“Definir qué es ser mujer o ser hombre me parece un atrevimiento atroz, y definirlo en una ley, aún más”

Sandra Rodríguez Salas, activista trans granadina, confiesa su miedo a ciertos sectores feministas: “Yo no iría a una manifestación del 8-M porque tengo miedo de las transfóbicas”

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Sandra Rodríguez Salas, vestida como Rosie, la remachadora, con motivo del 8-M | Foto: Sandra Rodríguez Salas
Inés PalominoInés Palomino
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Natural de Granada, profesora de economía en el IES La Laguna de Padul, militante del PSOE, feminista, activista trans y vicepresidenta de la Asociación Arco Iris Granada. Sandra Rodríguez Salas (1972) afronta este 8-M con una doble lucha. A la polémica sobre si la pandemia por Covid-19 debe determinar si se celebran o no manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer, se le suma el debate que ha suscitado a nivel nacional la conocida como Ley Trans. Esta polémica, que pretende ser un punto de inflexión en la lucha feminista, tiene como epicentro a las personas trans, quienes, afirma Sandra, se sienten el campo de batalla de una lucha en la que se les tutela permanentemente como a niños pequeños a los que no se les da voz y deben escuchar a los adultos hablar.

Pregunta: ¿Cómo fue su caso? ¿Cuándo se dio cuenta que no se sentía identificada con el género que se le asignó?

Respuesta: Una pregunta que se suele hacer a las personas trans es desde cuándo lo sabes. Yo te voy a responder por mí, porque cada persona y transición es un mundo diferente, pero suele haber respuestas que solemos tener en común, y es: desde siempre. En el momento en el que empiezas a tener conciencia de ti misma cuando empiezas a hablar y comienzas a notar que en el mundo que te plantean hay algo que no encaja o tú no encajas en él o él no encaja en ti.

P:¿Cómo vivió su infancia?

R: Recuerdo que desde que tenía cuatro o cinco años había algo en mí que no funcionaba como se suponía que debería. No me atrevía a decir que yo era una niña. Nací en 1972 con Franco coleando y ni siquiera me atrevía a pensarlo. Una cosa que me ha perseguido toda la vida, así como a otras personas trans, es la culpa de estar haciendo algo mal. A mí me dijeron de pequeña “tú eres un niño” y en ese momento tú no lo piensas racionalmente, pero, sencillamente, sientes que eres otra cosa o que encajas en otro grupo social del que a ti te han dicho. Intentas adaptarte a esos roles, a esa forma de estar en el mundo, aunque yo sabía que quería estar con las niñas. Cuando me operaron con seis años de la cadera, yo deseaba que el médico me dijera que ya no podría volver a jugar al fútbol y entonces poder irme con las niñas, pero no fue así. ¿Tiene que ver jugar al fútbol con ser niño o ser niña? Evidentemente no, pero la sociedad te da una serie de pautas que tú intentas cumplir.

P: ¿Cuándo comenzó ese proceso de transición?

R: Durante muchísimos años intenté encajar con ese rol de chico masculino y me “apañé” bastante bien, pero yo tenía una pulsión interna. Me maquillaba y me ponía la ropa de mi madre y mi hermana en secreto, y entonces daba la sensación de que las cosas se ponían en su sitio. No sé por qué pasa esto, ni cuál es el motivo, además, me lo he planteado muchísimo. Es una época de búsqueda que todos los seres humanos trans o cis(aquellas personas que no son trans) pasamos. Pasan los años e hice mi carrera. Yo quería estudiar psicología, pero me di cuenta de que lo que quería era “curarme” a mí misma de esa adicción a ponerme ropa de señora. Elegí empresariales y la vida me ha traído a ser profesora de economía de un instituto aquí en Padul, un trabajo que me gusta mucho y me hace muy feliz.

Entonces seguí ocultándolo, conseguí pareja, nos fuimos a vivir juntas (era una chica). También descubrí con el tiempo que soy bisexual, una palabra que me tranquilizó bastante y fue un alivio: lo mío tiene un nombre, pensé. Me separé de mi pareja porque ella me decía “yo quiero un hombre y tú no lo eres”. Nos separamos con muchísimo dolor de corazón porque nos queríamos. Entonces pensé, ¿por quién estoy yo disimulando ahora? De ahí empecé a dar pasitos y conocí a otras personas, entre ellas, Kim Pérez, uno de mis grandes referentes.

