78 aniversario

1) Celebración por el ascenso en la previa del Granada-Coruña. Lo que empezó con palmas acabó entre abucheos
Celebración por el ascenso en la previa del Granada-Coruña. Lo que empezó con palmas acabó entre abucheos | Autor: J.L.R.
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Los forofos rojiblancos acabamos de celebrar el 88 cumpleaños del Granada CF, pero casi se nos ha pasado otro aniversario digno de ser siempre recordado, el 78 de la gesta que supuso dar el salto a máxima categoría por primera vez en la historia del club.

La corta liga 40-41, de 22 jornadas, terminó en marzo con el Granada proclamado subcampeón del grupo II de Segunda División y, como tal, con derecho a disputar liguilla de ascenso a primera, sistema previsto para dilucidar los ascensos dado que para la siguiente temporada la máxima categoría iba a ser ampliada de 12 a 14 clubes. Sus rivales serían R. Sociedad y Coruña, campeón y subcampeón del grupo I, y Castellón, campeón del grupo II. El primero y el segundo de la liguilla ascendían sin más y los otros dos tendrían una segunda oportunidad en promoción frente a los dos últimos de primera.

Los dos primeros partidos del Granada en aquella liguilla fueron en Los Cármenes y ambos se saldaron con victoria rojiblanca, 2-1 sobre la Real Sociedad y 3-2 sobre el Castellón, que colocaron a nuestro equipo líder. Casi sin tiempo para digerir el triunfo, el martes siguiente a la victoria sobre el Castellón, 19 de marzo, quince equipiers, el míster Victoriano Santos, el delegado y secretario técnico Paco Cristiá y el masajista Manolo (Ibáñez,) iniciaron una peripecia viajera que habría de llevarles en tres domingos sucesivos muy lejos de Granada.

Para recorrer España de una a otra punta no existía en 1941 más medio de transporte que el ferrocarril. Pero ¡qué trazados y qué trenes los de entonces! La Guerra Civil todavía estaba muy reciente y sus secuelas destructivas se dejaban notar especialmente en el estado de las infraestructuras ferroviarias, y así, para recorrer toda la Península de un extremo a otro no era raro tardar algo más de un día con su noche. Mucho ha cambiado a mejor todo desde entonces pero en lo tocante a los desplazamientos de un equipo de fútbol profesional, es bestial el contraste entre lo que era usual en la primera posguerra y lo de hoy. Los futbolistas del Granada en 1941 tenían que viajar con el resto del pasaje en abarrotados y vetustos vagones de madera y a punto de desarmarse por completo, a velocidad de caracol reumático y sentados, si había suerte (si no la había, de pie horas y horas), en bancos de duro tablón, en aquellos trenes de locomotoras a vapor de carbón en los que los viajeros acababan casi tan negros como los propios fogoneros y que solían acumular horas de retraso sobre los horarios previstos. Además, casi todos los futbolistas llevaban en el fondo de sus impedimentas, bien a cubierto de miradas indiscretas, unos cuantos litros de aceite de oliva con objeto de revenderlos de tapadillo en su destino norteño y sacarse con este estraperlo de menudeo unas pesetillas extras, que sus emolumentos no se parecían ni de muy lejos a lo que ahora se embolsa cualquier tuercebotas de segunda.

A La Coruña llegaron el jueves antes del partido de la tercera jornada de liguilla, donde les recibió un frío tiempo muy gallego de cielos plomizos y lluvia sin parar. Recluidos en su modesto hospedaje, apenas salían para ir al cine o dar un paseo si el meteoro daba una tregua, según nos cuentan las crónicas de periodistas locales puesto que ningún plumilla granadino acompañó al grupo. En Riazor debutó el recién incorporado César, pero eso no impidió la primera derrota (3-1) y con ella la pérdida momentánea del liderato.
Partiendo de tierras gallegas les esperaba una nueva odisea traqueteante que la muchachada rojiblanca sobrellevaba con buen humor y entonando cánticos regionales. Tras tropecientas horas la meta estaba en Tolosa, lugar de concentración con vistas al cuarto partido. El clima mejoró algo y al menos pudieron entrenar y hacer una visita turística a la bella Easo, con Cholín de cicerone (el apodo le venía de un personaje de tebeo infantil de los años 20).

