La sonrisa, una demostración de la felicidad, un aliviador de tensiones en la vida, un poder mágico como pegamento social

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A mi me gusta decir que pongamos a circular caricias emocionales, para ayudarnos en la vida, porque la sonrisa nos hace, sin duda, sentir mejor.

Y tal como decía @chuchencio, enfermero de Valladolid, gran persona y muy activo en las redes sociales, que las #sonrisas no curan pero ayudan… a CUIDAR 🆚️ CURAR y lo remataba con el hastaag #SonríeYoInvito. Me gusta este hastaag #sonríeYoinvito.

Todo venía de un tweet de @MiguelDLaCamara que decía: No dudo en la ayuda, si es que podemos definir ‘ayuda’ en la lectura de estos mensajes:
El peligro del pensamiento positivo: «Ni las sonrisas curan, ni estar feliz es un tratamiento» MOTIVACIÓN SOBREVALORADA.

Añadía @AntonReina que: “La sonrisa puede ser una herramienta de comunicación, pero ha de ser una habilidad/opción/recurso PERSONAL para poder usarla de manera PROFESIONAL con la intención de conectar para ayudar o simplemente mostrar cortesía, respeto, comprensión, buena disposición…”. Y @evaanyon comentaba: Fíjate que las que me pueden ayudar en un momento dado, igual que el pasaje de un libro por ejemplo, no son las positivas.

A ese debate se unió @ruthmoli, diciendo que los pacientes imitan las actitudes de quien les cuida, acercarse a ellos con una sonrisa, lo mejor, una pizca de alegría para hacerles más fácil su enfermedad, ¿Por qué no? Lo agradecen mucho y en parte les da vida. Y @zinglao añadía: Les hace sentirse lo que son, personas antes que enfermos y se les da respeto y esperanza y se les da seguridad y se evita en parte el miedo. Es casi un deber ofrecerles lo mejor. A lo que @AntonReina comentaba que es un deber tratar bien y la sonrisa no es necesaria, pero puede aportar excelencia al cuidado. Por ejemplo, cuando es sincera y oportuna, hay que celebrarla y agradecerla. Y apuntaba que “Prefiero diferenciar cuándo lo positivo aporta/acerca/ enriquece y cuándo (en exceso o fingido) resta”.

Y yo añadiría que reírse es un acto natural y hasta beneficioso para la salud. Hay quien afirma que sonreír nos acerca a la gente, al convertirse en un pegamento social. Una simple sonrisa:

Trasmite seguridad en los demás,
Nos abre puertas en los negocios y en las relaciones,
Nos aporta autoestima y
Nos ayuda a mantener una actitud positiva, lo que, a la larga, reporta beneficios para nuestra salud.
Inspira confianza
Aumenta la credibilidad
Te hace más accesible
Es contagiosa
Relaja

Diversos estudios han confirmado que la risa es buena en diversos aspectos ligados a la salud percibida.

Y he leído también que “diez minutos de auténticas carcajadas tienen un efecto anestésico y dan por lo menos dos horas de sueño sin dolor” :

Mejora la circulación sanguínea, ya que visualizar comedias aumenta el diámetro de los vasos, llegando más sangre y oxígeno a los órganos y tejidos. Tras reírnos, hay un breve período durante el cual la presión sanguínea baja y el corazón se desacelera
Ayuda contra la diabetes
Ayuda contra el colesterol
Ayuda a reducir el estrés
Ayuda a combatir la depresión o
Ayuda a mantener una actitud positiva ante las enfermedades
Mejora nuestro sistema inmunológico

Y he leído también que “diez minutos de auténticas carcajadas tienen un efecto anestésico y dan por lo menos dos horas de sueño sin dolor”.

Es que sonreír significa en muchas ocasiones que nos sentimos bien, que trasmitimos una sensación de compañía, que proyectamos una imagen más segura de quien la ofrece y que nos ayudas contra la tristeza y el dolor. Es evidente que nos ayuda a seguir adelante. Y además regalar sonrisas es algo efectivo que podemos hacer para desconectar de la rutina.

La sonrisa es lo que hacemos con nuestra cara cuando somos felices. Es evidente que con una sonrisa, nuestra expresión se suaviza y se forman ángulos en la boca. La sonrisa tiene un idioma universal y se asocia con el disfrute y el placer. Se puede expresar alegría o incluso saludar. Por supuesto, podemos «sonreír a través de los dolores,» pero, en general, una sonrisa es una buena señal. Y como dice la canción «Nunca estás completamente vestido sin una sonrisa.»

