Si no escuchamos la versión del ‘adversario’, nosotros también perdemos el humanismo

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La escritora Irene Vallejo escribe en El País Semanal, en la parte final de su artículo titulado Visión de los vencidos: “Si no escuchamos la versión del otro, del adversario, del derrotado, nosotros también perdemos: el rumbo y el humanismo”.

Y dice a lo largo del artículo. “Rara vez hacemos el esfuerzo de entender las razones del otro y eliminamos cualquier matiz intermedio entre atacar y atacar”.

Explica que “desde que empezamos a contarnos el pasado, hemos escuchado sobre todo la voz de los ganadores”. Y yo me pregunto: ¿cuántas cosas nos enseñaría conocer lo que cuenta el perdedor, el olvidado, el otro?

Y refuerza la gran escritora Irene Vallejo, contando lo que decía la anciana reina de Troya: “¿Que debí silenciar? ¿Qué he de llorar? No hay otra musa para los desventurados que la de clamar sus desgracias sin la compañía de los coros”. Y recuerda: “no olvidemos que entre nuestras tradiciones más antiguas late la mirada de quienes asieron la palabra al bando contrario sin encubrir la barbarie propia”.

Para ello, necesitamos mejorar la calidad de nuestra voz interior como nos recuerda Pilar Jericó, especialmente a la hora de enfrentarnos a los problemas. Y explica que la voz interior tiene una gran presencia en nuestra vida, tanta que se calcula que la escuchamos entre una tercera parte y la mitad del tiempo que pasamos despiertos.

Y es que entender al otro viene de una buena lectura de la voz interior, para poder tomar distancia de nosotros mismos y así reinterpretar lo vivido teniendo en cuenta lo que pueden pensar otros aunque tengan otra visión.

No leer bien nuestra voz interior nos da una visión miope de la realidad, centrada solo en lo que vemos y pensamos , sin incorporar ni un ápice de las cosas que pueden pensar otros. Necesitamos ampliar nuestra perspectiva explica Pilar Jericó. Y es que necesitamos romper nuestra visión única para incorporar las de otras personas.

Todo ello me recuerda situaciones vividas, momentos en los que he aireado discrepancias, lo he hecho a veces desde una perspectiva airada, me he parado y he pedido perdón, a pesar de las diferencias, por no haber pensado en la otra parte. El problema a veces está en que la otra parte no quiere escuchar, ni oír, ni valorar el perdón. Solo piensa que su verdad es la verdad y única verdad. Y es en ese momento cuando una persona que no quiere saber nada de la otra pierde el humanismo. Esperemos que se pueda recuperar. Lo necesitamos.







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