La esclavitud de la literatura

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Los libros son un placer, pero ese amor también conlleva algo de adicción y esclavitud | Autor: Cedida
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El término latino «addictus» designó en tiempos muy antiguos a un tipo muy concreto de esclavo: la persona que en principio era libre y había sido adjudicada a otro mediante juicio o acto legal. El adicto es un esclavo. Un esclavo que no nació siéndolo, sino que, por una u otra razón, se convirtió en ello. Y será por razones, ¿no les parece? Una muy clásica es elevar a la categoría de vicio una afición. No hacer algo, sino hacerlo con fiebre, con angustia, sin piedad. Como la hiedra que suplica un abrazo a la pared. Ese punto, como decía Céline, en el que «una vez dentro, hasta el cuello». Esclavos. Esclavos de la literatura.

¿Qué tiene el vocablo «esclavitud» que lo rechazamos de manera inmediata? Que nos repugna cuando lo plasmamos en otro, que nos aterra cuando lo colocamos sobre nuestras cabezas. La ausencia de libertad, claro. Ese unicornio que nadie ha visto pero sobre el que todos juramos cabalgar. Ese unicornio de una vastedad imposible —alguien tiene que imaginarlo— al que consagramos nuestras vidas, pero que, haciendo honor a la verdad, la verdad desnuda, sin ternuras, no existe. Vivir es creer que estamos viviendo. Y eso, por supuesto, es muy legítimo. Pero, ¿es tan terrible la esclavitud? ¿Es tan terrible ese lugar en el que, nos guste o no, vivimos todos? Piensen en la última vez que se enamoraron. No hablo de la última vez que se casaron, de la última vez que se fueron a la cama con alguien, de la última vez que estuvieron en el cine con su pareja. Piensen en la última vez que se enamoraron, en ese caos que crecía con cada intento de dominarlo, en esa tenaza que les pinzaba el estómago día y noche, en esa boca que se encontró con la suya como si ella fuera el agua y usted la sed, en esa ternura dolorosa que les atravesaba el cuerpo como un rayo. Piensen en ese coma emocional al que nos empuja la vida algunas veces —bendita vida, benditas veces— y díganme ahora si la esclavitud es tan mala. Porque en esos momentos eran ustedes tan esclavos como los condenados a remar en las galeras. ¿No les resulta curioso que, cuando aquello terminó, cuando empezaron a ser libres, fue cuando dejaron de sentirse libres? Quizás la esclavitud no sea tan terrorífica. O quizás solo estoy buscando, sin éxito, la forma de dignificarla.

Hay algo de todo esto en la literatura. Hay mucho, en realidad. De esclavitud. De amor. De adición. De existencia —y resistencia—. Mucho y mucho peor, pues como toda droga se consume en dosis, y el problema de las dosis es que la que ayer bastaba hoy ya no es suficiente. Hace unos días me coloqué junto a una montaña de libros pendientes y, en un par de horas, la llevé a la estantería. Y qué ansiedad, oigan. Qué ansiedad. Qué terrible eso de bucear entre aguas heladas en busca de un mar cálido, suave, acogedor. Qué desesperante eso de agarrar el polvo atrapado en la luz y obtener como resultado la palma de la mano vacía una y otra vez. Afortunadamente había ojos mirándome desde la estantería —otra estantería, la de los rostros sin edad— y fui hacia ella disfrutando del placer de ser una esclava. Por qué ocultarlo, por qué negar que en ciertas servidumbres —llega un momento en que la comicidad maliciosa con que nos observan ya no da miedo—, a veces, está la felicidad.

Los consejos del stárets Zósima. Ana Ozores desmayándose en brazos de Álvaro Mesía durante el baile en el Casino. «Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca». El trato de Fausto con el diablo. El miedo a perder «la maravilla de tus ojos de estatua». Tres gallinas que alguien entiende como un mal augurio. Un paseo que no tiene el menor sentido porque «me basta mirarte para saber que con vos me a empapar el alma». Y que me llamen esclava, que lo soy. Esclava de la literatura. Esclava de ese placer que se eleva hasta la culpa.



Comentarios

Un comentario en “La esclavitud de la literatura

  1. Que intensa eres…

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