Al Gobierno le crujen las costuras

El hemiciclo del Congreso semivacío como consecuencia del estado del alarma derivado del coronavirus - Pool
Imagen de archivo del Congreso de los Diputados
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En realidad, esto que está pasando era bastante previsible. Es decir, que las costuras de este gobierno de coalición estaban cosidas con un hilo tan fino y débil que en cualquier momento iban a saltar. En cualquier momento quiere decir ante cualquiera de los muchos escollos que tiene una legislatura. Es cierto que el coronavirus ha aflorado otras prioridades que han aparcado las contradicciones entre los socios del ejecutivo y otras torpezas internas. Pero siguen estando ahí y cuando llega la ocasión saltan a la vista como ahora, en el episodio del acuerdo con Bildu. En esencia, derogar la reforma laboral a cambio de la abstención en la votación para prolongar quince días más el estado de alarma.

Antes de entrar en la sustancia del asunto, vaya por delante la estupefacción de esta recóndita columna al comprobar, una vez más, estos trasiegos de la política. Vamos a ver: se vota la prórroga del estado de alarma. A quien le parezca bien, que vote a favor; al que le parezca mal, que vote en contra. Sencillamente, porque en el decreto hay unos beneficiarios, que son los ciudadanos, a los que los diputados representan. Por tanto, si un diputado opina que la prórroga supone un bien vota a favor sin más y si considera que daña más que beneficia vota en contra y basta. Pues no: hace falta un incentivo, una prima, con independencia de los bienes o males que conlleve la decisión: si no me das en contrapartida la derogación de la reforma laboral no voto como tú quieres. Con una derivada que cae por propio peso: si no me das la contrapartida podría ser que vote contra mi propia opinión. Lo cual agrava la gravedad del esquema porque los rehenes de estas actitudes son los ciudadanos, a los que por definición representan.

En este caso, más que el fondo del asunto, es de analizar todo lo que rodea el episodio. Al margen de proyectar serias dudas sobre la próxima cita, es decir cuando haya que volver a votar una nueva prórroga en quince días, si damos por hecho que los cálculos del Gobierno eran -y no se ha dicho que hayan cambiado- llegar hasta mediados o finales de junio en la aplicación de las sucesivas fases. En resumen, el Gobierno negociando con unos y otros sin que los unos sepan que a la vez se negocia con los otros, que a su vez no saben que simultáneamente se está negociando con los unos. Con independentistas por un lado, con Ciudadanos por otro, con PNV, con Bildu… Así, no llevamos ni seis meses de Gobierno constituido tras las elecciones de noviembre -dos meses de esos seis atravesados por la gestión de la pandemia- y ocurren episodios como este que ha hecho saltar por los aires el diálogo social. Al margen de que constitucionalmente ese diálogo corresponde a los agentes sociales -empresarios y sindicatos-, esta voladura incontrolada se lleva por delante también el buen ambiente logrado en los acuerdos suscritos en estos tiempos de pandemia entre las organizaciones patronales y las sindicales para paliar en la medida de lo posible los efectos nocivos que para la economía y el mercado laboral han traído y traerán estos tiempos de coronavirus.

Experiencias de gobierno como la que habita Moncloa ahora en España no suelen tener final feliz en otros países europeos. Generalmente esos acuerdos entre fuerzas de izquierdas suelen estallar en la rivalidad por ver quién aparece más izquierdoso o más activo o más cerebral en el objetivo final de aparecer más izquierdoso que el otro. En España, además, como siempre estamos en periodo electoral o preelectoral (por ejemplo, en dos meses se vota en Galicia y País Vasco), cuando se perfila una campaña y los dos socios de gobierno se disputan parte del mismo electorado se entra en la competencia por el voto según la estrategia de descalificación que suele atravesar la contienda por los votos. Añádase que en este caso de PSOE-Podemos su frágil acuerdo -recuérdese aquel insomnio de Sánchez cuando pensaba en Iglesias como su socio de gobierno- no alcanza mayoría suficiente, frente a lo usual de los gobiernos de coalición, que sí las suelen reunir en sus correspondientes cámaras parlamentarias.

Así que ahora, a lo hecho pecho. Por un lado, ministros del Gobierno, los de área económica, sorprendidos por el acuerdo, que maniobran y consiguen desvirtuar esa ‘derogación completa’ acordada’. Por el otro, Pablo Iglesias, que ya exhibía el trofeo y ahora recuerda que “lo firmado obliga”. En sus posiciones, los ‘barones’ autonómicos socialistas, incomodados por el sobrevenido ‘aliado’ parlamentario… Muchos gallos en el mismo corral. Porque, entretanto y aunque guarde una relación muy lateral con este episodio parlamentario, Teresa Rodríguez tira por su lado y va prescindiendo de IU en Andalucía para su particular proyecto ‘podemita’ en la región.

Más allá del episodio concreto, aparece un escenario más complicado y sombrío. En pocas semanas, si todo marcha según lo previsto, se dará por controlada y desaparecida la pandemia, superadas las fases de desescalada marcadas por el Gobierno. Con la vuelta a la anormal normalidad nos encontraremos de frente con el paisaje de devastación económica que todos los analistas coinciden y pronostican. Uno de cuyos elementos centrales es este: 19 millones de trabajadores por cuenta ajena frente a otros 19 millones de sostenidos por el Estado, entre parados, pensionistas, salario social, renta mínima, funcionarios… Más el gasto sanitario extra al que ha obligado el coronavirus, más unas arcas públicas menguadas por la falta de cotizantes durante estos meses de parón… Es evidente que no va a haber dinero para todos, que forzosamente habrá que establecer prioridades y tomar decisiones impopulares porque a muchos de los que preguntarán “¿qué hay de lo mío?” habrá que decirles que están en un puesto muy bajo de la cola… Todo ello, en un clima de tensión política y social que si en estos momentos empieza a ser palpable se acrecentará y trasladará a la calle, entre otras cosas porque hay muchos interesados en avivar esa llama de la división.

Y no parece que desde arriba se esté trasladando ese mensaje: que no habrá para todos. ¿Está este gobierno de frágil coalición en disposición de aguantar los tiempos que vienen?





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