Y es que todo el mundo quiere ser feliz. Aunque la felicidad podría no ser necesariamente la respuesta apropiada a muchas situaciones de la vida. Hay autores como Brinkman, que dicen que cuando algo malo sucede, deberíamos permitirnos tener pensamientos y sentimientos negativos al respecto y romper con que la felicidad se haya convertido casi en un requisito. Y así en el entorno laboral, el profesor afirma, que las evaluaciones a los empleados a menudo insisten en que estos se centren en lo positivo e ignoren sus dificultades genuinas, lo que para Brinkman se acerca demasiado a un intento de control del pensamiento.

De todas formas, es importante decir que «La felicidad no está en el cuándo, está en el mientras. Hay que sacarle el jugo a cada día porque no sabemos lo que nos queda», como dice el coach y consultor, Carlos Andreu. Pero para algunos, como decía Miguel Ángel De La Cámara, los peligros de la positividad como imposición o autoimposición, vienen porque te hacen pensar que siempre tienes que estar bien, o que siempre es posible estarlo y ello implica que aquellas emociones que resultan desagradables deben ser rechazadas; y por otro lado, en el momento en el que no logres estar bien, podrás llegar a la conclusión de que hay algo mal en ti, porque te venden que en teoría sí puedes estar bien, que tú puedes con todo. Hay quien afirma que las personas alegres y optimistas cuentan con más recursos para hacer frente a posibles problemas de salud.

Y todo ello en un entorno donde el hecho de etiquetar las emociones como positivas o negativas ya conlleva un rechazo implícito hacia un rango completo de ellas. Nadie quiere algo negativo en la vida y se deduce que esas emociones no deberían estar ahí. Lo cierto es que todas las emociones tienen una función y son necesarias para adaptarnos y relacionarnos con nosotros y con nuestro entorno. Fomentar los pensamientos positivos no hace más que aumentar esta discrepancia, y que tengamos un anhelo sobre esas emociones que consideramos positivas.

Distintas investigaciones que han analizado cómo funcionan las emociones y cómo estas influyen en la vida cotidiana, la autoestima y el bienestar, han demostrado que, aunque la idea de la positividad puede ayudar a algunas personas, podría ser dañina para otras, pues puede fomentar sentimientos de fracaso, tristeza o incluso depresión. El peligro de bombardear con mensajes como «piensa en positivo», «ser feliz es una decisión» puede producir un sentimiento de culpabilidad en quien tiene dificultades para estar bien.

Algunos expertos como Carla Barcelona aconseja que “vayamos a lo simple, no (solo) a lo positivo. Da igual que yo esté pensando que no debería sentirme de esta manera, porque lo que realmente está sucediendo es que me siento así. Si entendemos que eso es la realidad, puedo entonces tomar una decisión más clara respecto a qué hacer con lo que siento: cuidarme, apoyarme en personas que quiero o simplemente dejarme ser, por ejemplo”

Y es que los mensajes positivos respecto al bienestar pueden convertirse en un arma de doble filo, ya que a veces simplemente lo ideal es quedarse en paz y dejar de exigirse estar bien o lidiar bien con el malestar. Hay momentos en que nos enfadamos, otros incluso estallamos, y la causa es que somos humanos, no robots. Es verdad que es importante pensar antes de actuar, lo cual ejerce como una actividad honesta.

Si miramos este tipo de discursos, Marc Bracket, denuncia en su libro Permiso para sentir, cómo sufrimos a veces una sutil y constante invasión de mensajes como “tienes que pasar página”, “deja de pensar tanto en ti”, “no seas tan sensible” o “tienes que superarlo” y ante ello plantea que lo irónico del caso es que cuando ignoramos nuestros sentimientos o los reprimimos, lo único que conseguimos es que se vuelvan más fuertes.

Para algunos, una visión más útil para la sociedad es saber que estar mal está bien. Es importante conocernos en el ámbito emocional y saber que puede que no vivamos las mismas emociones igual que otras personas; al fin y al cabo, nuestras reacciones a nuestras emociones pueden tener más que ver con la historia y experiencias que tengamos con esa emoción que con la emoción en sí misma. En este sentido, una postura sana posible podría ser saber que vamos a tener una tendencia a juzgar y catalogar nuestras emociones, pero que hacerlo no nos impide vivir con ellas, observarlas o relacionarnos con ellas de otra manera más útil para nosotros.

De todas formas, a mi me gustaría reforzar, como dice un proverbio escocés, que la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz. O cómo apunta un anónimo, una sonrisa significa mucho. Enriquece a quien la recibe; sin empobrecer a quien la ofrece. Dura un segundo pero su recuerdo, a veces, nunca se borra. Y que son necesarios cuarenta músculos para arrugar una frente, pero sólo quince para sonreír y que la sonrisa es una verdadera fuerza vital, la única capaz de mover lo inconmovible.

Recetemos sonrisas como dice @brunedpons en instagram. Y sepamos como dice Joan López, gran médico que Ser positivo no significa creer que todo saldrá bien, sino estar bien sin importar como salgan las cosas.

 



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