La consejera del capirote

jura_RocioRuiz
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Una directora de instituto escribe hace cinco años su opinión, crítica pero perfectamente libre, sobre la Semana Santa y los fastos que la rodean. Al cabo, Rocío Ruiz, el nombre de quien se expresó en uso de su libertad y ahora militante de Ciudadanos, deviene consejera de Igualdad, Políticas Sociales y Conciliación en el gobierno andaluz que preside el popular Juan Manuel Moreno Bonilla.
Hay en estos tiempos de redes sociales en los que nada se destruye todo permanece, quien no está dispuesto a tolerar no ya el derecho a la libertad de expresión sino tampoco el derecho al olvido. Y en este escenario irrumpe el partido Vox, que exige la dimisión de la consejera o -mejor todavía- que el citado Moreno Bonilla la cese, todo ello envuelto en la indignación que ha provocado ahora entre el capillismo fundamentalista andaluz. No lo han dicho, pero es de suponer que la salida de Ruiz no debería ser una salida cualquiera, sino en el transcurso de un auto de fe en la Plaza
Nueva sevillana o frente al Palacio de San Telmo, provista la consejera de su correspondiente  capirote de hereje en ceremonia que debería ser oficiada por monseñor Rouco. ¡Qué menos!
Desoyendo el mandato evangélico, aquel que apela al «arrepentidos los quiere Dios», con el que el padre del hijo pródigo recrimina a su otro hijo cuando éste le hace notar la fiesta organizada en honor del que vuelve a costa del silencio sobre quien siempre cumplió al lado de la familia, esta ultraderecha nacionalcatólica ni siquiera se conmueve cuando la ahora consejera ha reconocido que ya no piensa igual y se disculpa. Ni por esas.
Son los tiempos que vienen. Ahi tenemos al candidato del PP a la alcaldía de Granada, Sebastián Pérez, anunciando a los cuatro vientos su deseo de pasar a la historia como el hombre que acabó con el socialismo en la ciudad «donde nació en 1492 el Estado español». Quiero suponer que la frase es muy matizable y que Sebastián no quiso decir lo que dijo, pero por si acaso me permito recordarle la frase de Giacomo Matteotti, diputado socialista asesinado por la policía de Mussolini en los primeros meses del fascismo en el poder: «Podréis matarme a mí, pero no matareís mis ideas». Y más: esa Asamblea de Madrid donde PP y Cs se niegan a blindar las políticas sociales ante la amenaza de Vox. O la moción del PP en apoyo a los toros por su raigambre española. (A las plazas y a las corridas cada día iba menos gente, pero no hay que desesperar: cuando los de Podemos quieren prohibir la denominada fiesta nacional consiguen el efecto contrario, es decir un repunte de aficionados…)
Aquí, a cuatro meses de unas elecciones municipales que marcarán tendencia de cara a las generales, nadie quiere quedarse atrás. Y en el mercado electoral de la derecha sus tres mentores juegan abiertamente en el campo de Vox. Han preferido bucear en ese terreno antes que en el de la moderación. Así se lo aconsejarán -digo yo que será por eso- sus encuestas y sus estudios de opinión. Por mi parte, vuelvo a expresar mi modesta consideración: los votantes de derechas son más de derechas que los partidos de derechas. Al menos, hasta la irrupción de Vox.
Es curioso, de todas formas, la escasa memoria de esta gente que tan secularmente escarba en las tradiciones y no observa la historia reciente. Esa que dice que gracias a los ayuntamientos y sus gobiernos municipales, socialistas en su mayoría, la celebración de la Semana Santa se salvó de una desidia que en aquellos finales años setenta amenazaba su supervivencia (otro día, con más tiempo, cuento el episodio de un ‘seíllas’ por mitad de una procesión en plena Gran Vía, marzo de 1977).  Y más: pero qué se le puede reprochar a los sucesivos gobiernos socialistas de la Junta en este campo de la Semana Santa y los toros. ¿Es que van a meter más procesiones y más corridas en la parrilla de Canal Sur? ¡Huyamos!
Mucho me temo que de estar elaborándose unas listas negras esta recóndita columna vaya a entrar de llenos en ella. Sin compartir el juicio que expresaba la consejera en 2013 -«desfiles de vanidad y rancio populismo cultural», «espectáculo tenebroso rescatado de la historia medieval»- yo sí me declaro escasamente entusiasta con las procesiones. Eso sí, me basta con pasear por las calles -algunos días, escasas- por las que no transitan las hermandades. Pero me llevan los demonios cada vez que el lunes posterior a Semana Santa veo a operarios de Inagra vertiendo agua -en plena sequía- contra la mucha cera derramada por las cofradías y el capricho de sus hermanos mayores, que se niegan a colocar en las velas cualquier tipo de capucha que impida su caída a la vía pública. Que es de todos, no solo de ellos.


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