La sencillez te hace grande: elegir lo simple nos acerca a la felicidad

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Joan Carles March | @joancmarch
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Me encantan las palabras con H como honestidad, humildad, humor,….. También me gustan palabras con S, palabras como salud, saber, sabiduría, sabroso, secreto, seducir, seguridad, sembrar, servicio, sibarita, silencio, símbolo, simpático, simple, sinergia, sobrio, solidario, solitario, sutil, sensible, sereno, sonoro, suave, suspiro, susurro, sugerente……….. o también, sencillo.

La palabra sencillo es una palabra mágica, que además conforma una de las palabras clave de cómo es importante que sean los mensajes, a BESOS: Breve, Específico, Sencillo, Ordenado y Sugerente. O cuando utilizamos la idea de KISS: keep it Short and Simple.

Y es que la sencillez es una virtud maravillosa y no tan común como debiera ser. Sencillo no es sinónimo de una personalidad fácil o llana, sino de una personalidad de verdad y natural. Es uno de esos atributos que adorna a cualquier otro. Siempre está asociada con la humildad y denota nobleza y madurez. Por eso, aunque resulte paradójico, solo las personas extraordinarias cuentan genuinamente con esta cualidad. Es decir, que alguien se mueva con la idea de lo sencillo significa que lo que hace, lo hace con un comportamiento transparente y puro.

La sencillez nos hace grandes porque muestra sin maquillajes lo que somos, pues es la manera más eficiente de reflejar lo que escondemos debajo de la piel. La sencillez consiste en hacer el viaje por la vida, solo con el equipaje necesario. Cuando hablamos de una persona o de una actitud sencilla nos referimos a alguien que es fiel a su esencia y no se esfuerza por mostrar algo diferente.

Algunos definen la sencillez como “la celebración de lo pequeño”. En otras palabras, quien es sencillo se muestra capaz de disfrutar de las pequeñas cosas. También las agradece. No tiene ni sus expectativas ni sus ambiciones puestas en algo demasiado elevado, una montaña demasiado alta que tape la felicidad. Por eso, el primer favorecido con la sencillez es quien la detenta.

Para ondear la bandera de la sencillez, hay que ser adaptable y saber aceptarse y aceptar. Estas características llevan a que todo fluya, sin intentar forzarlo o cambiar su curso. Todo esto favorece la espontaneidad, otra virtud que solamente tiene lugar en las personas equilibradas y saludables.

La sencillez en el pensamiento es lo que generalmente llamamos “sentido común”. Ver la realidad sin tratar de ponerle muchos adornos ni complejizarla innecesariamente. Implica entonces una mirada desprevenida y objetiva sobre lo real.

Así mismo, la sencillez mental facilita la comprensión de otros puntos de vista. Reduce o termina con esa necesidad de poseer la verdad, de imponérsela a los demás o de lograr que todos piensen de manera uniforme. Las mentes sencillas aceptan espontáneamente que hay muchos puntos de vista; de esta manera, trasforman el problema en una valiosa fuente de enriquecimiento personal.

Una mente sencilla también se expresa con la naturalidad propia de quien no está interesado en demostrar nada ni en crear mitos a su alrededor. Sus palabras son claras y elocuentes. Sin adornos innecesarios. Sin pretensiones de erudición o marcas de clase social intencionadas. La sencillez hace que expresemos lo que pensamos de forma directa y simple.

La sencillez también está presente en la forma como nos relacionamos con los demás. Una persona que cuenta con esta extraordinaria virtud es muy respetuosa de sí misma y de los otros. Se acepta y, por lo tanto, acepta a los demás. Lo uno va unido a lo otro.

Quien actúa con sencillez no cambia su personalidad, ni su forma de tratar a los demás, dependiendo de quién se tenga al frente y le da el mismo valor a los poderosos y a las personas humildes.
De la misma manera, la sencillez nos lleva a valorar los triunfos de los otros. A sentirnos felices con sus logros y compartir de corazón sus tristezas. Los demás se ven como iguales y por eso hay un sentimiento de solidaridad intrínseco con ellos. La sencillez nos permite entender que todos estamos unidos por un lazo común: la humanidad.

No se trata solo de mostrarnos sin adornos ni mentiras, también se trata de actuar sin más complicaciones de las necesarias. Es como si tuviéramos una tendencia incorregible a complicar las cosas para que nos cuesten el doble, en lugar de actuar con sencillez y espontaneidad. Para encontrar sencillez hay que cerrar los ojos y abrir el corazón.

Es beneficioso optar por el camino de la sencillez, tanto en la personalidad como la manera de tomarnos muchos acontecimientos. Lo decía El Principito y lo dice Murakami: es necesario ver más allá de la superficie que tantas veces nos confunde. Trascender de lo aparente y llegar al corazón de las personas.

“Quizás las cosas más sencillas sean las que más cuesta ver. A veces, uno tarda en ver lo que tiene delante de las narices”, decía Murakami.

La sencillez es una cualidad de personas extraordinarias y sencillez no quiere decir conformismo. De hecho, la sencillez nos ayuda a caminar más ligeros por la vida. La gente auténtica se une entre sí y descubren más allá de la realidad un mundo de cariño y honestidad con el que solventar cualquier situación que parezca complicada.

Y es que me gusta mucho lo simple: un abrazo, un gracias, un “cuídate”, un perdón. Es importante poner de moda “rescatar” el valor de lo simple. Es el poder de lo simple, el poder de las emociones y la inteligencia, ese poder inigualable. Es la belleza de la sencillez en los actos cotidianos.

El alma simple y la mirada humilde son dimensiones que no encajan demasiado bien en una sociedad que asocia lo complejo a lo eficaz, y en consecuencia, a la felicidad. Nos venden ordenadores con muchos programas, móviles con infinitas aplicaciones, las tiendas nos ofrecen infinitos tipos de tratamiento, y cada día nos recuerdan aquello de que es bueno tener muchos estudios, muchos títulos, muchos amigos… La complejidad se asocia a esa idea de dorada felicidad que en realidad, no siempre se cumple.

Algo que deberíamos tener muy en cuenta es que las cosas grandes ocurren cuando se hacen bien las pequeñas, y para ello, nada mejor que practicar el arte de la sencillez en nuestros actos cotidianos.

Avanzar en calma y haciendo uso del sentido común y la intuición son sin duda las mejores estrategias para deshacer cada nudo de nuestras complejidades. Debemos confiar un poco más en nuestro instinto y ser receptivos a la voz del corazón.

Se trata de creer en lo sencillo y de admirar lo simple. Tiene que perdurar lo amable, la dignidad, la calidad de una persona. Ser humildes nos hace justos y grandes, pues nos ayuda a comprender cuáles son nuestros límites y tomar conciencia de lo que nos queda por aprender.

Felicidad es saber apreciar las cosas sencillas de la vida. Las cosas sencillas de la vida son como esas estrellas que relucen en las noches despejadas. Es tan simple ser feliz y tan difícil ser simple… Y es que la felicidad habita en el alma.

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