En San Sebastián se unieron a la expedición rojiblanca el delantero Martínez y el directivo Sánchez Muros, más dos periodistas granadinos, uno por diario, quienes firmaron las crónicas de Ideal y de Patria comunicando la sensacional victoria rojiblanca en Atocha (1-2) por la que se recuperaba el liderato y que ponía a nuestro equipo con pie y medio en primera. Una victoria que costó sangre y lágrimas en un partido de saltar chispas y que arrojó un sancionado por equipo y el castigo de un mes al árbitro Melcón por no haber sabido cortar las violencias de unos y otros.

El martes siguiente emprendieron una nueva etapa que les iba a llevar a Zaragoza, con parada y fonda y entrenamiento en Torrero para enseguida continuar hasta Valencia, de donde saldrían la víspera para comparecer en Castellón. Y así desembocamos en la fecha clave, 6 de abril de 1941, 78 años acaban de cumplirse. A los diez años redondos de su fundación, el Granada consiguió su mayor hazaña hasta ese momento, el ascenso a Primera ya matemático, convirtiendo en trámite el sexto y último partido de la liguilla fuera cual fuera su resultado porque los rojiblancos se situaron con ocho puntos frente a los cuatro de los otros tres rivales. En el Sequiol de Castellón, la victoria 0-1, gol de César, proclamó al Granada ¡Campeón de Campeones!, como titula en primera página Patria. Fue una victoria heroica de ocho contra diez ya que hubo una expulsión por bando y dos rojiblancos jugaron toda la segunda parte en los extremos como figuras decorativas por lesión. Los de La Plana se negaron a que el partido fuera radiado a Granada, pero grandes altavoces situados en el edificio de La Bernina convirtieron la plaza del Carmen en un hervidero de hinchas que cada cuarto de hora eran informados telefónicamente del desarrollo del partido de Castellón, anticipo de lo que tres días después sería la gran fiesta de recibimiento al equipo.

 

El-equipo-que-ganó-en-Castellón: Floro, Millán, González, Maside, Bonet, Mesa, Trompi, César, Martínez, Bachiller y Li.

 

El tren que traía a los futbolistas desde Castellón los dejó en Córdoba muy de mañana el miércoles 9 de abril, y desde allí partió por carretera la expedición, con parada y agasajo en Cabra, Rute y Loja, para llegar pasado el mediodía a Santa Fe, a donde se habían desplazado las primeras autoridades locales para recibirlos: gobernador civil Gallego Burín, presidente de la diputación Sola Rodríguez-Bolívar y alcalde Acosta Inglott, más toda la directiva con el presidente Martín Campos al frente y una gran multitud de aficionados en coches particulares y en el tranvía. En Santa Fe hubo salutaciones desde el balcón del ayuntamiento y también más agasajos. Tras cambiar el ómnibus por una Alsina tuneada para la ocasión con guirnaldas y la palabra CAMPEÓN en grandes letras, de allí partió una gran caravana que llegó al Triunfo a eso de las tres de la tarde para continuar hasta el Ayuntamiento, con guardias municipales en uniforme de gala a caballo abriendo la comitiva y con la banda municipal interpretando el himno de Mejías, Campeón, recientemente modificado en su letra por aquello del cambio de nombre del club de un año antes. Varias decenas de miles de personas de todas las condiciones y edades, aficionados o no al balompié, se sumaron al desfile que desembocó en la plaza del Carmen, donde hubo saludos y discursos desde el balcón del Ayuntamiento y canto general del himno con la participación de la exitosa orquesta Nickols y el barítono Vidal.
La semana siguiente al triunfo de Castellón, Semana Santa, fue una pura juerga para los futbolistas, traídos y llevados de ágape en ágape y sin apenas entrenar. Con tanta francachela, cuando el domingo 13 tocaba jugar contra el Coruña en Los Cármenes, los nuestros sólo fueron capaces de hilvanar alguna jugada medianamente potable durante los primeros veinte minutos, en los que consiguieron su gol, y de eso se aprovecharon los visitantes para imponerse 1-3. Lo que había empezado entre risas y palmas acabó con un gran mosqueo y abucheos del respetable hacia los suyos, y es que de siempre al forofismo militante le sientan muy mal las derrotas de su equipo aunque no haya nada que ventilar, como era el caso.

