“Conjugar el tiempo en confinamiento fue complicado porque todos los días eran el mismo”

El periodista Juanjo Ibáñez presenta 'Maneras de conjugar el tiempo', su primer poemario; un debut intimista que integra una reflexión sobre lo vivido, el presente y la inevitable angustia del devenir

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Juanjo Ibáñez presenta 'Maneras de conjugar el tiempo' bajo la atenta mirada de Nani Castañeda | Fotos y vídeo: Carlos Gijón
Pablo Domínguez Calderón
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Maneras de conjugar el tiempo es el título del primer poemario de Juanjo Ibáñez, un título con el que el periodista granadino se estrena en este género y en cuya puesta de largo estuvo acompañado por Nani Castañeda (batería de los Niños Mutantes y gestor cultural) y su editora, María Lozano, de Esdrújula Ediciones.

Fue una presentación cálida. Castañeda y Juanjo reflexionaron sobre la literatura y su capacidad para crear diálogo. Se habló sobre paternidad, sobre el amor y sus inflexiones, y se rememoraron conversaciones que al escritor le resultarían influyentes o motivadoras para escribir su obra.

Maneras de conjugar el tiempo es un libro sobre el ‘yo’ ; sobre la identidad de un poeta de hondo compromiso político; encerrado en la inquietud del primer confinamiento.

Empezamos con una pregunta sobre el título de su poemario: Maneras de conjugar el tiempo. Ha dicho, durante la presentación, que la pandemia marcó directamente su escritura. Era una época de incertidumbre. ¿Cómo conjugó un poeta el tiempo durante el primer confinamiento?

Conjugar el tiempo en confinamiento fue complicado porque todos los días eran el mismo día, sobre todo en la parte más dura, cuando solo salíamos a la calle para tirar la basura. Quizá, por ello, fantaseé con la idea de escribir un libro. Todas las horas se empezaron a confundir en una sola. La verdad es que la noche se comenzaba a estirar mucho, y ese era el momento en el que yo podía escribir. Escribir durante el confinamiento consistió en intentar compartimentar esos espacios muertos en que se convertían en el paso del tiempo, de una manera muy estática. El poeta trata de fantasear con un mundo que sí podía estar sucediendo afuera de todo lo que estaba detenido. Fue un momento en el que era noticia que se escuchaban los pájaros, que los animales llegaban a la orilla de la playa en Doñana, que las ciudades vivían en un silencio… La responsabilidad del que escribe era prestarle atención a esos nuevos silencios que surgían gracias al confinamiento y mezclarlos todos en la soledad de la noche.

Es curioso cómo, en su libro, los capítulos vienen titulados con las tres dimensiones temporales: pasado, presente y futuro. T. S. Eliot escribió que “lo que podía haber sido y lo que ha sido / apunta a un solo fin, que está presente”. Pasado y futuro estaban entonces integradas de la realidad actual. ¿Por qué separarlos?

Porque, para mí, en el momento en el que escribo este libro, sí son compartimentos estancos, porque obedecen a tres momentos de mi vida; el pasado de una reconciliación, el presente del abrazo a una vida que hasta aquel momento no era consciente de que la pudiera tener, y el futuro, que me inquietaba y me inquieta, con toda la incertidumbre que eso encierra. Puedo compartir la cita de Eliot, quizá, desde el punto de vista de lo metafísico. Para mí, era muy importante trazar una línea cronológica, que sí tenía que romperla con tres espacios diferentes.

En la presentación, ha citado a Virginia Woolf. Ella no es solo una de las madres de la novela moderna, también lo es del feminismo del siglo XX. ¿Qué hay de ella en su obra?

Ojalá hubiera algo de Virginia Woolf en ella. Aunque, si tuviera que destacar, o pudiera encontrar cierta herencia, te hablaría del compromiso con la necesidad de una lucha, que es la de la igualdad. No podemos olvidarnos de lo que Woolf y sus contemporáneas, y también, las anteriores, y las mujeres de hoy día, no paran de decirnos: la necesidad de no rendirnos ni un solo momento en la lucha por la igualdad de mujeres y hombres. Si analizamos lo ocurrido durante la pandemia, te das cuenta de que esa lucha por la igualdad es muy frágil; muy débil. Al final, de nuevo, el lado débil ha sido la mujer, que es la que ha perdido; lo ha hecho en derechos, en calidad de vida… Yo creo que Virginia Woolf aparece en mi poemario como una voz necesaria para recordarnos que la lucha no se puede olvidar ni un solo instante. Un minuto de pérdida de tiempo en ella significa retroceder años en lo avanzado.

