Lunes, 18 de Febrero de 2019

            

Trump inicia su tercer año sin el respaldo del Congreso al completo y cierta erosión entre su electorado moderado

Sus incentivos fiscales comienzan a perder efecto en la desaceleración económica y sigue sin eliminar de la narrativa la investigación sobre Rusia

Donald Trump
E.P.


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El segundo año de Donald Trump como presidente de EEUU ha sido el año de la polarización: el resultado de un canje por el que el magnate estadounidense ha exacerbado su programa nacionalista para conservar el apoyo de su base de irreductibles a sabiendas de que iba a reactivar a una oposición dormida que, al final de este año, le ha costado la pérdida de la mayoría en la Cámara de Representantes.

La actual parálisis en la que está instalado el Gobierno federal, que lleva casi un mes sin pagar a gran parte de sus funcionarios y corre el afectar al PIB trimestral es precisamente fruto de una lucha simbólica: la finalización del muro de separación con México que Trump ha defendido como una medida indispensable para garantizar la seguridad nacional, a pesar de las innumerables quejas de ONG sobre el maltrato a los inmigrantes, que ha culminado en la muerte de al menos dos niños bajo custodia de las autoridades.

No hay informe dentro del Gobierno que verifique los problemas por los que el presidente insiste en completar el proyecto — la droga que entra desde México lo hace a través de los puertos, no por vía terrestre, según la agencia nacional antidroga, la DEA –, que en realidad es fruto de un programa nacionalista y aislacionista, como lo ha sido la guerra comercial que ha emprendido con China, su desvinculación del acuerdo sobre armas nucleares con Rusia, su salida del acuerdo nuclear con Irán, la retirada de las tropas de Siria o el incremento de los roces con la OTAN. “Estados Unidos”, declaró, “no puede ser la Policía del mundo”.

A día de hoy y según la media de sondeos confeccionada por el portal ‘FiveThirtyEight’, Trump sigue cómodamente instalado en un 39,9 por ciento de aprobación — menos de dos puntos por debajo que su máximo histórico, en los primeros días de su mandato — y puede permitirse el lujo de decir que ha cerrado este segundo año con un triunfo judicial de alcance extraordinario: la nominación de dos jueces conservadores al Supremo que inclinarán a la derecha la balanza de las decisiones judiciales durante las próximas décadas.

Trump ha escapado indemne de escándalos como el de los pagos secretos a la actriz y productora de cine pornográfico Stephanie Clifford, conocida como ‘Stormy Daniels’ sin que su reputación haya sufrido mella entre los sectores más puritanos de su electorado, o de retratos hirientes como el efectuado por el legendario periodista Bob Woodward en su libro ‘Miedo: Trump en la Casa Blanca’, donde algunas de sus fuentes describen un ambiente caótico liderado por un mandatario sin interés ni conocimiento alguno de la política.

RALENTIZACIÓN ECONÓMICA

Los efectos de la política económica de Trump se ha visto marcados por cierta ralentización. Como muestra, el PIB, que ha experimentado una deceleración en el último trimestre de 2018 por la caída de las exportaciones, en el marco de un periodo de “enfriamiento” económico, sumados a un declive de la confianza del consumidor y de la actividad manufacturera. En diciembre la fuerza laboral aumentó en 312.000 personas y la tasa de desempleo acabó en el 3,9 por ciento, dos décimas menos que en 2017.

Si bien existe cierto consenso sobre la solidez actual de la economía norteamericana, también se ha constatado que los efectos de los estímulos fiscales que Trump — estimados en 1,5 billones de dólares — y su equipo impusieron al principio de su mandato comienzan a desaparecer al tiempo que cada vez son más notorias las consecuencias del conflicto comercial abierto con China, que alcanzará su punto culminante el 2 de marzo, cuando las tarifas sobre importaciones se disparen desde el 10 al 25 por ciento.

