Emociones positivas para protegernos ante la adversidad

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El papel de las emociones positivas es fundamental | Foto: Remitida
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Sentir emociones positivas o negativas es algo natural y normal en las personas. Usamos la palabra «negativa» para describir las emociones que son más difíciles. La palabra negativa no significa que las emociones sean malas o que no las podamos tener. De todas maneras, las personas preferimos sentir emociones positivas, en lugar de negativas. Es probable que prefiramos sentirnos felices más que tristes o seguras en vez de inseguras.
De todas formas, el valor de adaptarnos de las emociones resulta en general más fácilmente reconocible en el caso de las emociones negativas (miedo, tristeza, asco, ira) que en el caso de las emociones positivas como la alegría o el altruismo.
Nos resulta mucho más fácil identificar la función del miedo como generador de una respuesta de huida que encontrar un sentido de adaptarnos a la respuesta de acercamiento que generan por ejemplo la alegría o el sentimiento de amistad.
El fomento de las emociones positivas se ha convertido en las últimos tiempos en un recurso terapéutico y para la transformación de la vida cotidiana de las personas en más satisfactoria.
Los atributos asociados a los estados emocionales positivos se relacionan con el fomento de la participación activa en la consecución de objetivos y con el entorno de la persona. Dentro de estos atributos se encuentran:
  • Confianza, optimismo y auto-eficacia;
  • Simpatía y conceptualización positiva de los demás;
  • Sociabilidad, actividad y energía;
  • Comportamiento prosocial;
  • Bienestar físico;
  • Afrontamiento efectivo del estrés y los retos;
  • Originalidad y flexibilidad;
Las emociones positivas se relacionan con el desarrollo personal y social, reforzando la resistencia ante la adversidad y la resiliencia psicológica.
Las emociones positivas tienen efectos beneficiosos sobre:
  1. El aprendizaje al mejorar procesos relacionados con la atención
  2. La memoria o
  3. La resolución creativa de problemas.
Por un lado, las emociones negativas pueden conducir a un estilo de pensamiento pesimista y redundante, hasta introducir a la persona en una espiral de síntomas ansiosos y depresivos. Esta espiral pesimista se basa en un sesgo relacionado con el estrechamiento del campo atencional que conduce a la persona a centrarse únicamente en “ver el vaso medio vacío”.
Por otro lado, las emociones positivas pueden conducir a un pensamiento más abierto y flexible, basado en un campo atencional más amplio. De esta manera facilitan el afrontamiento del estrés, de la adversidad y aumentan el nivel de bienestar tanto en el momento presente como en el futuro.
Las emociones negativas nos permiten responder ante posibles amenazas. Por ejemplo, el miedo nos advierte de que un determinado estímulo supone un peligro para nosotros, por lo que podemos evocar respuestas de lucha o huída, en función de la valoración que hagamos de dicho estímulo. Las emociones negativas nos permiten solucionar problemas, aunque a veces, cuando se convierten en protagonistas, también los generan.
Las emociones negativas nos advierten de las amenazas y los desafíos que tendremos que enfrentar. Por ejemplo, el miedo nos avisa de un posible peligro. Es una señal que nos indica que necesitamos protegernos. El enojo nos avisa que alguien nos está ofendiendo o irritando, pasándose de los límites o violando nuestra confianza. El enojo puede ser una señal de que tenemos que actuar y defendernos por nuestra cuenta.
Las emociones negativas aumentan nuestra conciencia. Nos ayudan a enfocarnos en un problema de manera que podamos solucionarlo. Pero tener muchas emociones negativas puede agobiarnos, ponernos ansiosos, cansarnos y estresarnos. Cuando hay muchas más emociones negativas que positivas, los problemas suelen ser demasiado grandes y difíciles de resolver.
Cuanto más nos preocupamos de las emociones negativas, más negativos nos sentimos. Concentrarse en lo negativo, nos hace más negativos.
El papel de las emociones positivas es fundamental. Si bien es menos evidente, cada vez un mayor número de estudios, y de mayor relevancia, están abordando el efecto constructivo de las emociones positivas, tanto en la salud física como psicológica, y tanto a nivel individual como comunitario. Según estos estudios, las emociones positivas tendrían un papel fundamental en el crecimiento y desarrollo personal, en los estados mentales y en los comportamientos que preparan a las personas para tiempos difíciles.
