” como lo denominó Rodríguez. Allí se siguen mezclando, muchos años después de todo aquello, agitadores culturales con poetas y artistas, pintores y cantautores, folclóricos con vanguardistas, la bohemia y lo que no lo es. Por allí pasó también una de las mejores generaciones de cantautores que han dado las últimas dos décadas. Alberto Alcalá, Patricia lázaro, El Kanka, Fede Comín, Pedro Chillón y una lista de autores que ocuparía enciclopedias se crió musicalmente en su pequeño escenario, con su luz cegadora y con el atrezzo de figuras poblando el decorado en cristal que lo solicita a su espalda.

Por sus sillas también se aposentó Enrique Morente, el quejío entero de Granada, una leyenda del flamenco para los que no lo conocieron y un compañero de noche para los que sí lo hicieron, como es el ejemplo perenne de la ‘mesa uno’ de la Tertulia. Sólo un paseo por sus paredes hace entender que la idiosincrasia del sitio respeta su legado de una forma distinta a la que lo hacen los periódicos, dotando un equilibrio entre los grandes nombres y quienes han dejado marca, también a esos grandes nombres.

Detrás de su barra han pasado camareros de todo pelaje, en su mayoría artistas, que combinaban en muchas ocasiones las subidas al escenario y las bajadas a poner cerveza casi como rutina. Algunos duraron poco tiempo y otros llevan toda una vida, como es el caso de Antonio Arjona, un escritor apócrifo, casi en la sombra, que sólo quienes hayan frecuentado el lugar pueden atestiguar su lucidez indómita en las largas noches tertulianas.

Poco se sabe, al menos hasta el mes de septiembre según apuntan desde le local, de si se terminará de dar entidad institucional a un lugar que no siempre ha sido bien tratado por las mismas y que hasta cierto punto ha sufrido los achaques de los años duros contra las actuaciones en directo del anterior consistorio municipal. Sea como fuere, parece quedar claro que, mientras siga abriendo sus puertas, tiene merecido ya, sólo por su trayectoria, el reconocimiento de un lugar íntimamente histórico para la cultura granadina.



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