El barrio de la Magdalena y el ruido de las maletas

El centro de Granada se dirime entre la turistificación y el envejecimiento de sus residentes. La gentrificación y el constante cambio de modelo en el comercio de la zona, a debate

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Gran parte de los pisos de la zona de la Magdalena están en venta o aparecen en plataformas digitales de alquiler turístico | Foto: Álvaro Holgado
Álvaro HolgadoÁlvaro Holgado
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Es fácil imaginarse cómo era el barrio de la Magdalena hace 20 años. El olor del pan recién hecho de las panaderías, las persianas subiéndose para dejar entrar las cajas que venían del mercado: el pescado, la fruta, la carne. Al mismo tiempo las aceras llenándose progresivamente de gente que iba a comprar con una lista en la mano.

Tienda a tienda, pasando por carpinterías, cristalerías y papelerías donde cada lugar no tenía mayor campaña de márketing ni un branding mejor conseguido que el de quien lo regentaba. Lugares cuyos apelativos tenían que ver con Pepes, Juanes o Marías. El idioma de Shakespeare era desde luego lejano o mal pronunciado. A día de hoy, con sólo dar una vuelta por la zona uno se percata que todo esto sólo existe ahí, en la imaginación.

Quizás por aquello de que lo normal hace unos años se haya convertido en una imagen literaria, casi artística, el Festival Pa-ta-ta, organizado por la escuela de fotografía La Ampliadora, centró uno de sus últimos proyectos en representar a través de sus cámaras lo que percibían tras hablar con los vecinos de la zona. Se puso entonces encima de la mesa la principal problemática del barrio: los turistas. La aparición paulatina de una comunidad flotante que nunca llegaba a arraigar en la zona y que impedía estrechar lazos. La turistifación se ha convertido, según indica Cecilio Puertas, responsable de la escuela, en un fenómeno que ha “invisibilizado” a los vecinos de la zona. “Los pisos turísticos están vaciando el barrio” indica.

Imagen de una de las calles del barrio de la Magdalena | Foto: A.H.

A la subida de las persianas le han aventajado otros ruidos más madrugadores. El rodar de las maletas es la norma, cada día, desde primera hora de la mañana. “El principal problema es que hablamos de gente que viene a pasar uno, dos días y que luego se va. No hay una masa de vecinos suficiente para crear un tejido social” apunta Puertas. Esto, de hecho, se puede sostener en datos. Según el último registro elaborado por el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía, sólo en el mes de mayo Granada se convertía en la segunda provincia andaluza con más viajeros en pisos turísticos. Nada menos que 18.925 personas que únicamente llegaron a completar 43.565 pernoctaciones, es decir, menos de 2,3 días.

Explica el director de La Ampliadora que además existe una clara concatenación de factores: la falta de acceso a la vivienda está llevando al envejecimiento del barrio. Estos pisos que se ponen finalmente en venta están siendo comprados por empresas que los convierten en pisos turísticos lo que por último derivad en la debilitación, cuando no la inexistencia, del movimiento vecinal. “Hay muchas deficiencias que no se pueden poner sobre la mesa porque cada vez hay menos gente. Por poner un ejemplo, la parte más turística del barrio está mucho mejor cuidada, pero aquí se nota en la suciedad en las calles. Si comparas la calle Puentezuelas, que está a pocos metros, con la calle Verónica de la Magdalena es evidente que no hay la misma preocupación”.

El resultado de que el tejido social haya perdido fuerza implica incluso problemas de seguridad para los vecinos que aún residen allí. “Cuando hemos preguntado a los residentes y a los comerciantes todos nos hablan de que uno de los principales problemas es la falta de iluminación en las calles menos turísticas. Como no se puede hacer presión para cambiarlo, el problema sigue ahí. La oscuridad además hace que sea más peligroso ir por ciertas zonas. Todos conocemos gente a la que han robado”.

Imagen de noche en el barrio de La Magdalena | Foto: A.H.

Pero la cuestión no queda ahí. La aparición de los pisos turísticos no sólo ha derivado en que cada vez haya menos vecinos, sino que los vecinos que ya estaban y que aún son jóvenes se estén teniendo que ir de la zona. “Yo por ejemplo me tuve que ir después de vivir seis años en mi piso porque me subieron el precio del alquiler. Está claro que esto es algo generalizado en toda Granada, pero aquí quizás está afectado más todavía por ser el centro”.

