Esta temporada ya es histórica

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Cartel del partido de vuelta de cuartos de final de Copa entre el Granada CF y el Atleti en 2001
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Era 2001 y era febrero. Fue la noche del 6 y yo me asomé hasta las orillas del Manzanares, horario nocturno que acogía la visita del lacerado Granada CF de la época en partido de cuartos de final de Copa que cumplió pronóstico, pues el anfitrión, el Atlético de Madrid, refrendó la superioridad que se supone entre las más ilustres camisetas del fútbol español y un equipo que vagaba por Segunda B en una prolongada sequía de alegrías que duraba ya mucho tiempo, tanto como los veinticinco años -entonces- de ausencia granadina en Primera División.

Así que la mera contemplación del escudo en el luminoso del estadio Vicente Calderón en la anochecida madrileña traía aromas del pasado. Una nostalgia que mi corazón rojiblanco también había experimentado otra noche, otro enero y otro invierno, el de Sevilla y su estadio de Heliópolis, en 1997. Allí también comparecía esa noche del día 15 un Granada de Segunda B frente a un Betis de Primera. No me pregunten el resultado porque no lo recuerdo. También recuerdo que el Granada salió eliminado. Pero lo que está más fresco en mi memoria de seguidor rojiblanco es el aplauso cariñoso y espontáneo que fue creciendo desde las entrañas de la grada bética, poco a poco, de menos a más, acompasado, extendido de una esquina a la otra hasta cubrir los cuatro puntos cardinales del estadio cuando el equipo rojiblanco posó para los fotógrafos locales.

Ha sido la Copa la que reconcilió a los granadinos con el fútbol en esa larga travesía del desierto que va desde 1976 a este tiempo de ahora, pasando por el ‘quiquepinato’ de consumo rápido, que poca huella dejó en nuestros corazones por su afán de negocio sin opción para todas las otras variables de pasión que nos llevan a amar el fútbol. Si evoco esas dos noches de invierno es para acompasar el recuerdo de ese otro largo, desesperante invierno que atravesó durante más de treinta años la reciente historia rojiblanca. Acudir a las galerías de la memoria para encontrar los escasos momentos en que la incuria y el olvido abandonaron el devenir del Granada para permitirle comparecer aunque fuese furtivamente en las grandes pasarelas del fútbol español es rememorar que no hace tanto el equipo, los rojiblancos, vagabundeábamos entre tinieblas futbolísticas, que un descenso administrativo a Tercera costó la friolera de cuatro años, ¡cuatro años!, en salir de aquel pozo y que no hace ni siquiera un año la duda que nos asaltaba, en plena fase ascendente, se centraba en saber si el Granada sería capaz de mantener la posición de ascenso directo o caería a las del éxito relativo que da derecho a disputar una incierta promoción.

De marzo a marzo, de aquella zozobra por no perder la ventaja sobre los perseguidores a estos dulces momentos en que se puede dar por conseguida la permanencia en Primera y se saborea, con fundado optimismo, la posibilidad cierta de estar en abril en la final de Sevilla. Abril, cuando estallan los azahares en la primavera sevillana. Ese perfume abrileño que está esperando al Granada, un equipo que está a noventa minutos de fútbol para obtener visado a la final.

Estas líneas, así, están escritas a unas 48 horas de la cita decisiva. Que se disputará con derecho y razones para soñar. Pero si, por cualquiera de las muchas circunstancias que acechan el azar futbolístico, el Granada cae a las puertas de su encuentro con la Historia, nadie derrame una lágrima. Paladeemos todos el momento: con final o sin ella, esta temporada ya es histórica.





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