Lunes, 22 Mayo, 2017

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El último artista granadino de la caligrafía antigua

Es uno de los últimos profesionales de la escritura tradicional conocedor de los estilos de siglos pasados para elaborar textos “delicados y precisos”. De Villanueva se ha convertido, a día de hoy, uno de los representantes de un oficio a extinguir

Tomás Navarro de Villanueva | Foto: Carlos Gil


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Amante de las letras, no solo por lo que dicen, sino por cómo son, Tomás de Villanueva, de profesión oficial periodista, pero de pasión “escribano” es uno de los últimos exponentes de una institución centenaria que crearon los Reyes Católicos en Granada.

Hablamos de la Real Chancillería de Granada consagrada al arte de las letras antiguas, a la belleza caligráfica y el cultivo de los textos. Tanto Isabel como Fernando la fundaron tras la incorporación del antiguo reino Nazarí, quedando esta institución encargada de la jurisdicción de todos los reinos del imperio del río Tajo hacia el sur, así como el cuidado y manejo de todos los archivos.

Un volumen de trabajo que crecería de forma considerable con la incorporación de las competencias que abarcaban desde las Islas Filipinas, Carolinas, Marianas y las de Guam y Diego García en Asia Oriental, hasta las posesiones africanas, así como todas las de América del Norte, Central, el mar del Caribe y América del Sur.

La Chancillería crece con la creación de una Cancillería de Documentos Preciosos, que hasta el momento rutilaba por la corte, dependiendo de en qué ciudad se instalaba el Monarca. Se trata de un organismo que se encargaba de la elaboración de documentos jurídicos y honoríficos, cartas de reales nombramientos y ceses, así como otras que en la entrada de la modernidad y renacer de las bellas letras requerían un trabajo específico y laborioso, tanto en textos como dibujos, iconografías, formas y valores que en esa época tenían las misivas.

Fue el gran canciller, Niño de Guevara, quien estableció las disposiciones específicas para que afamados calígrafos se integrasen en la sección creada ex profeso en Granada. Tomás de Villanueva es uno de estos ilustrados hombres de letras que aún mantienen un oficio, a veces, tan denostado por la rapidez digital como es el buen escribir.

Reconoce que se formó accidentalmente en los diferentes estilos de escritura, “porque no hay escuela de caligrafía, y aunque es complicado, yo tuve la suerte de tener un abuelo muy ducho en estos temas, y también una familia que veía este oficio con mucho amor”. Habla así de la belleza de elaborar textos con técnicas tradicionales para ocasiones especiales, encargados por instituciones cargadas de historia, como pueden ser hoy día el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, el MADOC, diferentes cofradías, u organismos políticos.

“Hacer un documento implica que el tiempo no existe y que se debe ser minucioso, buscando la máxima aproximación a la belleza, para que lo que transmita el texto llegue al corazón de las personas”, explica de Villanueva, cuyo último trabajo ha sido un escrito elaborado a petición del Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército para datar el obsequio, de un fajín, que el Teniente General hizo a una hermandad de Granada, “es un diploma acreditativo con letra del siglo XVI, típica de la Inquisición española, que si algo bueno dejó fue este tipo de escritura”.

La Cancillería de Documentos Preciosos se vio afectada por la masiva aparición del papel y la imprenta, así como a finales del siglo XIX, por la máquina de escribir. En la segunda mitad del siglo XX esta institución se convirtió en una Alta Comisaría de Caligrafía Artística, que a día de hoy sigue elaborando, en menor medida, documentos específicos en caligrafía hispánica, arábiga y latina provenientes de diferentes periodos históricos.

Tomás de Villanueva se ha convertido en un referente de esta institución, alguien que aún está preocupado por la belleza de las letras, por su significado y su trazado. Armado con sus cientos de plumas, “recogidas en Oriente y Occidente, y las tintas de diferentes colores, respetando normas básicas como el verde o rojo para determinados nombres, o formas específicas de decoración”, reconoce que normalmente escribe en pergamino, aunque también utiliza en ocasiones nuevos materiales de papel reciclado, “que con la textura adecuada permite un mejor deslizamiento de la tinta”. Puede tardar desde una semana, en elaborar un texto pequeño, hasta varios meses si se trata de un documento mucho más amplio, y dependiendo del tipo de letra que tenga que utilizar.

“No es lo mismo el estilo caligráfico del Emperador Carlos V y su tiempo, que el estilo de la Federica del siglo XVII, o el del XVIII cuando se amplía el dominio naval y terráqueo y eso queda patente en las formas de escribir”, explica De Villanueva, que a veces se muestra algo apesadumbrado porque aún no hay nadie que se haya interesado por su oficio.

Las prisas, las nuevas tecnologías y el gusto por este arte han hecho que no haya profesionales dedicados a cultivar las letras.

Sin embargo, De Villanueva lo ha intentado solventar al máximo a la espera de algún pupilo. “Voy a dejar reproducidas digitalmente todas las letras mayúsculas, minúsculas y elementos decorativos que pueda para que la Alta Comisaría no desaparezca”.

De momento, Tomás continúa entre sus tintas y papiros elaborando auténticas obras de arte, que en muchos casos tan solo se pueden observar en lugares tan privilegiados como la Capilla Real de Granada, la biblioteca del El Escorial o el Archivo de Indias.

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