El Estadio de la Juventud

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Fiesta nocturna con partido de waterpolo el día de la segunda inauguración del estadio, en junio de 1946 | Fuente: https://granadablogs.com/terecuerdo/
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Servidor, después de toda una vida de acumular trienios desde su covachuela, sirviendo al monarca con ánimo, gallardía, resolución, esfuerzo, brío, y muchas más cosas, o sea, con denuedo (denodadamente, que le dicen), recientemente ha pasado a engrosar las filas de lo que llamamos clases pasivas y ha recibido por recompensa en el momento de su retirada grandes extensiones de terreno cual si fuera un veterano legionario romano y a falta de otro botín más tangible. A partir de ahora no tiene uno mejor ocupación que la de patear de una a otra esquina sus dominios, que son los que ocupan toda la vega penibética y montañas que la cercan, dado que hoy lo que se lleva es rodear las obras urbanas con tupidas mallas privando así de entretenimiento visual a no pocos azotacalles como menda.

Uno de esos periplos sin un rumbo previo definido lo han llevado a uno recientemente a un lugar que no pisaba desde hace años, el estadio de la Juventud. No hace falta franquear la entrada, desde fuera queda todo a la vista, y a servidor lo primero que se le viene a la mente es aquello de cómo hemos cambiado. El que observa desde luego ya no es el chavea que atravesando campo abierto, plena vega desde López Argüeta hasta la Redonda, siguiendo las tapias de la estación y el callejón de los Maleteros acudía muchas tardes de sábado a ver aquella especie de olimpiadas penibéticas colegiales que eran los Juegos Escolares. Tampoco es ya el adolescente que en los veranos granadinos acudía a la piscina a escondidas de papá y mamá. Pero es que tampoco el recinto se parece casi en nada al que vieron sus ojos hace la tira de años. Se podría decir que lo único que queda es el terreno. Ya no existen los tres arcos de la entrada principal que daban paso a la escalinata que salvaba el desnivel desde el Camino de Ronda, con sus esculturas alegóricas muy nacionalsindicalistas del Frente de Juventudes, ahora se entra por una calle lateral. De la piscina, la primera que hubo en Granada y que era pública, esto es, utilizable por cualquier persona, no queda ni el recuerdo, lo mismo que de los arcos que la rodeaban y separaban del terreno y pista de atletismo. Del pabellón cubierto, el primero que se levantó en la provincia, construido en los setenta, no hay ni rastro. Tampoco del frontón, en su día catalogado como el mejor de Andalucía.

El Gobernador Civil de Granada, José María Fontana y otras autoridades, visitan las obras días antes de su inauguración | Fuente imagen: https://granadablogs.com/terecuerdo

Se construyeron estas instalaciones en 1945, siguiendo un proyecto del arquitecto conservador de la Alhambra Francisco Prieto-Moreno. En ese momento, en una ciudad como Granada, que alcanzaba ya los 161.000 habitantes, no existía más recinto para la práctica del deporte que el campo de Los Cármenes, de titularidad privada. El primer evento deportivo de carácter oficial que se celebró en el estadio del Frente de Juventudes o del SEU (ése era su nombre cuando su inauguración) fue el partido de fútbol de la tercera jornada de Primera Regional Preferente, disputado entre el Atlético Aviación de Granada y el Motoaznar de Almería, en noviembre de 1945, partido que ganó el equipo local 2-1. El Atlético Aviación, también llamado Atlético Granada, aun sin carácter oficial, fue filial del Granada CF, por entonces recién descendido de Primera División. Vestía de blanco entero, lo entrenaba Luis Marín y en sus filas militaron varios futbolistas que empezaban y que poco después pasarían al Recreativo de Granada cuando en 1947 fuera fundado por Ricardo Martín Campos, como Manolo Almagro; simultáneamente actuaron en este equipo varios rojiblancos cedidos.

Hablar del estadio de la Juventud obliga a recordar a aquel político muy azul mahón que se llamó José María Fontana Tarrats, gobernador civil y jefe provincial del Movimiento de Granada entre diciembre de 1943 y junio de 1947, verdadero impulsor del campo de deportes. Para él la política –decía en una entrevista para Ideal en 1946- «es sólo tema de viejos caciques y mentalidades seniles. Nuestra generación entiende por política la búsqueda del bien común y esto se concreta en nuestro lenguaje con palabras plenas de realidad: leyes sociales, ferrocarriles, economía, obras, deportes, escuelas… y acción eficiente. Lo demás es borrasca de cementerio romántico».