P: ¿Cuál fue la reacción de su entorno familiar, personal y profesional? ¿Sufrió discriminación?
R: He recibido un 99’9 por ciento de apoyo de familiares, amigos y allegados. Esto se parece mucho a saltar por una ventana sin saber si vas a caer 20 pisos o vas a caer uno, y resulta que salté por la ventana y había suelo. Otras personas saltan y se estrellan, no reciben apoyo o sufren muchísimo. Yo algo he sentido interiormente, pero socialmente ha sido una experiencia muy buena

P: ¿En qué momento le pone nombre a lo que le pasaba?
R: Nos plantean mucho al colectivo LGTBI por qué necesitamos tantas letras y etiquetas. Los seres humanos necesitamos ponerle nombre a las cosas para que existan. Yo no se lo había dicho nunca a nadie y yo pensaba que yo era el bicho más raro del universo. Era consciente de que había niños gais y yo no quería ser eso. Llámale homofobia, pues sí, seguramente. Pero claro, es porque eran las víctimas de las burlas del colegio. Recuerdo a un niño de mi colegio que lo metían en el cubo de la basura por llevar las uñas pintadas, y yo me dije “yo no voy a ser así”. Yo tampoco tenía una pluma exagerada como tienen algunos chicos gais o heteros. Disimulaba bastante bien. Creo que he sido muy cobarde, pero ojo, también es un derecho. Me escondí y no se lo conté a nadie. Yo veía en la tele a las transexuales de la época que eran Bibi Ándersen (ahora Bibiana Fernández) y poco más. Todo era, con todo mi respeto, un morbo tremendo, o incluso eran prostitutas que veía por la calle. Se te presenta esta opción de vida y dices “no, con esos modelos esto mío no puede ser transexualidad”. No es que no lo seas, es que no quieres serlo. ¿Es transfobia? Pues sí, es una transfobia interiorizada. Las personas trans somos las primeras que hemos sufrido transfobia, pero interna.

Con mi primer ordenador empecé a contactar con grupos y encontré uno en Madrid con el que quedaba en absoluto secreto. Encuentro la palabra crossdresser , pero se me empezaba a quedar estrecha. De pensar que era un hombre que quería ser mujer, llega un momento en el que dije “es al revés: soy una mujer intentando ser hombre”. Una mujer con todo lo que eso conlleva, porque me preguntan mucho “¿y qué es ser mujer?” ¡Yo qué sé! No sé qué es ser mujer o ser hombre. Si ni siquiera lo sabía Aristóteles. Los filósofos llevan cinco mil años dándole vueltas al concepto, ¿pretendes que yo te lo diga? Lo que sí sé es que en esa posición social que es ser hombre yo no me encontraba. La primera vez que me identifiqué como transexual se me cayó una losa encima.

Sandra Rodríguez Salas, activista trans granadina | Foto: Sandra Rodríguez Salas

P: ¿Cuándo y cómo decidió hacer la transición en su vida laboral?

R: Yo no decidí salir sino que poco a poco lo fui sacando. No hay un momento, por eso lo llamamos transición. No existe un manual de cómo transicionar y no debe haberlo. A partir de contárselo a mis padres pensé que ya no tiene sentido seguir ocultándose. En el trabajo, se lo fui contando poco a poco a los cincuenta profesores del instituto en pequeños grupos, fue agotador. Por último se lo conté a los niños, pero antes a la presidenta del AMPA. A ella se lo conté el miércoles por la tarde tomando un café y el viernes ya lo sabía todo el pueblo porque Padul no es Nueva York. (risas)

P: ¿Cómo fue su primer día de clase como profesora trans?
R: Llegué a clase vestida de mujer, usé peluca y dije “Pues esto era, ¿preguntas? ¿No hay más preguntas? Pues abrimos el libro”. Fueron un par de días curiosos porque sobre las personas trans se espera que llevemos una boa de plumas rosa y unos tacones de metro y medio. Nos confunden con drag queens. El primer y segundo día fueron una alegría inmensa y, al tercer día, ya fue normalización.

