El incendio de Notre Dame abre el debate sobre el cuidado del patrimonio en Granada

La catástrofe del emblema parisino hace replantear la necesidad de evitar riesgos y establecer protocolos. El fuego en la Abadía del Sacromonte, el auditorio Manuel de Falla o el Palacio Arzobispal, casos paradigmáticos

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Álvaro HolgadoÁlvaro Holgado
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El incendio de Notre Dame se convirtió desde el minuto uno en una de las imágenes más impactantes de la segunda década del siglo XXI. El fuego que abrasó toda la tarde de este lunes 15 de abril hasta bien entrada la noche en parís, supuso un antes y un después en la comprensión de la arquitectura parisina, aunque con cambios, sólida desde hace prácticamente ocho siglos.

La catástrofe abre aún así un debate acerca de qué significa y cómo ha de cuidarse el patrimonio cultural y arquitectónico de las ciudades europeas. Sin ir más lejos, Granada, uno de los lugares quizás de referencia a la hora de hablar de la riqueza patrimonial de las mismas, ha sufrido no pocos incendios en su historia reciente. Desde aquel que destruyó gran parte de la Abadía del Sacromonte en el año 2000 al fuego que destrozó casi en su totalidad el Auditorio Manuel de Falla en 1983, el riesgo y las consecuencias de no prever situaciones como estas han sido constantes.

Así lo relata el catedrático de Restauración Arquitectónica de la Universidad de Granada, Javier Gallego Roca, consternado aún ante las imágenes que se vivieron este lunes en París. Íntimamente ligado a la suerte del monumento francés por su relación en los años con Benjamin Mouton, jefe arquitectónico de la restauración de Notre Dame, relata aún así que la convivencia con el fuego desde el ámbito profesional del patrimonio no es algo nuevo. Según relata Gallego, él mismo junto a muchos granadinos se acercaron el día del incendio del Palacio Arzobispal en 1983 para ayudar a evacuar las numerosas obras de arte que albergaba el edificio. «Recuerdo sacar cuadros de allí ante el riesgo de que desparecieran por el incendio», apunta. El fuego destruyó la totalidad de las cubiertas de los dos edificios, la carpintería y los cierres de la fachada posterior del palacio, la escalera principal de éste y el artesonado mudéjar de la escalera de la Curia.

La anécdota no es baladí. A pesar de los numerosos recursos empleados en Notre Dame, con hasta cinco empresas y un proyecto de estado ejemplar dedicado a su restauración, el azar ha hecho palpable que el riesgo cero no existe. Imaginar qué ocurriría en lugares con proyectos patrimoniales con menor financiación y perspectiva de futuro hacen tener los peores presagios ante cualquier altercado. Tal y como insiste Gallego, «las cosas parece que solo se echan en falta cuando desaparecen»

El incendio de la Abadía del Sacromonte, una catástofe histórica que se pudo evitar

En el comienzo del nuevo milenio, concretamente en el año 2000, el emblemático edificio del Sacromonte sufrió un fuego que casi acaba con algunas de las piezas más valiosas. De hecho, en sus pisos inferiores se alberga una importantísima biblioteca compuesta por unos 30.000 volúmenes que estuvo a la suerte del pasto de la llamas aquel día. No en vano, treinta años antes, en 1972 el Cabildo del Sacromonte advirtió de las graves consecuencias del fuego y recomendó el inmediato traslado de los fondos a la Universidad de Granada, a lo que se opuso el Arzobispado refiriéndose a que se trataba de una «universidad civil». Sabiéndose el peligro que ello conllevaba, la infraestructura y el protocolo carecía de medidas para hacer frente a un incendio de esas características.

Tal y como señalaba en su crónica de los hechos el corresponsal del periódico El País en Granada, Alejandro V. García, «las bocas de riego situadas en la Abadía del Sacromonte carecían de la presión necesaria, por lo que los bomberos tuvieron que bombear el agua de unos depósitos situados por encima del edificio y que el servicio ya había documentado hace años». El incendio, al igual que en Notre Dame, no fue intencionado sino accidental. Algo en cierta medida, previsible. Dos meses más tarde, el Arzobispado permitió el traslado de los documentos, eso sí, sin salir del edificio, pero extremando las medidas cae seguridad.

 

Evitar un ‘Notre Dame granadino’ , cuestión de prioridades

 

La iglesia de San Luis sigue estando ruinas Foto: Amigos de la Orquesta Ciudad de Granada

 

Pasado el tiempo y ante el shock derivado de este tipo de desgracias, apunta Javier Gallego que el peligro en una ciudad de las características de Granada es real. «La pregunta que debemos hacernos es, si esto ha ocurrido en un edificio como este, qué no podría haber ocurrido en otros edificios. El Albaicín tiene un difícil acceso para los cuerpos de bomberos y desde luego es mucho más sencillo salvar un lugar en movimiento que un lugar abandonado. Sólo hay que ver la Iglesia de San Luis, aún en ruinas, para ver cuáles son los riesgos» explica.

Y es que sólo hay que volver en el tiempo para ver que la joya de la corona del patrimonio granadino, la Alhambra, ya ha sufrido varios incendios a lo largo de su historia, como es el caso de Sala de la Barca, no tan lejano, a finales del siglo XIX o más cercano en el tiempo, el del patio de la acequia en 1959.

«La memoria supera estos acontecimientos con mucha facilidad. Nos encontramos en una situación en la que la industrialización arquitectónica y el auge del turismo de masas pueden hacer perder perspectiva. La Alhambra, por ejemplo, es un monumento muy frágil y no estamos en una cultura que comprenda dedicar recursos preventivos. Hoy en día nada es imprevisible» insiste Gallego, quien avanza además la necesidad de protocolos y presupuestos que trasciendan el momento económico. «Hay que ser generosos, pensar en que las nuevas generaciones merecen disfrutar también de lo que nosotros admiramos ahora mismo. Se llama patrimonio porque es de todos y de ninguno. Granada tiene la responsabilidad de gestionar su belleza».

 

 

 

 

 

 



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