Encuentros en la primera fase

PRIMERA SALIDA NIÑOS COVID19 - Dani B-3
Imagen de la Avenida Constitución el primer día de la salida de los niños | Foto: Daniel Bayona
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A partir de este sábado 2 de mayo pasamos de esta especie de arresto domiciliario al sistema de régimen abierto: durante una hora al día podremos disfrutar de un paseo, acompañados por otra persona y en un radio restringido a un kilómetro del domicilio. Es la ‘fase cero’, que precede a la que en diez o doce días regirá el periodo primero de la desescalada, proceso de retorno a la ¿normalidad?

Mientras llega ese día del lento proceso, más que de ‘fase cero’, cabría hablar de ‘zona cero’, según los informes y análisis que se suceden por parte de todo tipo de organismos internacionales y nacionales, mientras el futuro inmediato nos va alcanzando con sus datos: la EPA apunta una escalada del paro solo equiparable al desplome del PIB, índices negativos que solo recogen el efecto de las dos últimas semanas de marzo en que entró en vigor la cuarentena. Más apegado al terreno, el informe de Cáritas habla de un aumento sin precedentes en el número de personas que se acercan a sus despachos en busca de ayuda para cubrir lo más básico de las necesidades humanas. El 40 por ciento de los que se acercan no habían solicitado nunca la ayuda de Cáritas, dato este último estremecedor que habla más que ningún otro de la magnitud de esta tragedia.

Uno, en su ingenuidad, creía que ante la elocuencia de estos datos todo lo demás pasaría a segundo plano, que no puede haber otra prioridad, al margen de la obvia de sanar a los enfermos y contener el avance del coronavirus, que ponerse todos manos a la obra en la presentación de ideas, propuestas, iniciativas que palíen los devastadores efectos y el tremebundo escenario que nos vamos a encontrar cuando se regrese a esa normalidad, palabra que suena a sarcasmo ante la contundencia de los datos y las previsiones. Pero nuestros ‘heraldos’ de la política han estado esta semana muy ocupados hablando de Venezuela y otras urgencias y no han tenido tiempo para ocuparse de estas minucias del desplome del PIB, del aumento del desempleo y demás nimiedades.

En ese escenario, como era fácil pronosticar, el anuncio de las diferentes fases de la desescalada ha generado una oleada de críticas. Algunas, razonables; otras, no tanto. Admitiendo, de salida, que todo es discutible y que existe una casuística general que si se lleva al extremo hace impracticable la funcionalidad del plan. Como ocurrió, por ejemplo, cuando entró en vigor la ‘ley antitabaco’, que mientras en Europa se aplicaba con razonable normalidad, en España encontró una reacción furibunda por parte no tanto de sectores afectados sino de comunidades autónomas que en el desarrollo de la normativa llevaron a tal extremo la permisividad que en la práctica desnaturalizaron sus fines. Y años después hubo que perfilar un decreto definitivo que se aplicó sin problemas, asumido por todos la bondad de sus objetivos. Y sin que se cumpliera el ‘apocalipsis’ que algunos predecían.

Ahora, en primer lugar, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha vuelto a confundir ‘mando único’ con ‘ordeno y mando’. En un momento en que se hace más necesario que nunca buscar complicidades y unidad de acción en la medida de lo posible, el plan y sus fases se ha presentado como un documento hecho. Considerando que los gobiernos regionales tienen mucho que decir en la gestión del periodo que se abre a partir de ahora, el ejecutivo central no ha contado con ellos. No es esta recóndita columna lo que se dice muy entusiasta de esta España autonómica de Taifas actual, pero es precisamente en estos momentos de desescalada en fases graduales cuando podría mostrar su operatividad a través de decisiones que -siempre coordinadas desde Moncloa- se tomen en despachos más cercanos a cada territorio afectado.

Es tiempo todavía de rectificar o confiar sencillamente en que la propia inercia de los acontecimientos nos acerque al terreno de la cooperación y las decisiones compartidas. Aunque también es de imaginar que en el planteamiento del Gobierno central habrá pesado el tratar de evitar que la emulación, que ha caracterizado a las autonomías desde el minuto uno de su artificiosa creación, se traduzca en una carrera sin cuartel a ver qué autonomía desescala primero. Es decir, que en un contexto en el que los gobiernos regionales juegan con sus datos respectivos a presentarse ante su electorado como los más eficaces gestores no es descabellado pensar en una competición por ser los primeros en la vuelta a la ¿normalidad?

Puede que ni unos ni otros estén comprendiendo que a partir de ahora juega un papel primordial la responsabilidad y concienciación de cada cual, a nivel individual, que las normas que rijan en las sucesivas fases de la desescalada. Que no podemos contar con un policía en cada portal controlando los tiempos de entrada y salida y que, por tanto, es el autocontrol en el cumplimiento de las normas, la conciencia cívica de saber que comportamientos que contravengan la norma son factores potenciales de un retroceso en la contención del virus. Mantener esa conciencia cívica de cumplimiento de las normas es lo que nos hará avanzar en la superación de una a fase a la siguiente, según unos marcadores que indicarán en su momento si avanzamos o nos bloqueamos o retrocedemos. Y esos marcadores están en manos de lo que los ciudadanos seamos capaces de observar según nuestro comportamiento y actitudes con sentido de la disciplina, pero sobre todo de ciudadanía.





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