El yanito-granaíno

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Un bar de tapas españolas en Inglaterra, un ejemplo de combinación entre idiomas | Foto: D.L.
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Normalmente, cuando viajamos desde Inglaterra a Granada aterrizamos en Málaga y cuando llegamos a Algeciras tratamos de tomar la conexión de Gibraltar por evidentes circunstancias de cercanía. Para mí, la segunda es claramente la mejor, no por razones de logística, de prestaciones o tiempos de espera, sino porque allí sé que voy a poder reencontrarme con algo que siempre me ha resultado fascinante, y ahora mucho más con un poco más de conocimiento de inglés, el yanito. Pero no el gibraltareño como persona, sino la manera en la que habla. Ya saben, un inglés correcto mezclado con el castellano de la Línea de la Concepción. He de reconocer que a veces he dejado pasar mi maleta correr por la cinta para apurar más y poder escuchar ese spanglish imposible que no se rige por una norma definida. Allí están esos policías de la Roca conversando en términos como “At the end of the day, es lo que hay, Jhonny” o al personal de tierra usando clásicos como “Cucha, no te olvides de llamarme para atrás” (call me back) o “Dale un chance, se la merece”. Confieso que me flipa. A veces, con algo más de tiempo, he tratado de buscar patrones.

Por ejemplo, ¿con qué criterio a veces utilizan el verbo have y otras tiran de nuestro tener? En mi estudio, que ha durado los minutos en que aparecía la puerta de embarque por la pantalla, no he encontrado una respuesta. Los puristas critican que al final no hablan bien ninguno de los lenguajes. Me rebelo contra ellos, tú a un yanito lo dejas en la calle Navas y se las apaña y lo mismo si se pierde en mitad del Soho de Londres; el español medio podría terminar llamando a su embajada en el segundo escenario y, seguramente, indignado. Vale, admito que un gibraltareño no podría trabajar en la BBC o en TVE, pero en términos mundiales de comunicación de la vida, lo realmente importante, está más capacitado.

Estoy convencido de que en estos casos la norma la marca el cerebro y el uso. Me imagino a un hemisferio (el norte mismo) trabajando en inglés y el otro en español. Todo fluye cuando los límites están claros, por ejemplo se habla inglés en clase de inglés. Las dudas surgen cuando se mezcla, cuando el trabajo es en versión inglesa, pero en la casa no; cuando en el colegio se cuenta en inglés, pero con tus padres no. En esos momentos, me imagino al cerebro desbordado y tirando por la calle de en medio, el spanglish. La mezcla total derivada de traducciones literales de un lenguaje a otro. El mejor ejemplo posible el llámame para atrás mencionado anteriormente. El uso de esa terminología acabaría consolidándolo.

El cerebro es muy listo, pero también holgazán, y en caso de conflicto suele tirar por el camino más corto. Avalo este punto con mi experiencia. En ocasiones, nos juntamos o hemos conocido parejas netamente españolas o cuyo padre o madre es ingles/a. Nuestros hijos juegan y para mí, declarado admirador del yanito, aquello es un espectáculo lingüístico. Algunos tienen más trabajado el inglés que el castellano y otros al contrario, dependiendo de la nacionalidad predominante en la pareja (y de quien lleve el cinturón en la casa, añado). Pero todos coinciden en tirar por el atajo, es decir, la palabra más corta y fácil de pronunciar. Optan por shoes en vez de zapatos; snack en vez de merienda; sheep en vez de oveja, teddy en vez de osito de peluche; holidays en vez de vacaciones; page en vez de página y first en vez de primero. Ahora en frases: Un poquito later, la mummy’s cama y la gamba estaba hidden. La última tomada de una paellada cuando uno de los menores encontró agradecido un crustáceo detrás de un trozo de carne. Porque sí, aquí comemos paella los domingos también y salen ricas.

En otras ocasiones, el cerebro se ve que no lo gestiona del todo bien y fruto de estas interferencias nacen cosas absolutamente brillantes, mis preferidas. En este campo mi hija, que por ejemplo juega exclusivamente en inglés en el colegio y con sus muñecos y que habla español con un deje granaíno heredado de mi mujer, es una experta. Quizás mi palabra favorita porque inauguró esta nueva vertiente fue chiso (cheese + queso). Tampoco están mal Asugar (sugar + azúcar), jampar (jump + saltar), winar (win + ganar) o avocate (avocado + aguacate).

En lo que no duda el cerebro es en el acento. Mantiene uno por cada lenguaje. Por ejemplo, si el castellano que ha aprendido de su familia es asturiano, obviamente ése será su soniquete en español, que luego no trasladará cuando se comunique en inglés. No diferencio un inglés madrileño de uno murciano o andaluz. Como que lo neutraliza. Pasa al contrario. Un erasmus de Manchester, por muy buen nivel que tenga para decir (y beber) cerveza, pidiendo una tapa en Los Diamantes siempre lo dirá como un guiri. A diferencia de mi hija que podría confundirse con una oriunda. ¿Estaremos ante la irrupción del yanito-granaíno? Yo por si acaso ya le estoy buscando un nombre algo más corto. ¿Qué tal suena el yanigrana?



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