Las emociones positivas compensan las negativas y tienen otros beneficios.
En vez de limitarnos, como lo hacen las emociones negativas, las emociones positivas afectan nuestro cerebro de tal manera que aumentan nuestra conciencia, atención y memoria. Nos ayudan a absorber más información, a mantener varias ideas al mismo tiempo y a comprender cómo las ideas se relacionan unas con otras.
Cuando las emociones positivas abren las puertas a nuevas posibilidades hacemos más cosas, somos capaces de aprender más y ampliar nuestros talentos. Y esto nos permite desempeñarnos mejor en las tareas y los exámenes.
Las personas que sienten muchas emociones positivas diariamente son más felices, más sanas, aprenden más y se llevan mejor con la gente.
Como ejemplo de esto, un estudio sobre las medidas que se tomaron antes y después del 11-S mostraban que quienes, tras la ocurrencia del atentado, presentaban emociones positivas desarrollaban menos síntomas depresivos, aprendizaje positivo, un mayor nivel de optimismo, satisfacción con la vida y tranquilidad. Los autores concluyen que el hecho de experimentar sensaciones positivas tras una situación traumática hace que el sujeto:
  • Viva experiencias subjetivas positivas.
  • Desarrolle una desactivación fisiológica, reduciendo el “daño” que las emociones negativas provocan, especialmente en el sistema cardiovascular.
  • Minimice el desarrollo de depresiones a largo plazo, aumentando la probabilidad de que se sienta bien en el futuro.
  • Refuerce los recursos personales de afrontamiento.
  • Posea un pensamiento más creativo, integrador y flexible.
  • Posea una mayor facilidad para el descubrimiento de nuevas ideas, acciones y vínculos sociales.
Por tanto, se puede decir que experimentar una emoción positiva, es decir, sentirse bien, transforma a las personas para mejor. Las hace:
  • más optimistas
  • más resistentes y
  • más conectadas
Si bien es cierto que hasta el momento se ha dotado de menos importancia a los eventos positivos que a los negativos, en gran parte porque los sucesos positivos no comprometen la supervivencia, no podemos obviar los datos que van recogiéndose en la literatura. Alguna de las conclusiones que podemos extraer es que debemos desarrollar métodos para experimentar emociones positivas con mayor frecuencia, tanto a través de medios directos como indirectos, e incorporarlos a los distintos contextos de nuestra vida cotidiana: laboral, escolar, familiar, etc.
De esta manera, se favorecerá también un proceso de transformación comunitaria, ya que las emociones positivas de cada persona pueden resonar a través de los demás, favoreciendo la existencia de una cadena de eventos positivos. En definitiva, una sociedad en la búsqueda de un mayor crecimiento, resiliencia y mejor preparada para tiempos difíciles.
Por tanto:
  1. Asegurarse de tener más emociones positivas que negativas. Los estudios de investigación demuestran que las personas se desempeñan y sienten mejor cuando tienen por lo menos tres veces más emociones positivas que negativas.
  2. Practicar el positivismo cada día. Crear un hábito de positivismo diario es muy simple. Se reduce a tomar dos pasos básicos: A. Identificar y nombrar las emociones positivas. Comenzar concentrándose en sus sentimientos. Sintonizarse con sus emociones en tiempo real, a medida que surgen. O evaluar la situación al final del día y notar cómo se sintió en diferentes situaciones. Cuando comenzamos a hacer esto, es probable que tengamos que recordarnos que debemos concentrarnos en nuestros emociones. Pero, como todo hábito, a medida que uno lo hace más veces resulta más fácil. B. Elegir una emoción y hacer algo para aumentarla. Digamos, por ejemplo, que elegimos la confianza en sí mismo: Debemos decirnos a nosotros mismos «Sí, es posible».
Las emociones positivas nos hacen sentir bien, y son buenas para nosotros. Prestar atención a estas poderosas herramientas y usarlas todos los días de nuestra vida. Dejar algo de tiempo cada día para ser alegre, divertido, amigable, amable, para relajarse y estar agradecido. Asegurarse de que esto se convierta en un hábito, para que positivamente seamos más felices.


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