La autora británica temía caer en la locura. A usted, según expresa en su libro, le atemoriza envejecer. Sobre ello, ha nombrado la novela Bomarzo, cuyo protagonista recibe la maldición de no morir. ¿Le gustaría también tenerla?

No, sobre la maldición, la verdad es que yo no quiero ser inmortal. Por mucho miedo que le tenga a hacerme mayor, creo que ser inmortal es todavía peor. Te condenas a quedarte solo. Y a la soledad es algo a lo que tengo casi más miedo. Prefiero vivir; siendo consciente de lo rápido que pasa el tiempo, pero vivir al cien por cien y, el día que me marche, saber lo que he vivido. Quedarme aquí para siempre, testigo de las despedidas o quedándome solo, creo que sería peor.

¿Cómo es la soledad, digamos, poética, de un hombre dedicado a la política?

Es necesaria. Hay mucho ruido a mi alrededor, hay mucho ruido en la política. Y, últimamente, hay incluso voces demasiado elevadas. Yo creo que ese ‘yo’ poético es el que necesita un espacio de silencio. Como decía Machado, “escucho solamente, entre las voces, una”. Esa ‘una’ es la que al final me hace trabajar en el texto; es la que me hace discernir el comienzo de un poema y reflexionar sobre algún hecho concreto. Aunque, sí es cierto que ese ‘yo’ necesita del silencio, lo que es inevitable para la reflexión.

La política es un terreno de cambio; de tratar de lograrlo o bien, de evitarlo. Se dice que los libros son como los hijos, pues llega un punto donde se independizan y vuelan, ¿cómo ve su obra en unos años?

Bueno, en primer lugar, espero que vivo. Que se mantenga con capacidad de contar, de construir. Maneras de conjugar el tiempo ya no es mío, es tuyo, o de quien lo lea. Creo que es necesario que la obra construya un diálogo. Si lo hace, será capaz de avanzar en el tiempo y seguir manteniendo conversaciones, vis a vis, con quien lo lea. Esa es la función con la que nació. Si se convirtiera en un monólogo, o perdiera su voz, simplemente habría muerto.

¿Qué relación hay entre su concepción política del hecho literario y esa construcción de diálogo de la que habla?

Para mí, un libro es diálogo, como lo debe ser la política. En el momento en el que lo deja de ser, ¡apaga y vámonos! Nos estaríamos olvidando de lo esencial, la ciudadanía. La de la persona que tiene que recibir el acto administrativo o la acción política determinada. Debe haber pluralidad de voces.

También ha citado a Rosa Berbel como una autora referente para su escritura.

Sí, la considero una de las voces imprescindibles de la poesía, no sólo en Granada, a nivel nacional. La uno a Olalla Castro. Ese continuo inconformismo que sienten y esa lucha constante hacia los prejuicios de la juventud es más que necesaria. Creo que voces como las de ambas tienen que consolidarse y ser compartidas por muchas más personas, porque no deben perderse y quedarse escondidas en el ruido.

Se dice que el periplo del héroe tiene como final el mismo lugar de inicio. Ha nombrado Ítaca, ¿cómo ve su futuro literario?

Lo espero con nervios, pero también con esperanza, sin duda alguna. Vivo en una ciudad donde la poesía forma parte de su ADN. Junto a piedras, montañas y monumentos, hay poetas. Soñar con alcanzar un espacio en una ciudad que hace de la poesía un modo de vivir, es bastante complicado. Pero me gustaría, al menos, que se leyese lo que escribo con afecto y con capacidad de poder aportar o sumar a la gran voz, que es la poesía de esta ciudad.

¿Piensa en una segunda obra?

Espero que sí. Todavía no lo sé. Poemas sobre la mesa, hay. Se trata de ir trabajándolos y ver si piden un formato libro.







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