Todo esto ocurre tras 29 días de cierre federal de una cuarta parte del Gobierno. Una situación que, según advirtió el mes pasado la agencia crediticia Standard & Poor’s, causa a Estados Unidos pérdidas de 1.200 millones de dólares semanales.

El parón no terminará hasta que las dos cámaras del Congreso solucionen sus diferencias y nadie sabe cuándo ocurrirá el siguiente encontronazo. “La parálisis indica que la actual configuración de fuerzas en el Congreso, ahora dividido entre demócratas y republicanos, limita la consistencia política”, según ha explicado al ‘New York Times’ el alto responable de la también agencia crediticia Fitch, Charles Seville.

EL PARTIDO REPUBLICANO Y EL FACTOR KREMLIN

A finales de esta semana, el portal digital ‘Buzzfeed’ hizo saber que Trump ordenó al que entonces era su abogado personal, Michael Cohen, que mintiera ante el Congreso sobre las negociaciones que realizó para tratar de sacar adelante la construcción de una nueva Torre Trump en Moscú, según fuentes federales. Es el último episodio de la larga ristra de informaciones sobre las pesquisas en curso que está llevando a cabo el investigador especial, Robert Mueller, sobre la relación entre el presidente y el Kremlin.

Nadie sabe cuándo se publicará el informe final, sus resultados o al alcance de quién estará. Hasta el momento han sido imputadas, como mínimo, 36 personas. Su ex asesor de Seguridad Nacional, Michael Flynn, confesó su culpabilidad en diciembre por mentir al FBI, y entre los implicados están su antiguo jefe de campaña, Paul Manafort, y dos asesores, George Papadopoulos y Rick Gates.

Trump ha estado todo el año denunciando la investigación como una caza de brujas y solo se ha limitado a por escrito una batería de preguntas de Mueller. El respaldo del Partido Republicano ha sido total, como ha ocurrido durante la última reconfiguración del Gobierno, tras la dimisión del secretario de Defensa, Jim Mattis, tras quedarse al margen de la decisión de Trump de retirar a las tropas de Siria.

El GOP ha proporcionado a Trump un respaldo prácticamente sin fisuras. Todas las preocupaciones respecto a sus planes– como por ejemplo, las apresuradas condiciones en las que está ocurriendo la retirada de Siria y la presión que desplaza hacia las fuerzas kurdas aliadas de EEUU — no se han traducido más que en mensajes en redes sociales por parte de senadores considerados como ligeramente díscolos, como Marco Rubio, pero intrascendentes a la hora de cambiar la actitud del presidente. Su imprecisión a la hora de explicar sus planes tampoco ha ayudado.

AÑO 3

Así las cosas, Trump comienza un tercer año en el poder sin la fuerza del Congreso al completo, en medio de una desaceleración económica, con el hastío de sus socios internacionales, el apoyo contundente de su base, la losa permanente de la investigación especial sobre sus hombros, y los nubarrones de los preparativos inminentes de las primarias del Partido Demócrata en 2020, momento en que empezarán a recuperar terreno en el que, hasta ahora, era el dominio absoluto de Trump: el ciclo informativo.

Eso no significa que Trump no pueda ganar. El ‘Washington Post’ recuerda que Ronald Reagan y Bill Clinton renovaron su presidencia a pesar de alcanzar mínimos históricos durante la mitad de su primer mandato.

Ocurre no obstante que la figura de Trump ha experimentado un declive en otros aspectos más allá del índice general de aprobación. Una reciente encuesta de Pew Research destaca que un 58 por ciento de los estadounidenses han perdido confianza en el presidente, un 53 por ciento desconfían de su capacidad para hacer uso de la fuerza militar, y un aplastante 65 por ciento le ven incapaz de negociar con el Congreso.

Este año comienza la mitad final de su mandato con el apoyo indestructible de un 26 por ciento de la población, a todas luces insuficiente para revalidar su victoria. Queda por ver si el presidente abrirá la mano para recuperar el electorado que le aupó a la cumbre, a la espera de conocer su rival el año próximo. De momento, tal escenario parece muy lejano.


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