Jueves, 14 Diciembre, 2017

            

UNICEF denuncia que tres de cada cuatro niños sufren abusos en la ruta migratoria hacia Italia

Casi la mitad de las mujeres son víctimas de violencia sexual en su viaje a la costa de Libia

Imagen ilustrativa | Foto: Archivo
E.P.


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El largo periplo que emprenden miles de personas para tratar de alcanzar la costa de Libia y, desde este punto, dar el salto definitivo a Italia, deja a estos migrantes a merced de las mafias y los abusos. Tres de cada cuatro niños han denunciado violencia, acoso o agresión, mientras que casi la mitad de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia sexual.

Así se recoge en un análisis del Fondo de la ONU para la Infancia (UNICEF) divulgado este martes y en el que se examina la ruta que siguen los migrantes hacia el Mediterráneo central. En 2016, más de 181.000 personas, casi 26.000 de ellas niños no acompañados, pusieron su vida en riesgo para llegar a Italia.

Más de 4.500 migrantes –incluidos más de 700 menores– perdieron la vida en el mar intentando alcanzar las costas italianas, si bien el peligro para todos ellos había empezado muchos kilómetros antes, cuando decidieron partir de países tan distantes como Eritrea y Somalia. La parte más peligrosa y opaca son los mil kilómetros que van desde la frontera sur del desierto de Libia hasta la costa mediterránea.

La Organización Internacional para la Cooperación y Ayuda de Emergencia (IOCEA), aliada de UNICEF, ha entrevistado a 80 mujeres y 42 niños para conocer los principales desafíos a los que se han tenido que enfrentar. Algunos de los menores entrevistados, de entre diez y 17 años, nacieron en Libia durante los viajes de sus padres.

Tres cuartas partes de los menores aseguraron que habían sufrido violencia, acoso o agresión a manos de los adultos y la mitad han afirmado que fueron víctimas de palizas u otros abusos físicos. El grado de incidencia es aún mayor en el caso de las niñas, según el estudio.

Más de una tercera parte de las mujeres y los niños entrevistados explicaron que los agresores llevaban uniformes, por lo que estarían asociados a ejércitos o milicias armadas. La mayoría de los abusos corresponden a controles de seguridad dentro de las ciudades o a lo largo de las carreteras.

Los abusos, aunque comunes, apenas se comunican a las autoridades. El silencio impera entre un colectivo con miedo a ser deportado o retenido y que teme el estigma que iría asociado a la denuncia, por lo que las estadísticas aún podrían estar incompletas y ser sólo la punta del iceberg de una tragedia soterrada.

DETENCIÓN

Las ONG calculan que en Libia hay 34 centros de detención, pero la comunidad internacional sólo tiene acceso a la mitad. Los testigos citados en el estudio coinciden en relatar todo tipo de abusos en unas instalaciones con condiciones sanitarias deficientes y habitualmente abarrotadas –hasta 20 personas hacinadas en celdas de menos de dos metros cuadrados–.

Los centros de detención operados por las milicias son campos de trabajos forzados, granjas, almacenes y, en resumen, cárceles improvisadas donde los migrantes terminan convertidos en mercancía y objeto de todo tipo de abusos.

Jon, de 14 años, cuenta que en el centro de detención les tratan “como pollos” a los internos y “mueren muchas personas, de enfermedad, de frío”.

Su situación no es ni mucho menos única. “Nos detuvieron y nos llevaron a la prisión de Zawia. Sin comida. Sin agua. Nos golpeaban todos los días”, relata Kamis, una niña nigeriana de nueve años que ha sufrido en carnes propias la dureza del cautiverio en Libia. Kamis, que aspira a ser doctora, ha vivido durante cinco meses sin apenas comida ni agua en un lugar que recuerda “muy triste”.

“Una mujer estaba embarazada. Quería dar a luz al bebé. Cuando nació el niño, no había agua caliente. En su lugar, utilizaron agua salada”, explica la niña, que llegó a subir a bordo de una precaria embarcación rumbo a Italia antes de ser llevada de nuevo a Libia.

