Gestionar el día después

Granada CF Athletic Club de Bilbao
Aficionado del Granada CF en el partido contra el Athletic Club | Foto: Antonio L. Juárez
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Gestionar el día después de una desilusión colectiva. He ahí la tarea intangible de nuestros representantes: revertir el estado de desánimo y extraer todo lo positivo de esta euforia que empujó con viento de cola a toda la ciudad, los aficionados al fútbol y los que no, que se subieron a esa estela luminosa que empezó a brillar la noche del 4 de febrero, cuando se descabalgó al Valencia, y se apagó bruscamente anoche cuando debería habernos conducido a la final de Sevilla.
Por encima de cualquier consideración, el fútbol tiene una capacidad de arrastre e ilusión colectiva por encima de cualquier otra actividad en la sociedad en la que nos movemos. Bastaba que las cámaras enfocasen al palco de Los Cármenes para ratificar esta idea: maxipresencia de políticos de todo color asomando el mismo rostro y expresión pastel que inunda nuestras calles cuando se aproximan unas elecciones. Allí estaban. Y no será esta recóndita columna la que los critique por su presencia. Más bien al contrario: en un momento en que la calle, el barrio, la ciudad entera vibra al compás de unos colores, los representantes de los ciudadanos deben estar allí, como uno más, sensibles al sentir de sus representados. Bien.
El día después representa el despertar de un sueño, lo contrario de lo imaginado. Pero la magnitud de la hazaña será calibrada en toda su extensión cuando el almanaque consuma las fechas suficientes para ser contemplada con la adecuada perspectiva y solo podrá ser relativizada si a estas semanas de euforia e ilusión le siguen otras de más y mayor éxito deportivo. Entretanto, es hora de levantar ánimos y poner el mismo empuje colectivo al servicio ahora de causas de mayor calado y repercusión social que la trayectoria y consecuciones de un club de fútbol por más que ese equipo pasee por toda España el nombre de esta ciudad.
Rozamos la final, escalamos posiciones en la clasificación de Primera, parece garantizado que la temporada próxima continuaremos entre los grandes… Pues bien, ha llegado el momento de rebelarse contra el puesto que ocupamos en otras tablas clasificatorias, una posición entre el resto de provincias españolas que nos reserva los puestos más bajos, cuando no directamente el farolillo rojo. Esos puestos de descenso se refieren a indicadores económicos y sociales que representan un deterioro del bienestar de los granadinos y una pérdida en nuestra calidad de vida si se analiza desde el punto de vista de la comparación con las demás. Instalados en el farolillo rojo de esos indicadores económicos la resignación y el ‘boabdilismo’ de llorar como mujeres lo que no supimos defender como hombres -con perdón de nuevo, en vísperas del 8-M, por el uso y abuso del suspiro del último rey moro-, nos hemos dejado arrebatar el maillot amarillo que tradicionalmente ostentábamos como capitalidad de la cultura: languidece la Orquesta y también la Huerta de San Vicente y somos incapaces de maximizar las potencialidades que ofrece el Centro Lorca cuando ya Málaga y su Museo Picasso nos ha dejado atrás. Entre otras cosas porque cuando se levantaron las primeras voces advirtiendo de que por detrás venían empujando, quienes podían sumarse a la advertencia permanecieron mudos para descubrir el ‘sorpasso’ años después, cuando ya se había producido…
Pero eso ya poco añade. Problemas de hoy requieren soluciones de hoy. Y, para empezar, extraigamos la enseñanza de ese sueño colectivo del un gol a deshora nos ha despertado y pongámonos a trabajar todos en la misma dirección. Pero todos. Todos, porque así obligaremos a los políticos, a nuestros representantes, a orientar su esfuerzo no a trabar la iniciativa del contrario sino a asomar su sonrisa pastel en ese ‘palco’ -imaginario, en este caso-  del que no querrán quedar ausentes cuando sientan que es Granada y los granadinos los que empujan.




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