Domingo, 22 Octubre, 2017

            

Un explosivo Stanley Clarke clausuró Jazz en la Costa

La infinidad de notas ejecutadas y la velocidad supersónica de bajista y batería fueron un desafío para los sentidos

Stanley Clarke | Autor: Gabinete
Gabinete


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Si decimos que Stanley Clarke es uno de los grandes de la historia del jazz, no estemos descubriendo nada nuevo; si añadimos que hablamos de un consumado coleccionista de discos de oro y platino, así como de premios Emmy y Grammy, de un auténtico creador de sonidos e incluso de instrumentos, director de grandes orquestas, y que acumula en su haber varias bandas sonoras de película… tal vez tampoco lo hagamos.

De hecho con tan solo 25 años ya era llamado ‘The legend’. En el concierto de clausura de Jazz en la Costa, al frente de su grupo, sin invitados (la otra vez fue con la pianista japonesa Hiromi) explicó pormenorizadamente por qué lo era, es y será. A pesar de estar cerca de la setentena Clake estuvo en perfecta forma física y musical, tanto en el bajo eléctrico como en el contrabajo, dando toda una clase magistral de cómo se usan las cuatro cuerdas. Jazz en la Costa está organizado por el Ayuntamiento de Almuñécar y la Diputación provincial.

Para este concierto llevaban las entradas agotadas una semana, lo que llama la atención sobre los bajistas, ya que las apariciones de Clarke, como las de Richard Bona este año o Marcus Miller el pasado han sido conciertos mayoritarios.

Nuevamente apareció Stanley Clarke tanto con el bajo eléctrico, el que le permitió ser un músico de fama planetaria, y con el acústico, mostrándose más líder con el primero y dejando con el contrabajo mucho espacio por delante, al pianista del grupo Cameron Graves, oficialmente teclista eléctrico del equipo, pero que por un problema de visados del pianista oficial, el ruso Beka Gochiashvili, tuvo que hacerse cargo de los teclados de los dos. Pero quien se llevó el bonus del concierto fue el baterista Michael Mitchell, otro veinteañero, que tras una tienda entera de parches y platos sostuvo con un virtuosismo de otro planeta todo lo que sonó, y salió casi a solo por pieza. A pesar de la baja, los tres llevan tiempo y se notan engranados con una compenetración nanométrica.

La infinidad de notas ejecutadas y la velocidad supersónica de bajista y batería son un desafío para los sentidos y cuesta encontrar palabras si quiera que aproximen a la barbaridad de concierto que dieron. Clarke no dejó nada por hacer, incluyendo el uso del arco, maniobras percutivas, ‘slapeaba’ o ¡tocaba falsetas flamencas!. En dos horas y media de cierto hubo tiempo para piezas de su época del jazz-rock, estándares de Mingus y George Duke, y no pudo faltar un final con la alegría pianística de Chick Corea y la pieza más célebre de los primeros Return to Forever: ‘No Mystery’. Y sí, efectivamente no hay ningún misterio en el bajo para Stanley Clarke.

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