La educación de la derrota

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Balón de fútbol | Foto: Archivo
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Cuando estaba en Primaria (lo que entonces era E.G.B.), la Educación Física aún se llamaba Gimnasia. Pero, pese a que no llevaba la evocadora palabra en su nombre, creo que era muy educativa. Puede que hasta más que ahora. En mi colegio, esta asignatura la impartía un profesor de los de antes, de los que era temido por todo el colegio. Ya no sé si fue que yo ya lo pillé en una edad cercana a la jubilación, que siempre se me dio bien la gimnasia o que las cosas cuando se ven de cerca se ven mejor; pero lo cierto es que yo siempre vi en Don Emilio un tipo severo sí, pero también justo.

Sus clases de gimnasia se podrían resumir en una difícil combinación entre frío y sudor, ya fuera en la pista deportiva, corriendo sin descanso en pantalón corto (hiciera el frío que hiciera); o en el gimnasio, más cálido, pero con la heladora figura del potro en medio. Con el tiempo comprendí que el fin de todo aquello no era dar más vueltas al campo de fútbol, ni saber saltar el potro mejor que nadie. Seguramente Don Emilio nos quería preparar para una vida en la que no todo sería fácil, en la que habría que superarse y en la que en demasiadas ocasiones nos encontraríamos solos ante el mayor de los obstáculos.

De vez en cuando, cuando llovía y el gimnasio estaba ocupado con otra actividad, Don Emilio nos juntaba en el aula de medios audiovisuales (la única que contaba con una tele, que hoy seguramente veríamos ridícula) y nos ponía una película. Solo un trozo, imagino que para alargar el recurso. La película siempre fue la misma durante los dos años en los que nos dio clase y en cada uno de ellos volvimos a empezarla por el principio. Esto, unido a la sequía de mediados de los 90, hizo que nunca acabáramos de verla. O, al menos, yo no recuerdo el final. Poco importa. Ahora comprendo que a él nunca le importó el final de aquel film. Quería que viéramos todo lo anterior: como un puñado de niños inadaptados fue capaz de conjuntarse como equipo.

A nosotros nos encantaba esa película porque nos sentíamos reflejados en ella: estaba el patoso al que no se le daba bien el fútbol, el rabioso que se quejaba por todo, el despistado, el incomprendido, el pasota… Allí estábamos todos. Y es que no hay nada que despierte un mayor sentimiento de empatía que el sentirte reflejado. Por eso esta España nos ha calado tanto, porque nos identificamos más con la mediocridad que con la excelencia.

Puestos a elucubrar, seguro que en aquella película de Don Emilio, el equipo salía campeón y por eso nunca nos dejó verlo. Porque su severidad seguramente le hacía pensar que una victoria no era apropiada. Que no había nada más educativo que la derrota.

Ayer por la noche, tras perder en penaltis frente a Italia, Luis Enrique entró al vestuario de la selección y puso la música todo volumen. Posteriormente cerró la rueda de prensa indicando que la derrota es educativa. Que lo importante no era el final, sino el camino. Por momentos vi en él a Don Emilio, a sus carreras en pantalón corto y a su potro… a su educativa película sin final feliz.







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