Fontana, catalán de Reus, intelectual, autor de varios ensayos políticos, era jonsista convencido y vino a Granada bastante joven (32 años) muy imbuido de su ideal ramiroledesmista y, mientras lo dejaron, no paró de luchar a favor de la provincia y conseguir determinados logros que son admirables. Desde la más estricta ortodoxia falangista llegó a elaborar un revolucionario plan general de transformación orgánica de Granada que abarcaba todo lo relacionado con la agricultura, la industria, la ganadería, los transportes y todo lo que contribuyera al resurgimiento de nuestra riqueza y, por consiguiente, a la prosperidad general de la provincia, sin detenerse en consideraciones tales como las arcaicas estructuras de la propiedad agraria. Le faltó tiempo, creo yo, para desarrollar ese plan en el que también se incluían la construcción de un funicular desde la estación terminal del tranvía serrano hasta los llanos de Otero (que llegó a estar aprobado y presupuestado) y otras muchas medidas que, efectivamente, de haberse llevado a cabo, hubieran supuesto mejorar la economía y con ella la vida de los granadinos. Yo me atrevería a afirmar que si hubiera seguido como gobernador unos pocos años más habría conseguido lo que nadie: que fuera una realidad el ferrocarril a Motril, que también formaba parte de su plan social para la provincia de Granada.

Fontana no había llegado a su cargo por vías democráticas, está claro, pero a pesar de haber sido designado dedocráticamente y militar en el falangismo, no se le puede acusar de haberse servido de las instituciones para medrar ni de haber permanecido pasivamente en el sillón del palacete de los Muller en la Gran Vía. Todo lo contrario. Sólo vivió tres años y medio a la vera de la Alhambra pero en ese tiempo consiguió él solo para la provincia más mejoras de orden social que seguramente la totalidad de gobernadores que, vistiendo camisa azul, le precedieron y le sucedieron. Aparte de la construcción del estadio, también hay que agradecerle la prolongación del tranvía de la Sierra desde el Maitena hasta el Barranco de San Juan, de la que se llevaba luengos años hablando sin pasar de eso, de hablar, más muchas mejoras en la Sierra, con la cual se volcó pues también era muy deportista. Por otra parte, ayudó al Granada CF en unos momentos muy comprometidos cuando en 1945, recién descendido de Primera y sin un duro en las arcas, nadie quería el sillón de presidente y estaba el club muy amenazado de desaparición, y lo hizo designando un mandatario (¡a ver quién se negaba a cumplir lo ordenado por un gobernador civil del franquismo!) y concediendo un préstamo de 30.000 ptas. que después condonó. Por esas razones fue nombrado presidente honorario del GCF, el tercero de la historia rojiblanca

Nunca se llevó bien con las cabezas visibles de otras instituciones granadinas, léase alcalde y rector magnífico, con quienes siempre mantuvo unas relaciones tensas porque políticamente estaban unos de otro en las antípodas. Entre eso y que después de terminada la II GM los aires que soplaban en Europa aconsejaban la desfascistización del Movimiento, todo unido a la china en el zapato para el orden público que representaban las partidas de maquis campando a sus anchas por Granada y montes cercanos, en 1947 fue cesado como gobernador civil y relegado a un cargo burocrático como el de jefe del Sindicato Nacional Textil.

Fuente: Ideal

El estadio de la Juventud ahora ofrece mejor aspecto que hace sólo unos pocos años. Al menos ya puede usarse para la práctica del deporte en lugar de permanecer cerrado y servir solamente como vivero de jaramagos y ortigas. Pero, aparte de haberse alfombrado su superficie principal con una moqueta de última generación sobre la que se desliza el pelotón que es un primor, todavía queda mucho por hacer y gran parte de su superficie está vacante de toda ocupación salvo la de los hierbajos silvestres, seguramente esperando que algún día se levante un moderno pabellón.

Claro que, en Granada, cuando de obras públicas hablamos, los “algún día” suelen ser mucho más lejanos y llegar -cuando llegan- cuatro o cinco veces más tarde que en otras geografías más o menos cercanas. A Fontana parece ser que -según se desprende de la lectura de la prensa de la época- conseguir cualquier cosa que se propusiese, como por ejemplo, un estadio, le costaba sólo un viaje a Madrid. Desde luego, eran otros tiempos.



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