Jueves, 17 Agosto, 2017

            

Violencias machistas: ni libres, ni iguales

Foto: Archivo GD
Carmen Lizárraga


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La idea de que vivimos en una sociedad donde somos libres e iguales es una falacia cuando la realidad es que las desigualdades socioeconómicas no dejan de aumentar. En Andalucía, el 35,7% de la población vive bajo el umbral de la pobreza. Vivimos en una sociedad en la que no hay libertad, ni igualdad. Las personas se ven afectadas de forma desigual por las coyunturas y políticas económicas porque el género, cruzado por otras desigualdades y diferencias como la clase, la edad, la etnia o el territorio en el que habitan, es signo de un acceso diferenciado a los recursos y al poder y, por tanto, signo de una participación desigual en las distintas esferas y espacios económicos. En este sentido, las políticas de igualdad son claves, pero también lo son otras, que pueden reducir o aumentar la desigualdad.

El pensamiento económico dominante tiene hoy en día, como última prioridad, la garantía de la existencia material de la vida en el planeta, incluida la vida humana. Y eso es violento, particularmente contra las mujeres, quienes soportan en mayor medida el peso del sostenimiento de la vida en una sociedad cada vez más precarizada, más vulnerable y con una mayoría más desprotegida.

La pobreza esconde un rostro de mujer. Los hogares con un adulto y uno o más niños/as dependientes, hogares monoparentales, normalmente con una mujer como cabeza de familia, sufren en mayor medida la carencia material severa y la pobreza en nuestro país. Me recorre un violento escalofrío saber que carecemos de recursos y de políticas de igualdad imprescindibles para defendernos de los ataques y retrocesos que se siguen produciendo desde los sectores reaccionarios que todavía ocupan los poderes fácticos de nuestra sociedad. No ha sido la crisis, sino la falta de unas políticas y la sobra de otras, las que han provocado esos retrocesos. Los recortes del Gobierno de Rajoy en las partidas destinadas a la prevención integral contra la violencia de género y la Renta Activa de Inserción sufrieron reducciones muy gravosas. Las políticas austeritarias, con la reforma del artículo 135 de la Constitución Española a la cabeza, han sido selectivas contra la educación y la sanidad públicas, contra las políticas activas de empleo. Y han afectado, sobre todo, a las mujeres, que son quienes en su inmensa mayoría se ocupan del cuidado familiar y soportan mayor precariedad laboral. Los recortes presupuestarios han tenido efectos negativos que superan con creces lo voluntarioso y lo sensible de los discursos pro-igualdad, porque la sensibilidad no es suficiente. De hecho, el Informe del Comité de Derechos Humanos de Naciones Unidas de 2015 confirma que en España se vulneran los derechos humanos por violencia machista, además de señalar desigualdad de género en los puestos de decisión y en los salarios. La brecha salarial entre hombres y mujeres en España es de un 24%.

Las violencias machistas tienen un sustento misógino en una sociedad patriarcal con alto contenido de violencia simbólica, acuñada por Pierre Bourdieu, como aquella que arranca sumisiones que ni siquiera son percibidas como tales. Ante la frase conservadora “Las mujeres y los niños primero” parecería que se protege una forma de sociedad donde las mujeres cuidan de la infancia. Sin embargo, ni siquiera funciona el machismo patriarcal conservador que relega a la mujer al ámbito del cuidado. En un estudio de 18 naufragios realizado por investigadores de la Universidad de Uppsala (Suecia) se demostró que los miembros de la tripulación y los capitanes tenían más posibilidades de sobrevivir. La tasa de supervivencia de las mujeres estaba muy por detrás de la de los hombres. Hace unos días, la conducta criminal de Gas Natural-Fenosa incumpliendo la legislación vigente acabó con la vida de una mujer. Una mujer mayor, porque a más edad, mayor discriminación, menor protección y más vulnerabilidad.

Durante la crisis, la agencia política de las mujeres ha salvado muchas vidas. Mujeres que se apoyan en otras mujeres para garantizar la supervivencia familiar. Mujeres que vienen de otros países en una cadena global de cuidados, mujeres que intensifican sus jornadas de trabajo, mujeres mayores que cuidan de otras generaciones, cuando les correspondería ser cuidadas por la sociedad, mujeres que limpian hospitales, colegios, parlamentos; que dan de comer a nuestra infancia. Las violencias machistas son estructurales y el Estado tiene que intervenir de manera absoluta. Nos quitan la vida, pero también nos agreden de muchas maneras: en el ámbito privado, en el laboral, con el lenguaje, objetificándonos. La violencia se reproduce con patrones machistas y neomachistas. La lucha contra las violencias machistas está repleta de dolor y de heroínas, unas vivas, otras asesinadas. Quienes consideran a sus parejas, hijas, hermanas, amigas, vecinas, como iguales, por muchas discusiones, conflictos y desamores que vivan, no utilizan la violencia, y mucho menos las matan. Pero el desprecio lleno de prejuicios y de creencias falsas produce, reproduce y justifica la violencia. La igualdad ni es limosna, ni es un favor, es un derecho, y exigimos su garantía.

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