La que se avecina

Papeletas en un colegio electoral de Galicia en las elecciones generales de 2019.
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A mí que no manden ni un sobre de propaganda electoral. Ni de derecha ni de izquierda ni de sus respectivos extremos ni del centro. Gracias. Total, lo que me vengan a decir ya me lo sé. A fuerza de repetirlo tantas veces, se me ha quedado en la memoria y lo que puedan estar ideando en las respectivas oficinas de campaña no va a añadir nada nuevo a lo que ya tenemos pensado el común denominador de los españoles. Ahórrense ese dinero.

Dijimos aquí que si la ley electoral contemplase la inhabilitación -aunque fuese provisional, solo para las siguientes elecciones- de quienes son incapaces de tejer acuerdos esta clase política que tenemos, la más profesionalizada de Europa, habría pactado ipso facto. Pues eso, que como es impensable que esa clase política ineficaz se dé por aludida ante la afrenta que se avecina el 10-N si antes no se produce un auténtico terremoto, propongo que algún acreditado jurista busque la forma jurídica apropiada para imputar a todos los que nos pedirán otra vez su voto: responsabilidad patrimonial.

Puesto que la repetición de elecciones costará al erario público un buen montón de millones, que se suman a los de estos años atrás, más las autonómicas, a la vista de que la responsabilidad ha recaído sobre quienes son incapaces de hacer su trabajo, que los costes inherentes a este desaguisado recaigan sobre sus bolsillos. Directamente: descontándolo de las nóminas que están por percibir o bien restándolo de las generosas pensiones vitalicias que ‘l’orealmente’ recibirán a la hora de su jubilación o bien del dinero que el Estado embolsa a los partidos políticos en función de los votos que obtienen.

Me gusta más esta última opción, porque serían los ‘aparatos’ de los partidos los que probarían el sabor de sus efectos. Son esos ‘aparatos’ que viven absolutamente desconectados de la realidad cotidiana y ciudadana los que transmiten a sus líderes las consignas que defender férreamente y es en esas estructuras cerradas que han empobrecido la democracia donde hay que buscar a los responsables de esta cita de noviembre.

Naturalmente que habrá quien piense que unos más que otros, que no todos tienen la misma culpa a la hora de juzgar esta situación que nos conduce de nuevo a las urnas. Pues sí, estoy de acuerdo. Había quien estaba más obligado, un presidente ganador de elecciones a quien nadie ha sabido decirle que su victoria pírrica le obligaba a cesiones y concesiones. Había un partido en sus horas más bajas y su líder, de la oposición, ingrato con otro partido que hace dos años cedió en una situación similar. Había un tercero que todavía no ha decidido qué quiere ser de mayor y que a fuerza de bandazos ni siquiera él sabe si es de centro, de derechas o de extrema derecha. Había otro que hace tres años se pidió medio gobierno, que hace tres meses consideró ofensiva una oferta desproporcionada para la caída de votantes que experimenta y que hace tres días mendigaba la mitad de la mitad de la mitad de la primera propuesta. Y había un quinto que no cree el sistema y a quien los otros cuatro le brindan en bandeja combustible para sus simplistas mensajes.

Que cada cual establezca proporcionalidades entre los retratados en el esquema anterior y decida, por eliminación, a quien regalar su papeleta el próximo 10 de noviembre. Es muy fácil que nuestro ciudadano enojado opte por la sexta opción: la abstención. Porque es posible que esa sexta opción sea la más ‘votada’ ese domingo electoral que asoma en la cuenta atrás de los cincuenta días que faltan. Uno, en su ingenuidad, pensaba que la clase política más profesionalizada de Europa sería, por tanto, la más interesada en mantener y acrecentar el prestigio de la política. Pero se ve que no.

Hubo un tiempo en que en la política española reinaban dos partidos mayoritarios. Seis años atrás irrumpieron dos con espíritu regenerador. Por un lado, Podemos, surgido de la muy respetable indignación de aquellos días. Una izquierda -por fin- no acomplejada ante los nacionalismos a los que dan coartada. Pero ahora resulta que la versión andaluza -Adelante Andalucía o algo así, creo que se llama- propone presentarse en solitario en esta región. O sea, más nacionalismo en una tierra que los desprecia. Por el otro lado, Ciudadanos, con un mensaje de moderación y utilidad que ha resultado todo lo contrario, por más que ahora su líder -más perdido que Zidan (y Mourinho anda suelto)- lance en el último minuto una propuesta que no se han creído ni los suyos. Y, además, tenemos el quinto elemento en Vox. ¡Ahí es nada!
Comprenda el amable lector que visita esta recóndita columna que hay días en que el oficio de columnista se pone imposible. ¿Cómo decir a estas alturas algo que resulte original viendo el espectáculo que nos brindan nuestros muy profesionalizados políticos incapaces para hacer el trabajo encomendado?

En la hora en que esa originalidad resulta más imposible que nunca, solo queda recordar lo peor de lo peor: que por muy osado que pueda ser el pronóstico a la vista de la razonada indignación que produce la repetición y el reflejo que registre el abstencionismo, el resultado será muy parecido al que arrojaron las urnas de abril. Y que, atrapados en este bucle, como cantaba Adamo a finales de los 60, de este raro laberinto no podemos ya salir…



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