Las consecuencias psicológicas por el cáncer de mama se ven agravadas por el miedo y la inseguridad que provoca el Covid-19

Con motivo del Día Mundial contra el Cáncer de Mama, que se celebra este lunes, el Copao recuerda la importancia de los psicooncólogos en la atención multidisciplinar

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Cada 19 de octubre se celebra el Día Mundial contra el Cáncer de Mama | Gabinete
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El Día Mundial contra el Cáncer de Mama, se celebra este lunes, 19 de octubre, con el objetivo de contribuir al aumento de la sensibilización en los aspectos que rodean a esta enfermedad, su detección precoz, tratamiento y atención paliativa, en su caso. Es por ello que el Colegio Oficial de Psicología de Andalucía Oriental (Copao) quiere recordar la importancia de los psicooncólogos en la atención multidisciplinar y en la prevención y minimización del impacto psicológico que esta enfermedad provoca en pacientes y familiares.

Con tal motivo, Lucía Vegas e Ismael Jamal, coordinadora en Málaga y vocal, respectivamente, de la Sección de Psicooncología y Psicología en Cuidados Paliativos del Copao, destacan que el “existe miedo e inseguridad por el contagio y peor pronóstico ante la Covid-19 en personas consideradas ‘de riesgo’ -como las que padecen cualquier neoplasia-, al igual que influye el aislamiento social, la soledad, la confusión… A todo lo provocado por esta pandemia se unen las consecuencias psicológicas propias del cáncer de mama, como es el impacto en la salud física, autoimagen, pérdida de rutinas, trabajo, consecuencias en el entorno social, incertidumbre…”.

Y es que este año, el Día Mundial contra el Cáncer de Mama viene especialmente marcado por la Covid-19. En España cada año son más las entidades públicas y privadas que colaboran para darle visibilidad a este día haciendo sus propias campañas publicitarias de apoyo con el conocido distintivo del lazo rosa. “Parte esencial de dicha visibilidad tiene como objeto el desarrollo de programas de detección precoz, con los que está demostrado se disminuyen de una forma espectacular las consecuencias de esta patología, minimizando e incluso evitando sus secuelas y mejorando su pronóstico y supervivencia”, aseguran Lucía Vegas e Ismael Jamal.

En Andalucía, el primer programa de detección precoz fue implementado en 1995, con un grupo diana de mujeres de edad de entre 50-65 años. En este grupo de edad, numerosos estudios han demostrado que se puede adelantar el diagnóstico en 2-4 años, detectando tumores en estados más precoces -y, por tanto, con mayores posibilidades de tratamiento y curación y/o menores consecuencias de los tratamientos-, reduciéndose la mortalidad específica en un 20%. Programas como éste, y el gran avance producido en los tratamientos en los últimos 25 años, han supuesto una revolución en la atención a este colectivo. De hecho, según la Sociedad Española de Oncología Médica, a día de hoy se puede afirmar que “la investigación en cáncer de mama permite un mayor control de la enfermedad, aumenta la supervivencia y mejora la calidad de vida con tratamientos más personalizados”.

La Covid-19 posee unas particulares consecuencias añadidas para todas las personas que padecen alguna enfermedad grave, como es el caso de quienes padecen cáncer de mama. El desborde de los recursos sanitarios que ha traído consigo esta pandemia ha tenido un significativo impacto en programas como los anteriormente descritos y en el propio proceso de atención y tratamiento de quienes padecen esta enfermedad (demora en cribajes, consultas de seguimiento; Atención Primaria y Urgencias saturadas, dificultándose el abordaje de la sintomatología propia de la enfermedad o de sus tratamientos; mayor dificultad en la coordinación entre Servicios responsables de su seguimiento; y un largo etcétera).

Las personas diagnosticadas de cáncer de mama pasan por un proceso que puede durar meses o años y que va a afectar a sus vidas de una forma holística, es decir, va a tener impacto en todas sus esferas, tanto la biológica, como la psicológica o la social. Esferas interdependientes, de manera que el aspecto biológico de la enfermedad va a afectar profundamente al psicológico o al social, ocurriendo también a la inversa. En este sentido, Vegas y Jamal apuntan que “son múltiples los estudios que indican la influencia de los aspectos psicológicos de pacientes en la evolución de su enfermedad o incluso en su pronóstico. Por ejemplo, el estudio de Hamer, Chida y Molloy de 2009 relaciona distrés psicológico con un aumento en la ratio de mortalidad en el cáncer”.

De hecho, la Estrategia en Cáncer del Sistema Nacional de Salud, hace ya 15 años, indicó que “existe evidencia científica que avala los efectos positivos de las intervenciones psicológicas en el ajuste emocional a la enfermedad y en la calidad de vida, así como en la prevención del síndrome del desgaste profesional”. Además, el mismo documento destaca la necesidad de “proporcionar atención psicológica a las personas enfermas de cáncer y sus familiares, según sus necesidades, en base a la evidencia científica disponible sobre la efectividad de las intervenciones”.

Así, la presencia de psicólogos expertos en Psicooncología dentro de los equipos asistenciales se considera imprescindible, según Lucía Vegas e Ismael Jamal, “para así poder ofrecer una atención sanitaria que se haga cargo de nuestras necesidades ante la enfermedad oncológica de forma real, en un sentido amplio, es decir, para poder tener una atención sanitaria de calidad. A la luz de la situación actual de pandemia y de las consecuencias psicológicas que ésta ha acarreado, el papel que juegan los profesionales de la Psicooncología se hace aún más acuciante si cabe”.







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