P: ¿Cómo cree que puede ayudar como profesora transexual a su alumnado?
R: En el instituto soy un poco el “pararrayos LGBT” porque, aunque seguro que hay más “profes” que son del colectivo, como estoy yo y soy visible, pues “para Sandra todo”. Es un proceso de visibilización. Al fin y al cabo es una suerte y un privilegio estar donde estoy. Si en mí, niños, niñas y niñes trans pueden ver una idea de que puedes ser trans y, por ejemplo, profesora de instituto, que me usen como referente.

P: ¿Se siente privilegiada de alguna forma?
R: Para mí es un privilegio poder serlo, hay mucha gente que no se puede permitir hacer esto. Yo soy funcionaria, ojo, tengo mi plaza en propiedad. No me pueden echar del trabajo. En la empresa privada es otra historia. No hay un censo oficial, pero se habla de cerca de un 90 por ciento de paro en las personas trans. Yo soy una persona trans visible, profesora de instituto con una cierta estabilidad social.

“Considero una especie de deber moral que las personas que somo trans visibles integradas en la sociedad seamos referentes”

P: ¿En qué ayuda su formación como economista en su forma de enfocar el activismo trans?

R: Cuando doy charlas sobre realidad LGBT no la suelo mezclar con la economía, pero es verdad que la economía es, en definición de libro, “la ciencia que estudia cómo resolver necesidades humanas con recursos escasos”. Planteando eso así, las necesidades humanas, por ejemplo, son que las mujeres y hombres tengan el mismo salario a igual trabajo. A mis alumnos les cuento también que las personas trans, cuando van a buscar trabajo, no lo encuentran. Yo tengo la gran suerte y fortuna de tener un trabajo fijo. También me lo curré, no me lo regalaron. He tenido esa suerte, pero también porque he renunciado a una juventud como mujer. Yo hice mi transición con más de cuarenta, con mis ansiedades y depresiones. A muchas personas trans, sobre todo mujeres, no se pueden permitir decir esto porque la echan del trabajo o porque las matan, o porque tienen tanto dolor y han pasado tantas penurias que deciden no meterse ahí. Considero una especie de deber moral que las personas que somos trans visibles integradas en la sociedad seamos referentes.

P: Es activista de la Asociación Arco iris Granada, ¿cómo trabaja y a qué se dedica la federación Arco Iris?
R: Somos un conjunto de asociaciones provinciales federadas en la Federación Andaluza Arco Iris LGTBI+. Lo que hacemos es formación, divulgación y pretendemos ver de alguna forma el vaso medio lleno, mirar hacia el futuro. Somos más de construir y trabajar que de luchar, aunque a veces es necesario pelear también. Dedicamos nuestro poco tiempo libre a formación, dar charlas y talleres de diversidad e igualdad en el ámbito educativo, en el de instituciones públicas y en el de la sanidad. Precisamente, lo que sabe de temas trans el personal médico y de enfermería se lo explicamos nosotras, porque en las carreras de medicina, psiquiatría, psicología o endocrinología no les han explicado absolutamente nada de personas trans, no saben que existimos. Es curioso porque luego son estas personas quienes nos tienen que dar el certificado, según la ley que está vigente, de que somos trans. Es muy paradójico.

P: ¿Cuál es la situación de las personas trans en la provincia de Granada? ¿Qué percepción tiene sobre el funcionamiento de la Unidad de Atención a las Personas Trans (UAPT) del Hospital Virgen de las Nieves?
R: Yo fui una de las primeras pacientes de la unidad provincial de Granada. ¿Cómo funciona la unidad ahora mismo? Mal. No porque los profesionales sean malos, sino porque no se les da medios ni formación. Hay listas de espera terribles, tenemos que esperar y echarle paciencia, lo cual, para una persona que está iniciando la transición, puede convertirse en un infierno. Con esta pandemia estamos sufriendo desabastecimiento de hormonas que para nosotras son vitales, además de atrasos en las listas de espera y en las citas. La espera para las cirugías no se cuenta ya en años, sino en siglos.
En Andalucía tenemos una ley trans de las más avanzadas del mundo, tenemos protocolos de qué hacer con una persona trans tanto en el nivel educativo como sanitario, esta es la teoría. En la práctica, los médicos siguen mostrando esa falta de formación, no saben qué hacer. Teóricamente está todo bien, hay un armazón, pero en la práctica hace aguas por todas partes.

