El necesario pero imposible pacto de Estado

Pedro Sanchez en el Congreso
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Congreso | Foto: Archivo GD
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Desde lo más profundo del confinamiento, que todos vamos dando por sentado que se extenderá al menos por todo el mes de abril, empiezan a surgir voces que hablan de la necesidad de un pacto de Estado, un remedo del que se alcanzó en el otoño de 1977, con la democracia recién estrenada y en medio de una crisis económica que suponía una amenaza real para la consolidación del régimen de libertades que cristalizaría un año después en la aprobación de la Constitución.

Fueron los Pactos de la Moncloa, que firmaron todas las fuerzas políticas del momento además de las organizaciones sindicales y la representación de los empresarios. En los más de 40 años transcurridos desde entonces no han faltado ocasiones en las que hubiera sido conveniente y hasta necesario una convocatoria como aquella de 1977, cuatro meses después de las primeras elecciones democráticas. Por ejemplo, en lo más fuerte de la crisis económica que siguió a 2008, con el desempleo desbocado, los desahucios poniendo en la calle a familias enteras, los buitres de la economía mundial enfocando sus garras hacia España…

Un panorama tan sombrío como el que ahora se cierne sobre nuestras almas, cuando la pandemia haya remitido o sea controlada su propagación y la prioridad deje de ser la salvación de los enfermos. Entonces miraremos en perspectiva la verdadera magnitud, ese paisaje después de la batalla. Un pronóstico optimista habla de una cifra de paro superior a cinco millones de españoles, centenares de miles de pequeñas empresas desaparecidas y una monumental deuda en recursos del Estado que necesariamente se habrán destinado a la urgencia de estos días, pero de una cuantía que pesará sobre el futuro de una generación. Un ciclón económico que amenaza al entero tejido productivo, situación tan grave o más que aquella que llevó a los Pactos de la Moncloa.

¿Se hará ahora? No. Lo siento: no puedo ser optimista ante una iniciativa que necesitaría de la capacidad de renuncia que sí tenían los dirigentes políticos de aquel entonces. No es esta una profesión de fe sobre la nostalgia de los tiempos pasados, que solemos almacenar en la memoria como mejores que los actuales. Esta clase política de ahora carece de cualquier atisbo de grandeza o altura de miras. Al contrario. No ha remitido todavía la pandemia y asistimos día a día a las salidas de tono por parte de nuestros dirigentes, que si bien es tarea que han dejado para segundos espadas mientras los líderes hacen declaración formal de lealtad al Gobierno al que le ha tocado lidiar con esta crisis, al mismo tiempo se van colocando en la rampa de salida para arremeter con ímpetu en la tarea de desestabilizar al ejecutivo y forzar unas elecciones anticipadas.

No voy a entrar a valorar a tantos encizañadores bajo el ‘hastag’ de ‘Sánchez dimisión’ por la propia irresponsabilidad que supondría echar a andar los plazos electorales cuando todavía no ha remitido la curva de los infectados y, además, elegibles y electores estamos obligados a permanecer en nuestros domicilios. Asimismo, sería absolutamente inocua tal dimisión, porque por ley Sánchez estaría obligado a continuar como presidente del gobierno en funciones y tomando decisiones que son absolutamente necesarias en estos momentos de urgencias en tiempo real. Tal vez por eso, algunos de Vox hablan directamente de golpe de Estado. Aunque no lo digan con este nombre, no de otra forma puede entenderse que se inste al Ejército a tomar el poder y la gestión de la crisis.

Con estos mimbres, más esos encizañadores que se dedican a lanzar bulos por las redes sociales, alguien puede esperar sentido de responsabilidad entre nuestros políticos cuando la ‘normalidad’ -si es que así se le podrá llamar- vaya retornando al panorama político. Un Gobierno que forzosamente saldrá debilitado tras una experiencia tan inédita como demoledora, lo que se sumará a la inestabilidad política y parlamentaria con la que nació. Sin olvidar tampoco al propio Pedro Sánchez, que no muestra tampoco demasiada inclinación al diálogo y la busca del consenso, la palabra que define aquellos tiempos primerizos de la democracia española. Más el monstruo de la situación política creada por el supremacismo catalán, que seguirá estando ahí cuando despertemos de esta pesadilla.

Una situación como esta y la que inmediatamente le sucederá requiere de complicidades que en la España autonómica son sencillamente imposibles. A ello deberían estar enfocados los dirigentes de los partidos, intercomunicados entre sí y planteando en estos mismos momentos ideas, iniciativas que palien los efectos que nos vamos a encontrar cuando el factos sanitario sea secundario. ¿Alguien espera generosidad por parte de unos y otros? La observación empírica de los últimos años invita a pensar que no. Más bien, todo lo contrario: polarización y radicalización. La peor receta para superar el mayor desafío al que se enfrenta la sociedad española desde el final de la guerra civil.







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