El debate del debate

(I-D) El presidente del PP, Pablo Casado; el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias; el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; y el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, preparados para el debate de Atresmedia.
Un momento del debate emitido el pasado martes por Antena 3 y La Sexta | Autor: GD
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A 48 horas de la apertura de las urnas, estamos ante las elecciones de pronóstico más incierto desde el restablecimiento de la democracia en España. Ausente el bipartidismo, que ha presidido la política española en las últimas décadas, un ‘bibloquismo’ compite este domingo con sus ofertas fragmentadas, lo que abre un segundo escalón de incógnita en torno a la fuerza que mantenga o se haga con la hegemonía que en el bloque de las derechas. Y, en definitiva, cuál será la suma que permita una negociación posterior que señale finalmente al próximo presidente del Gobierno.

A aclarar el cálculo no contribuyen los dos debates. El influjo de estas dos comparecencias definitivas en el resultado final solo lo sabremos con el escrutinio en la mano, lecturas a posteriori que todos harán en torno al impacto de un Sánchez discreto, un Casado distinto al de los mítines, un Rivera acelerado y un Iglesias moderado y moderador. Hace ya tiempo en la política española preelectoral que el ‘debate del debate’ es más interesante y a veces encarnizado que el propio debate. Lo hemos visto en esta campaña, cuando Pedro Sánchez y el PSOE se han visto atrapados por una pirueta de la Junta Electoral. Querían enfrentar a las tres derechas en un solo debate, pero el árbitro electoral denegó la presencia de Vox y la polémica que siguió al trasvase de una cadena a otra terminó por llevarlos a aceptar a regañadientes un segundo encuentro a cuatro. Total, de clarificador poco. Aunque la presencia de cuatro candidatos al menos evitó el encorsetamiento cuando se produce a dos, que lo convierte en sendos monólogos de tiempos medidos como en el baloncesto, deporte de ‘manos’ en el que, como se sabe, solo importa la última canasta del último segundo del último partido del último ‘play off’… todo lo demás no sirve de nada.

Al hilo de ese ‘debate del debate’, nuevamente hemos asistido a la controversia de quienes lo quieren o no lo quieren. Cuarenta años después de las primeras elecciones, las convocatorias se siguen regulando por una normativa más propia de aquellos primeros tiempos, que no contemplaba los debates y como quienes podrían actualizar las normas no están por la labor, asistimos, elecciones tras elecciones, al capricho de los protagonistas de turno. Que por lo general, adoptan un intercambio de papeles según quien percibe que va ganando y no quiere, por tanto debatir con su oponente porque tiene poco que ganar y mucho que perder y el que, viéndose en segunda posición en los pronósticos busca el golpe de la fortuna por la vía de un debate ante el que el presunto victorioso no muestra interés.

Decía Fangio que en la primera curva no se gana un gran premio de Fórmula Uno pero sí se puede perder. Que traducido al lenguaje electoral significa: en un debate no se ganan las elecciones pero sí se pueden perder opciones en porcentaje bastante como para condicionar opciones de gobierno. Que no se haya regulado por ley ese debate forma parte del mismo esquema: es más cómodo para todos los políticos que se han sucedido en estos años de democracia dejarlo todo a la ambigüedad y el albur de la conveniencia de quienes podían haberlo normalizado.

En cualquier caso, viendo los dos debates televisivos, observando el desarrollo de la campaña electoral que desemboca en las urnas este domingo cualquier observador podría disipar dudas acerca del porqué en la crisis catalana estamos donde estamos. Es decir, cuatro líderes de otras tantas fuerzas políticas, a izquierda y derecha, unos más centrados que otros, pero todos de acuerdo en lo esencial en este caso concreto, puesto que tanto PP como PSOE y Cs y Podemos defienden la unidad de España y rechazan la independencia de Cataluña. Desde esta convicción general, aunque con diferencias notables en cuanto a perspectiva y métodos, ha habido un empeño general en colocar este tema como elemento central de la campaña. Es decir, Cataluña y los catalanes son un vivero de votos en el resto de España para determinados partidos y sus terminales mediáticas, que no ha habido día en estas dos semanas en el que no haya explotado ese camino, exagerando y estirando hasta el infinito la ‘amenaza’. Esa conveniencia electoral es la que desde los primeros tiempos nos ha traído hasta aquí, ‘tancredismo’ incluido, mientras la brecha social engorda y es más difícil de recomponer cada día que pasa.

Añádase a este panorama de dificultoso pronóstico la irrupción de Vox y la real medida de su fuerza, un voto oculto imposible de calibrar porque solo existe el punto de referencia en las elecciones andaluzas del pasado diciembre. La tradición apunta a un ‘in crescendo’ de votos en partidos que irrumpen en el escenario cuando se producen unas elecciones muy seguidas en el calendario político, como es ahora el caso (andaluzas, generales y municipales). El panorama que seguirá a este domingo electoral, en este contexto, tengo para mí que seguirá siendo muy convulso, sin mayorías suficientes. Y que proyectará sus tensiones más allá de la formación de los ayuntamientos, tras la cita del 26 de mayo, y la constitución del próximo Gobierno de la nación.



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