“Que a mí, personas de mi partido, me digan que yo cuestiono el género de 47 millones de personas, me hace mucho daño”

 

Imagen de Sandra Rodríguez Salas, activista por los derechos trans | Foto: Sandra Rodríguez Salas

P: ¿Cuál cree que es la base del rechazo a las personas trans?
R: El miedo, lo cual es respetable, es una reacción visceral. Entiendo los miedos porque yo los he sufrido. Los miedos se solucionan con información. Soy profesora y me tengo que ir a ese campo. La información, el conocimiento es la base de todo. Cuando un niño tiene miedo a lo que hay debajo de la cama se soluciona haciéndole mirar que no hay nada, así se solucionan los miedos, con luz, con información. Si me vienes con dudas sobre desde cuándo me di cuenta, etc. y esa información te sirve para quitarte el miedo, fantástico. Es diferente cuando tienes en tu mente la estructura cerrada, tú no me quieres entender, me rechazas. No es miedo ,es odio. He pasado un año bastante duro porque me he llevado decepciones y chascos importantes. Yo pertenezco al PSOE, soy militante de este partido y en las últimas municipales de Granada me presenté junto a Paco Cuenca. Que a mí, personas de mi partido, me digan que yo cuestiono el género de 47 millones de personas, me hace mucho daño.

P: ¿Qué opinas de la proposición de Ley Trans que ha suscitado tanta polémica en los últimos meses?

R: La ley es absolutamente necesaria por dos motivos. En primer lugar, porque la ley anterior de 2007 no funciona, aunque en su momento ya fue un avance al permitir el cambio de nombre y sexo registral sin necesidad de una cirugía, se nos ha quedado estrecha. Lo que pedimos ahora es un DNI, lo demás lo tenemos a nivel autonómico, pero necesitamos unificar a nivel nacional en todas las Comunidades Autónomas. En segundo lugar, esta ley reconoce un principio básico de “yo soy quien soy porque yo lo digo, créeme, por favor”. Nadie se mete en un “follón” como este por aburrimiento, si lo pudiéramos evitar lo haríamos. Presumir que hay un fraude de ley para hacer una ley es como presumir que si te compras un coche, vas a conducir borracho y entonces se tendría que prohibir la venta de coches.

“Cada vez que me cuestionan, están cuestionando mi persona, mi esencia, mi identidad y mi sitio en el mundo”

P:¿Qué opina sobre la postura que está tomando el PSOE en el debate sobre la Ley Trans?
R: He visto algunas cosas que quizás no se comenten tanto. Hay una postura oficial encabezada por Carmen Calvo que es absolutamente transfóbica. Pero el PSOE es muy grande, hay mucha gente dentro. Creo que es más la gente favorable a la Ley Trans que la que se opone. A lo mejor Pedro Sánchez podría hacer una consulta o una encuesta a la militancia. Nos podríamos llevar una sorpresa. Que la derecha se oponga a esto y que luego lo vaya asumiendo es una especie de funcionamiento habitual de la democracia, pero ¿que la propia izquierda se ancle contra un avance social? No lo entiendo. En el PSOE no soy la única voz, está también, por ejemplo, Carla Antonelli, diputada madrileña trans que también está muy harta.

Esto es un debate o una lucha, o como quieras llamarlo, que se produce en un campo de batalla que somos nosotras, las personas trans. Es relativamente fácil para una persona cis hablar de nosotras, pero cada vez que me cuestionan están cuestionando mi persona, mi esencia, mi identidad y mi sitio en el mundo. No puedo vivir todos los días con un debate sobre si me permitís o no existir. Soy un ser humano.

