Humor negro y literatura

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Imagen ilustrativa | Fuente: Pexeels
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A ver cómo salgo de esta.

Solo una vez me llamaron la atención en el colegio. Me la llamaron hasta el punto de expulsarme de clase. Yo era lo que por aquella época los niños llamaban «más rara que un perro verde» y hoy llaman «rara de cojones» pero, mientras me dejaran en paz, todo estaba bien. Y es que siempre he tenido un puntito violento justiciero que a veces me llevaba a, por ejemplo, robarle el móvil a la primera chica que trajo uno a clase para meterlo en la mochila del acosador de turno y sentarme a disfrutar del espectáculo. Pero jamás me habían llamado la atención en clase. Quién iba a amonestar a una niña solitaria que en el recreo sacaba libros del Departamento de Filosofía y Latín. Tenía la coartada perfecta. Un día, en lugar del profesor de matemáticas, vinieron un chico y una chica con pintas de haberse escapado de «Dawson crece» para hablarnos de racismo. Los acompañaba la psicóloga del colegio, a la que llamábamos «la orientadora» como si hubiera salido del monte Parnaso. Me ahorro los comentarios racistas que había en aquella charla contra el racismo porque todos hemos vivido en los noventa y hemos visto «Blossom». La cuestión es que, cuando se fueron, colgaron un cartel en el corcho del aula que rezaba «solo una raza: la raza humana» y la ansiada campana del recreo puso fin a la conversación sobre «los niños negritos de África qué lástima, por Dios, cómo no os da vergüenza dejar comida en los platos». A la vuelta había clase de inglés. Yo estaría pensando en cualquier chorrada mientras vagaba con los ojos por el aula sin mirar nada en concreto hasta que, de repente, algo llamó mi atención. El cartel. El cartel que habían colgado en el corcho había cambiado y en él ahora se leía «solo una caza: la caza rumana». Fue la primera obra de arte que vi en directo. Pablo, el artista se llamaba Pablo, y lo había alterado con tal nivel de meticulosidad entre rotuladores y típex que parecía verdadero. Me entró un ataque de risa del que aún no me he recuperado. Lo juro. Veinte años después sigo riéndome. Reprimía las lágrimas y las carcajadas de tal forma que empecé a hincharme, a tener los ojos rojos y a emitir sonidos guturales muy cercanos al orgasmo. Me recuerdo aferrada a la silla, los nudillos blancos, las piernas temblando, no podía respirar. Entonces el profe de inglés me pidió, con todo el dolor de su corazón, que abandonase el aula.

Aquel fue mi primer contacto con el humor negro. ¿Con el humor negro o con una gamberrada racista? ¿Cuál es la diferencia? ¿Y si en aquella clase hubiese habido un niño rumano? Como no me gustan las verdades absolutas, lo que va a continuación no es más que mi teoría entre las miles que se pueden encontrar al respecto.

Swift, De Quincey y Roald Dahl fueron tres escritores con varios puntos en común. Uno de ellos es que no se les recuerda por sus mejores obras. El primero es conocido por «Los viajes de Gulliver» (1726), el segundo por «Confesiones de un fumador de opio inglés» (1821) y el tercero por «Charlie y la fábrica de chocolate» (1964). Grandes obras, sí, pero no las mejores que escribieron. Estos tres autores compusieron textos de un mal gusto terrible, plagados de crueldad, sadismo e inclemencia. Textos conducidos por un humor tan negro que pone los pelos de punta, pero tan divertidos, tan desmesuradamente divertidos, que solo son comparables a una sala de cine en agosto. En «Una modesta proposición» (1729), Swift propone una solución al problema que asolaba la Irlanda de la época según el cual los campesinos no podían alimentar a sus hijos: los padres debían venderlos a los terratenientes ricos para que se los comieran, así estos dejaban de ser una carga y, además, eran útiles al público. «Del asesinato considerado como una de las bellas artes» (1827 y 1829) plantea lo que podemos obtener del crimen una vez consumado. De Quincey pone sobre la mesa la cuestión estética, no los detalles sangrientos, que quedan para el populacho, sino la elegancia que convierte el asesinato en una verdadera obra de arte. «Mi tío Oswald» (1979), “el mayor fornicador de todos los tiempos”, según su sobrino, es el personaje más asquerosamente machista y mujeriego de Roald Dahl, tanto que se vale de una mujer para robar semen de artistas y personajes públicos de la época y así después venderlo a precio de oro.

El humor es una forma de resaltar el lado cómico de las cosas, y esto no es más que estirar un poco la realidad. Potenciarla para que resulte divertida. Porque necesitamos divertirnos. Porque el mundo, así, sin más, es increíblemente aburrido. Ahora bien, esto es una capacidad. Si coloco un elástico entre mis manos puedo estirarlo hasta un punto, no más. Otro no tendrá fuerza para hacer la mitad de lo que yo he hecho y otra lo estirará el doble. No pasa nada. Seguro que quien tiene menos fuerza tiene otras capacidades, no hay que tenerlas todas. Reírse, acceder al lado cómico de las cosas, es una capacidad que no tiene todo el mundo. El humor negro se centra en asuntos especialmente serios que, con las gafas puestas, son tristes, injustos, terroríficos… como el hecho de que existan grupos sociales en situaciones desfavorables, por ejemplo. Y ahí va el humor negro en gran medida. A los negros. A las mujeres. A las personas con discapacidad. ¿Qué diferencia hay entonces entre humor negro y machismo? ¿Quién está haciendo humor y quién se está amparando en él para justificar una actitud racista u homófoba…? Aquel que representa el humor.

Quien me conoce sabe que soy una persona abiertamente feminista. Quien no, solo tiene que preguntar. Si yo hago un chiste machista —y los hago—, estoy haciendo humor negro. Si ese mismo chiste, exactamente el mismo, lo hace alguien que pretende derogar la Ley de Violencia de Género, por ejemplo, deja de ser humor. Deja de tener gracia. Deja de ser un chiste para ser un comentario asquerosamente machista. El humor negro es real cuando procede de quien no representa la broma. Todos vimos el vídeo en el que el Partido Popular deseaba la muerte del presidente del gobierno a través de un niño. Me encantaría vivir en un país en el que el presidente se riera, lo retuitease y respondiera al principal partido de la oposición con otra barbaridad más grande. Y así siempre. Ese sería un país en que la participación electoral sería del cien por cien. Pero hay personas en la cárcel por menos, y el PP está de acuerdo con ello. El PP, en gran medida, lo ha provocado. Eso no era humor negro, por tanto. Era una desfachatez. Aunque el vídeo fuese muy gracioso, que lo era, no tienen ningún derecho a hacerlo. ¿Por qué, entonces, lo hacen? Hablamos de gente con una consideración patrimonialista del poder: el humor solo es legítimo si los emisores son ellos. Si somos otros los que nos cagamos en Dios o hablamos de la cabeza del rey sobre una bandeja, no.

Hay muchos tipos de humor, el negro es uno de ellos, nada más. Uno en el que la realidad se deforma mucho, muchísimo, hasta el punto de proponer a los niños como comida para que no mueran de hambre. Es perfectamente comprensible que a muchos no les resulte divertido. Comprensible y legítimo. Cada autor tiene su público, cada humor también. Pero vivimos épocas difíciles para la risa, y es que hay un grupo de justicieros que piensa que posee la verdad absoluta y sabe qué es lo mejor para la humanidad. Y con la muerte no se bromea. Y con el dios cristiano y con Franco tampoco. Y con las banderas, menos. Pobres infelices. Pero de eso hablaremos otro día.



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