La falta de humildad, una discapacidad que inhabilita para conectar con los demás

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Imagen representativa de la humildad | Foto: Gabinete
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La humildad es una forma de sabiduría. Y quien no la tiene, quien le falta dicha capacidad, tiene problemas para conectar con los demás. La humildad es un modo de estar y de relacionarse que tiende a dejar espacio a los demás. Y tener humildad entre las virtudes que es bueno que tenga una persona, no significa ser pusilánime, ni practicar el ‘buenismo’ impostado.

Las personas humildes, las que tienen esa capacidad de conexión con los demás, pueden tomar decisiones duras o liderar transformaciones en las que el final estaba por escribir. Pero no caen en la autocomplacencia del halago fácil. La humildad está incrustada en sus trayectorias como algo que surge de un modo natural. La humildad, o es natural o no es.

Para serlo es necesario tener en cuenta estas cinco circunstancias:

1. Minimizar el ego: buena autoestima sin llegar a un ego elevado. Sabemos que el ego es “cabrón”: hace daño a quien lo tiene y a quien lo recibe.
2. Utilizar el PGP, como forma de relación. P de ‘Por favor’. G de ‘Gracias’ y P de ‘Perdón’.
3. Tener en cuenta el principio de aprender y el de sorprenderse, como maneras de sentirse abiertos al cambio.
4. Para aprovechar el poder positivo del contagio emocional y empatizar con otros, ciertas competencias de inteligencia emocional son claves: ello implica saber que NO tenemos todas las respuestas y poder compartir los errores.
5. Llamar la atención sobre las contribuciones y fortalezas de las personas que nos rodean y buscar activamente las ideas y la experiencia de las otras personas. Y, por supuesto, en ello, la empatía es y será esencial.

La humildad es la que permite continuar mejorando. Intentar encontrar personas de la que inspirarse y poder así continuar inspirando a su gente. La humildad es la que les permite valorar los éxitos de los demás y los propios con un rasero similar, proporcionado. Personalmente prefiero esas personas que mantienen la empatía. Hay que protegerse de la autocomplacencia y la arrogancia. Las personas humildes saben que lo importante es que la gente pueda crecer. La humildad no es compatible con la ostentación. La humildad es confianza y no es arrogancia.

Quien actúa con sencillez no cambia su personalidad, ni su forma de tratar a los demás, dependiendo de quién se tenga al frente, y le da el mismo valor a los poderosos y a las personas humildes. De la misma manera, la sencillez nos lleva a valorar los triunfos de los otros. A sentirnos felices con sus logros y compartir de corazón sus tristezas. Los demás se ven como iguales y por eso hay un sentimiento de solidaridad intrínseco con ellos. La sencillez nos permite entender que todos estamos unidos por un lazo común: la humanidad. Y en ello, es importante saber que escribir es tener la valentía y la humildad de poder equivocarse en primera persona y rubricarlo. Las personas que escriben son más confiables.

Personalmente prefiero esas personas que mantienen la empatía. No se olvidan de cuando empezaron. Prefiero esas personas que saben el esfuerzo que exigen porque antes lo han experimentado. Me gustan más esas personas que contienen sus egos y ceden el paso. Los que respetan sin escalafón. Los que lo piden todo por favor.

Las organizaciones necesitan personas que las protejan de la autocomplacencia y la arrogancia. Personas que militen en el empoderamiento y la autonomía de su gente aunque se afanen por conocer hasta el detalle los procesos que componen la cadena de valor. Son esos que pasean por rincones insólitos de sus organizaciones y normalmente madrugan como el que más. Escuchan, hacen preguntas y vuelven a escuchar. No hay humildad que no escuche.

Las personas humildes saben que lo importante es que la gente pueda crecer. Y la gente se siente crecer cuando aprende y cuando asume más responsabilidad. Aprender y respetarse es la mejor manera de crecer que hay. Las personas humildes reconocen por igual al talento y a la buena gente. El talento es la base de la competitividad. La buena gente es la base de una comunidad generosa. Y desde su humildad militante pueden gestionar proporcionadamente el no–talento y contundentemente a los que se creen más que los demás y faltan al respeto. Sin respeto no hay comunidad. Y hay que ser intolerante contra la intolerancia. Necesitamos personas humildes que también sean intolerantes contra la altivez que ofende.

Pero sobre todo las personas humildes triunfan porque escapan de los trastornos de la altura. La humildad no es compatible con la ostentación. No hay nada más mediocre que una persona ostentosa: ¿realmente alguien cree que a más ostentación, más beneficio? ¿Cómo hay personas que no entienden que lo que hacen es más importante que lo que dicen? Y finalmente, las personas humildes no necesitan decirlo todo, hacen de la brevedad una forma de respeto a los demás. Respetar a la gente es fundamental en la forma de ser de ellos y ellas.

Las personas humildes triunfan porque se afanan por entender cómo cambia el mundo y cuáles son las tecnologías que les pueden cambiar la partitura a sus servicios. Las personas humildes huyen del síndrome del “No inventado aquí” y creen que nadie tiene el patrimonio de la calidad en exclusiva. Las personas humildes aprenden y desaprenden. Aprenden de los más jóvenes y desaprenden de sus propias trayectorias. No necesitan demostrar que lo saben todo puesto que todo el mundo sabe que conocen lo más importante.

Entonces se requieren personas que con humildad sepan modificar el rumbo, que no se aferren a sus pronósticos y que sepan leer antes que otros los cambios necesarios. La flexibilidad requiere humildad, saber regresar sobre las propias decisiones y los propios sermones. Solamente dudan las personas humildes, por eso son confiables.

A lo largo de mi vida de quién más he aprendido es de personas humildes. Gente que combina visión, pasión, exigencia y humildad. Personas que encarnan un modo de hacer que compatibiliza la ambición con un talante personal contenido.







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