Por su parte, la defensa de los pisos turísticos es evidente por parte de quienes los detentan. Sin ir más lejos, tras la petición por parte del presidente de la Federación de Empresas de Hostelería y Turismo de Granada, Gregorio García, de derogar el decreto de regulación de la Junta para este tipo de viviendas, el propio presidente de Federación Española de Viviendas Turísticas, Tolo Gomila calificaba de  “demagogia” las críticas al sector. La comparación entre viviendas turísticas y residenciales era en este sentido la prueba evidente que Gomila encajaba para defender que los números, además, eran bajos. En resumidas cuentas, como no hay suficientes pisos turísticos aún comparados con otras ciudades, no debería haber queja.

Quizás viendo el caso del barrio de la Magdalena se puede apreciar que no se trata de una cuestión de cantidad, sino de modelo. Justo a mano izquierda de La Ampliadora, precisamente, cercano al emblemático bar Las Rejas, cuenta Puertas que había una plaza. “Llena de comercios, donde había una huevería, una frutería, lo típico”. No queda ni un sólo comercio, la plaza ya no existe y es a día de hoy una calle más. “Me parece sintomático”.

La ‘Malasaña granadina’ y la ‘Magdaleta’

Imagen de uno de los proyectos del Festival Pa-Ta-Ta de este 2019 | Foto: Cedida

A pesar de todo lo narrado, describe Puertas en que sigue existiendo un espíritu de barrio en La Magdalena. “Sólo tienes que ir al supermercado de aquí para darte cuenta que hay gente que se conoce y que se saluda, que habla mientras espera la cola” explica aún con cierto optimismo. Después de 6 años desde la apertura de la escuela de fotografía, explica que sigue habiendo lugares de encuentro, pero que también han desaparecido otros muchos.

La resistencia de espacios como La Ampliadora aún así dan fe de la insistencia de quienes aún habitan la zona. La imaginación se ha impuesto en proyectos como la ‘Magdallena’, que a largo de los meses de marzo a junio, comprendió toda una serie de talleres y acciones con el objetivo de conocer y reflexionar sobre cuestiones como la gentrificación o la propia turistificación y que culminó con una verbena abierta a todo el vecindario en la plaza del Lino. En esos meses se realizaron todo tipo de actividades y de actuaciones para debatir sobre el uso del espacio público, ligados además a centros educativos y colegios de la zona. De ahí, peculiarmente surgió la ‘Magdaleta’, un concepto que estuvo presente en un cartel diseñado por uno de los alumnos en una de las librerías del barrio.

El modelo, eso sí, hace dudar a los que como puertas han abierto una serie de locales nuevos, con otros fines ante la desaparición de las tiendas con servicios básicos de alimentación o de primera necesidad (ahora ubicados como principales suministradores para el público en las grandes superficies y centros comerciales). Nuevos establecimientos, ya sean co-workings,  pubs, cafeterías, librerías o derivados han convertido en los últimos años a la zona en una suerte de ‘Malasaña granadina’.

“A veces tenemos la sensación de que parte de la culpa la tenemos nosotros” explica Puertas, “el hecho de que se hagan actividades artísticas o se establezcan nuevos modelos de negocio puede ser un arma de doble filo porque puede encarecer su valor y ser atractivo para, precisamente, los turistas. Aún así no podemos quedarnos quietos” comenta, al mismo tiempo que se debate con respecto a la entelequia de que la actual desregulación con respecto a este tipo de negocio turístico provoque que cualquier mejora del barrio provoque a su vez un lugar menos habitable para sus vecinos.

A las puertas del final del verano, con las ruedas aún girando por La Magdalena a las 7:00 horas, la problemática sigue ahí. De colectivos como la Ampliadora y sobre todo, de la labor institucional y el debate político dependen las soluciones nada sencillas de cara a una posible reforma que ya se dirimió a nivel nacional en el debate de los últimos y fallidos presupuestos del estado. La idea, por ahora, para los vecinos de este barrio es simplemente intentar que el barrio persista, que la Magdalena no se convierta en Muffin.



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