Ahora sí que estamos bien

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Los políticos, esa clase social que encerrada en su mundo no percibe lo que el resto de los mortales ve venir. Si alguien tiene otra explicación que me la diga, por favor. Porque no de otra forma puede explicarse cómo mientras el común de los ciudadanos pronosticaba -y no falló- que la situación de bloqueo continuaría después del recuento de las urnas, desde todos los ámbitos del espectro político se coadyuvaba a la repetición electoral que nos deja en esencia lo mismo que estábamos… o, quizá, peor.

Dibujado el escenario que nos deja el 10-O, el pacto que este martes firmaban Pedro Sánchez y Pablo Iglesias supone, a mi modo de ver, un espejismo que no disipa la inmensa falta de estabilidad que necesita la política española en momentos en que suenan trompetas de crisis y el supremacismo catalán mantiene el pulso.
Un gobierno PSOE-Podemos, en el hipotético caso de que Sánchez reúna los apoyos necesarios para superar la investidura, nace con una extraordinaria debilidad, entre dos socios que se detestan, donde para medir quién supera a quién en el grado de desconfianza se necesitaría una fórmula matemática capaz de pulsar sensibilidades y recelos en cifras superlativas.

A ese gobierno, como a todos, lo juzgaremos por sus obras y no será esta recóndita columna la que lance con carácter preventivo el balance negativo de una gestión que está por arrancar. Aunque -eso sí- el ciudadano tiene derecho a preguntarse por qué pasaron seis meses de rechazos imposibles de superar para superarlos en poco más de un día. ¿Para esto era necesario repetir elecciones?

Entretanto, mientras todos templan gaitas, una observadora directa de los movimientos que se registran en Madrid, me comentaba esa misma tarde del pacto Sánchez-Iglesias que el presidente en funciones todavía no ha medido bien las consecuencias de su postura de firmeza en los seis meses transcurridos entre unas y otras elecciones. Que está huyendo hacia adelante para no tener que dar cuentas ni a los suyos ni a todos los demás, para no tener que despedir a asesores aúlicos que le pronosticaron un repunte de votantes recogidos del ala más receptiva de Podemos. Y que todavía no sabe que pasará a la historia como el hombre bajo cuyo mandato se dispararon los apoyos a la extrema derecha.

Porque esa es otra: flotaba en el ambiente la esperanza de que en un escenario de recuperación tanto del PSOE como del PP, los dos grande partidos tradicionales, Pablo Casado -disipada la amenaza de ‘sorpasso’ que en primavera representaba Ciudadanos- jugaría la carta estadista de la responsabilidad y ofrecería a Sánchez el ‘óbolo’ de la abstención en la investidura para facilitar la gobernabilidad. Los resultados de este domingo, con Vox al alza, y el posterior pacto socialista con Podemos imposibilitan al líder del PP ante su propio electorado para propiciar un gobierno que necesita de nacionalistas e independentistas para constituirse.

Todavía no se ha constituido y hay dudas razonables de que lo consiga y ya se ha cerrado el coro de trompeteros del apocalipsis, esa jauría mediática más a la derecha que la derecha política que no ahorra tremendismo ni descalificaciones ni augurios de penas del infierno cada vez que por el horizonte asoman posibilidades, por mínimas que sean, de constitución de un gobierno de izquierdas.

En ese contexto, merece capítulo aparte la deserción de Albert Rivera. No solo esta deserción de ahora, cuando deja la política, sino la deserción primera, la que le hizo renegar de los principios fundacionales de Ciudadanos para irse a competir con PP y Vox en el campo de la derecha. Desde Napoleón Bonaparte sabemos que la batalla no hay que darla en el campo que quiere el enemigo. Pero este hombre que fundó partido de centro traía a la política española la virtud de evitar las altas tarifas y hasta los chantajes que los nacionalismos se han cobrado tradicionalmente para facilitar la investidura de presidentes a izquierda y derecha. Albert Rivera oyó voces un día y creyó que era Dios quien le hablaba (como Luis Salvador; parece que es un fenómeno muy extendido en la formación naranja). Y se encaminó por una senda que creyó de la perfección y ha acabado por asegurarse un puesto en los manuales de ciencia política, donde las generaciones venideras estudiarán el arte de arruinar un partido en apenas seis meses. Y, de paso, cercenar la posibilidad de asentar un partido de centro, racional, positivista y responsable, del que tan necesitada está la política española. Rivera, a quien veremos dentro de unos años reaparecer en un mitin del PP, es otro ejemplo, quizá el más flagrante, de cómo los políticos, rodeados de ‘pelotilleros’ que a cada minuto le cuentan lo guapo que es, no percibe lo que todo el resto de españoles -incluidos los más sensatos de sus partidarios- pronosticaban.
Con el añadido de Granada, donde si Sebastián Pérez empezaba a resignarse y orillaba el ‘2+2’, la debacle naranja le ha insuflado viento en las velas. Permanezcan atentos a sus receptores porque este mandato municipal que nació tenso no ha hecho más que comenzar.



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