Viernes, 19 de Octubre de 2018

            

Yo profano, tú profanas, ella profana

Carmen Salinas | @MenMarias


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Si buscan «profanar» en el diccionario encontrarán una definición clara: tratar algo sagrado sin el debido respeto. Y lo sagrado es aquello digno de veneración y deferencia, normalmente por tener carácter divino o por gozar de un privilegio cultural o estructural. Efectivamente, hay objetos, instituciones, lugares… que gozan de esta condición sagrada. El problema es que también la disfrutan determinados principios. Afortunadamente, esta cualidad no es estática y responde al contexto histórico en que se encuadra. Axiomas que hace mil años eran sagrados, hoy no lo son. El ser humano, aunque cueste creerlo, evoluciona con el paso del tiempo. Las generaciones se mejoran unas a otras y tendemos al desarrollo espiritual, es decir, a entender, promover y sostener el concepto de derechos humanos, aquellos que pertenecen a la persona por el simple hecho de existir.

Ahora bien, esta metamorfosis es muy laboriosa, ya que a determinados grupos no interesa. El monarca del siglo XVI, por ejemplo, no quiere que el esclavo tenga derechos, porque entonces, ¿quién remaría en sus galeras? Entra en escena uno de los términos más hermosos que atesora el lenguaje: «profanar». Atribuyo a este bellísimo verbo la acción de devolver. Devolver al ser humano lo que se consagró a los dioses y viró a innegociable. Nuestro destino, por ejemplo. Y no imaginen a los dioses únicamente como seres con barba que viven en el cielo, porque también habitan la tierra.

Para que la especie avance se hace necesario pecar, cuestionarnos si el precepto tenido por bueno efectivamente es bueno y, en caso contrario, transgredirlo. Profanar.

El pasado viernes la causa feminista volvió a henchir las calles de España y reconozco que me emocioné. Contra violadores conocidos como «La Manada» o contra las violaciones y agresiones que sufren las jornaleras en los campos de fresas de Huelva. Por supuesto. Pero también por las que no somos víctimas de estas circunstancias concretas. Por el derecho a que no nos violen, agredan, humillen o maltraten. Por el derecho a ser mujer sin habitar por el hombre. Por todo ello, en este momento histórico estamos profanando la sagrada tesis machista; y la gran señal: la oposición, la resistencia del grupo que no quiere perder la condición de dioses y devolver al ser humano, concretamente a la mujer, lo que es suyo. Porque los dioses son tan débiles que solo ganan si nosotros perdemos. En este caso, ese grupo está representado por los miembros del sistema judicial que permiten el macabro circo que estamos presenciando. Todavía se sentirán héroes.

El postulado machista no consiste en atentar contra la integridad física o sexual de la mujer. No consiste en matarla. Esto es una pieza de la función, la que pretende correr la cortina definitivamente. Estas acciones son el machismo llevado al extremo, la parte visible del iceberg. Pero hay más. Mucho más. Lo que sustenta, y sustentar es permitir, la violación, la agresión o el asesinato. Se trata de la concepción de la mujer. Aquella que siempre ha poblado nuestras estructuras mentales bajo la condición de sagrada. Esta concepción está formada por muchísimas exigencias o pautas que definen cómo ha de ser la mujer. Centrémonos en una de ellas, la que se discute en el caso de «La Manada»: la decencia.

Desde que el mundo es mundo se viene alejando a la mujer del sexo con finalidad distinta a la reproductiva. El placer es algo que nos está vetado por inmoral. Esta tradición procede de la absurda necesidad del ser humano de negar su parte animal para ensalzar el alma y la razón. Porque necesitamos sentirnos el centro del universo, lo máximo que hay en él. Así, las distintas religiones y el postulado cartesiano nos han obligado a rebatir la parte de mamífero que hay en todos y cada uno de nosotros. No seré yo quien atente contra la razón, por supuesto, pero en las personas conviven dos planos: el cuerpo y la mente. Creer en algo que niegue las necesidades de alguno de las dos es absurdo. Paradójicamente: irracional.

Sin embargo, la censura sexual no alcanza al hombre. A él sí le está permitido satisfacer las necesidades de su cuerpo. De hecho, disfruta de un reconocimiento social cuando sus relaciones sexuales son numerosas. Es un campeón. Un machote. No una puta, como nosotras. Una mujer decente, dice el sagrado axioma machista, no va por ahí follando con desconocidos. Y, por supuesto, menos aún se refiere a ello con el verbo follar. Eso es de indecentes superlativas. Pero no basta con hechos consumados, el veto es más amplio: tampoco utiliza una vestimenta que enseñe su cuerpo, porque provoca al hombre. Señoritas, menos aún pueden estar ustedes de madrugada por la calle, porque van buscando guerra, a esas horas no hay nada bueno, lo sabe toda familia decente. ¡Y como se les ocurra beber! Ay, como se les ocurra hacer cosas de hombres.

Rebeldes siempre habrá. Y rebelarse a los dioses sale caro. Muy caro. Porque si a usted la violan, señorita, no pretenda poner una denuncia a no ser que quiera que sus violadores estén dando paseos por la calle, amparados por el sistema judicial bajo la rúbrica «abuso sexual» ya que usted (tonta, que es tonta), no se resistió para que no la mataran. Más que tonta, usted es una mentirosa. Una mojigata o una guarra, según nos interese catalogarla. Una reprimida, una feminazi, una exagerada, una histérica.

Dice la sagrada evidencia machista que el sexo no es para las mujeres si buscan algo diferente a concebir un hijo. Y a quien no le guste, que ponga ahora mismo cualquier canal de televisión para entender las consecuencias del desacato.

El mundo está en constante movimiento. Cambia a diario. Cuesta, cuesta mucho, pero avanza. Decía antes que me emocioné el pasado viernes en la manifestación. El motivo fue la causa por la que estamos profanando: si alguien decide que quiere recuperar los derechos que le han arrebatado es porque considera que los merece. Y no hay mayor revolución que la de amarse.

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