P:¿Cree que esta polémica, en lugar de ayudar, ha provocado un retroceso en el proceso de aceptación y/o normalización de la transexualidad?
R: Este debate es falso. No ha existido nunca en España. Viene a quitarnos la legitimidad a las personas trans, sobre todo a las mujeres. Personas con posiciones muy radicales que no nos aceptan se camuflan en una teoría sesuda o tras una tribuna presumiendo de una verdad absoluta. Parece ser que el feminismo es algo inmutable, intocable. Los feminismos son muchos y cada mujer tiene su propio feminismo. Tenemos un montón de intersecciones. Claro que estamos en el feminismo. Creo que quienes son contrarias a las trans son pocas, pero con altavoces, y tengo la sensación de que la sociedad cada vez más se está desvinculando más de ellas.

“Sé decirte que soy mujer porque siento que, en el mundo en el que vivimos, este es mi sitio”

P: Me ha sorprendido cuando ha asegurado que no sabe qué significa ser mujer, ¿cree que es necesario poder definir este tipo de términos ahora que son centro de debate?
R: Meterse a definir cosas me parece prepotente. Ser mujer es algo que me llevo planteando toda la vida, lo he debatido mucho. Si las terfs (feminista radical trans-excluyente) nos cuestionan, nosotras todavía más. ¿Por qué necesito que en mi superficie me vean de determinada manera si lo esencial está dentro? Porque los seres humanos somos seres sociales y necesitamos no solo sentirnos, sino que nos sientan los demás. Definir qué es ser mujer o ser hombre me parece un atrevimiento atroz, y definirlo en una ley, aún más. Las leyes hacen normas de convivencia entre los seres humanos, no definen el mundo. A las trans nos exigen que definamos qué es el género, ¡yo qué sé! ¿Tengo que definir ahora un concepto sobre el que se lleva discutiendo años?

¿Qué es para mi ser mujer? Para mí, es vivir como vivo yo ahora. Llamarme Sandra, para empezar, y que el mundo me lea, me perciba como mujer. Es una definición chapucera de andar por casa, pero es la que tengo. Definir algo es cortarlo, es matarlo. Cuando defines algo le estás quitando la esencia. Las definiciones son peligrosas y siempre excluyentes. Sé decirte que soy mujer porque siento que, en el mundo en el que vivimos, este es mi sitio.

P: Teniendo en cuenta el debate actual a nivel nacional sobre las personas trans, ¿cómo afronta este 8-M?
R: Yo no voy a salir a la calle el 8-M porque con la situación por pandemia creo que basta que pase cualquier cosa para que otra vez nos vuelvan a culpar. Soy de la opinión de no darles motivos. Creo que este año es más prudente no hacer la manifestación, pero seguir reivindicando. Por ejemplo, este año, profesoras y profesores de mi centro iremos disfrazados de Rosie la remachadora (icono cultural feminista). Aparte, si este año fuera normal y no hubiera pandemia, es probable que yo este año tampoco fuera a las marchas del 8-M. He empezado a notar cierta hostilidad. De la extrema derecha se espera, pero el fuego amigo hace mucho más daño. Le tengo miedo a ciertos sectores del feminismo porque me hacen daño, porque su campo de batalla soy yo. Aunque me consta que la mayor parte de las mujeres y hombres feministas nos aceptan, quienes gritan, chillan y no quieren entender, tienen todos los altavoces y micrófonos. Yo no iría a una manifestación del 8-M porque tengo miedo de las transfóbicas.

P: ¿Hay cualquier aspecto que no hayamos tratado o algo que quiera añadir?
R: Tengo miles de cosas que decir. Yo suelo hacer una definición negativa de las personas trans: qué no somos las personas trans. No somos un capricho y no somos un trastorno pasajero. Es algo que sale de dentro. Si es visceral o cerebral, no lo sé, pero existe. Buscarle cualquier tipo de explicación es reducirlo. No sé por qué somos así. pero existimos.

Para acabar, me gustaría añadir que estoy segura de que avanzaremos: la ley saldrá, los partidos de izquierda llegarán a un consenso y la aprobarán; y, dentro de cuatro o cinco años, será historia. Dentro de diez años nos preguntaremos por qué debatíamos y quizás, en el futuro, esta ley ya no será necesaria. Soy optimista, creo en el futuro y en que todo se resuelve con información, diálogo y entendimiento, si lo que se quiere es entender. Las personas trans tenemos voz y queremos y necesitamos que se nos escuche.







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