Su madre, Aza, admite que “no sabía que el viaje iba a ser tan peligroso”, pero explica que lo hizo todo por sus hijos. Cuando estaban en el mar, llegó a ver la muerte de cerca: “Si soy yo, está bien, pero (que) no (mueran) ellos”.

CONVERTIDOS EN MERCANCÍA

Aza explica que pagó por el viaje 1.400 dólares y UNICEF asegura que, por persona, los contrabandistas suelen cobrar entre 200 y 1.200 dólares. El 75 por ciento de las personas entrevistadas pidió dinero prestado a familiares, amigos o vecinos; unos 650 dólares de media.

Casi todas las mujeres pagaron al arrancar el periplo con la esperanza de trabajar en tránsito antes de dar el último salto a Europa, algo que también esperaban hacer gran parte de los menores. Sus planes se truncaron en el camino al convertirse en algunos casos en mercancía, sometidos a explotación laboral para beneficio de los contrabandistas.

El director adjunto de UNICEF, Justin Forsyth, ha advertido de que estas mafias existen “porque proporcionan un servicio que la gente desesperada no puede obtener legalmente”. Sin escrúpulos, “no se preocupan de otra cosa que no sea el dinero sangriento (…) y no les preocupa enviar a los niños a la muerte cuando atraviesan el Sáhara o el mar Mediterráneo”.

La ruta, ha subrayado Forsyth, “es ahora una empresa totalmente criminal por la que los niños y las mujeres pagan el precio”.

La directora regional de UNICEF y coordinadora especial para la Crisis de los Refugiados y Migrantes en Europa, Afshan Jan, ha coincidido en que los “50 millones de niños (que) están en movimiento” no pueden depender de contrabandistas y ha reclamado un “pasaje seguro” para todos ellos. “Si fueran nuestros hijos, solos y asustados, actuaríamos”, ha sentenciado.

DAÑOS PSICOLÓGICOS

Aunque los abusos sexuales también afectan a niños y hombres, en el caso de las mujeres casi la mitad de las entrevistadas declaró que los sufrió en algún momento del viaje. Algunas mujeres y niñas que pasaron por Jartum (Sudán) recibieron inyecciones de anticonceptivos y llevaron pastillas para utilizar en caso de emergencia.

Situaciones como esta suponen para los afectados graves repercusiones psicológicas y sociales –así lo reconocen la mayoría de las personas entrevistadas–. Parte de las mujeres dejaron atrás a todos o al menos alguno de sus hijos, con el trauma que ello supone.

Muy pocos de los participantes en este estudio pudieron enviar dinero para mantener a sus hijos mientras se encontraban en tránsito, lo que ha dado lugar a situaciones de estrés psicológico, tanto para las madres y niños como para los cuidadores en las comunidades de origen de la persona migrante.

MENORES NO ACOMPAÑADOS

“Salí de Níger hace dos años y medio. Quería cruzar el mar en busca de trabajo, trabajar duro para ganar un poco de dinero y ayudar a mis cinco hermanos de vuelta a casa”, relata Issaa, un niño de 14 años que viajó sólo hacia Libia, donde ahora se encuentra detenido y sin perspectivas de futuro.

De los 256.000 migrantes que se encuentran en Libia, un 9 por ciento son niños, una tercera parte menores no acompañados. Como Issaa, miles de niños que viajan sin compañía son especialmente vulnerables a todas las formas de violencia, abuso y explotación, incluida la trata de personas.

En algunos casos, como el de Will, de ocho años, la orfandad les sorprende por el camino. “Estábamos en un barco. Después de un tiempo, comenzó a llenarse de agua y poco después de hundió. Había un muchacho que sobrevivió y me agarré a él durante muchas horas”, cuenta desde el centro donde se encuentra recluido en Libia. “Él me salvó, pero mi padre y mi madre murieron. No los he vuelto a ver”.

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