Como telón de fondo había una guerra mundial que afortunadamente no alcanzaba de forma directa a España aunque sí a algunos compatriotas que acababan de enrolarse voluntariamente en la que se llamó División Azul, que pronto partiría para las estepas rusas «a combatir el comunismo y a vengar a sus camaradas muertos por los rojos», informa la prensa. Otras batallas se libraban por estos pagos y tenían como adversario principal a las enfermedades infecto-contagiosas propias de un tiempo de miseria y falta de higiene, a las que, según estudios sanitarios, se las considera causantes de hasta el 35 por ciento de todas las muertes en nuestro país en los tres primeros años de la posguerra, cuando todavía no se conocían los antibióticos y por no haber no había ni jabón que solucionara la costra de mugre que parecía cubrirlo todo. Y a la cabeza de esas enfermedades se situaba el tifus exantemático, el maldito piojo verde o tabardillo en lenguaje de la calle, transmitido por un parásito, un piojo que no era verde sino negro y que encontraba su hábitat perfecto en las costuras de la ropa, auténtica plaga bíblica que se cebaba principalmente sobre las clases más pobres pero que tampoco respetaba a las acomodadas, y que sólo dos meses después, en junio de 1941, causaría la muerte del alcalde de Granada Rafael Acosta Inglott, contagiado al parecer cuando visitaba a unos enfermos en las cuevas del Barranco del Abogado.

Otro bichillo parasitario también muy contagioso, pariente cercano del anterior pero cuyo hábitat son las zonas vellosas del cuerpo humano, causaba asimismo estragos por entonces entre la población, aunque éste –que sepamos- no mataba pero sí incomodaba bastante pues se caracteriza por la gran picazón que produce en unas zonas que no son precisamente para irlas pregonando a base de impúdicos rascones. Estamos hablando de una enfermedad secreta, la que producen las ladillas o piojos del pubis. El sacrosanto régimen quería a sus súbditos puros y castos pero se ve que el paisanaje no estaba por la labor. Todavía no había llegado el DDT y para combatir el mal existían por aquellos años varios remedios de dudosa eficacia, y entre todos uno que se hizo tremendamente popular, el Aceyte Yngles (así, con esa grafía), un icono de los años míseros de la posguerra y que era un invento granadino comercializado por Laboratorios Hazul, con sede en el Cerrillo de Maracena, cuyo eslogan publicitario era también muy popular: “Aceyte Yngles, todos saben para lo que es”. Consistía en una loción a aplicar directamente do más pecado había. El medicamento y el exitoso eslogan ya existían en los tiempos de la República, pero en la posguerra la omnipresente censura metió mano y tijera en esta publicidad de sobreentendidos sicalípticos y obligó a suprimir ese mensaje comercial de tanto éxito y así a partir de 1942 ya el único eslogan que acompañará al producto (que sobrevivirá hasta los años setenta) será el de “Parásito que toca muerto es”.

Dos eslóganes para un mismo producto. | Autor: J.L.R.



Comentarios

2 comentarios en “78 aniversario

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    José Luis Entrala

    Yo fui uno de los cabreados por aquella derrota ante el Coruña (entonces nadie le llamaba Depor) y fui uno de los afortunados que vi en vivo y directo la llegada del autobús de los triunfadores en su paso por la Gran Vía. A los viejos como yo, nos llena de nostalgia leer tus relatos de aquel Granada que, a los diez de edad, ya degustaba la alegria de su primer ascenso a Primera. Y como no estaba en edad de necesitar los servicios del Aceite Yngles no pasé por esos picores ni esas vergüenzas. Como siempre, querido tocayo y compañero, ha sido un placer leerte. Un abrazo

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    JL Ramos Torres

    Mucha gracias José Luis.

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