Jueves, 19 Abril, 2018

            

Todo el año es campaña electoral

Ramón Ramos


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Hay partidos que lo dicen abiertamente: pasados los Reyes Magos, estaremos en precampaña. De cara a las municipales de ¡2019! Es decir, diecisiete meses faltan para la cita municipal con las urnas pero algunos destapan sin complejo la onda en la que se moverán de aquí a mayo del año que viene y el resto, aunque no lo digan, también lo practican.

En ‘modo campaña’, por tanto. Que no es nada nuevo porque en la España autonómica todo el año es preelectoral: si no hay generales en el horizonte, cualquier cita anticipada o porque corresponda en su calendario respectivo en una de las diecisiete autonomías acapara la atención en toda España, donde sus encuestas y sondeos, sus resultados finales tendrán una lectura paralela en clave nacional, es decir: medir la temperatura del partido que en ese momento habita en Moncloa. La ecuación adquiere un tono candente cuando en el Gobierno central está una fuerza sin mayoría absoluta porque una hipotética tendencia a la debilidad en determinadas regiones alienta los esfuerzos de la oposición, que interpreta esos resultados en su clave particular: por buen camino. Y obliga a la minoría mayoritaria a transitar senderos electoralistas para recuperar los apoyos en fase de bajada. Pongamos por hipotético caso.

Por medio de ese ciclo natural que en la política española serían los cuatro años de cada legislatura median, por tanto, varias elecciones autonómicas y las municipales, que por el momento son las únicas que mantienen su ritmo cuatrianual desde la primera convocatoria en 1979. La traslación de sus resultados a la política nacional tiene un porqué: marca tendencias. Así, en 1979 el pacto de izquierdas que elevó al PSOE a la alcaldía de las principales capitales españolas preludió el cambio que a los tres años se iba a producir en el inquilino de Moncloa. Y años después, en 1995, Aznar pudo mostrar tras las elecciones municipales de mayo de ese año, un mapa de España en el que las gaviotas azules reinaban muy mayoritariamente donde durante mucho tiempo había predominado el rojo del puño y la rosa. Consecuencia: en marzo de 1996 el PP ganó las generales. El municipalismo es la forma más directa de la política, percibido así por los ciudadanos, como muestran los ejemplos anteriores. Y en España -no se olvide- unas elecciones municipales derribaron un régimen y de un día para otro trajeron uno nuevo.

Los partidos lo saben y, además, se juegan mucho en el lance: ostentar la alcaldía de las capitales y ciudades medias de las provincias es el mejor escaparate de gestión. Y, de añadido, están en juego las diputaciones, esa fuente ingente de recursos para los aparatos de los partidos. No es extraño, por tanto, que el juego se prolongue durante un extenuante año y medio en una clave electoralista que si en tiempos era un término de tintes despectivos en la jerga política hoy se enuncia como sinónimo de actividad, todos en guardia, paso al frente, vista alta y todos a una, que hay en juego mucho más que un ayuntamiento. Al adversario, ni agua: todo aquello que pueda servir para debilitarlo, ¡a por ellos, oé!

Y así entramos en la cuesta de enero, que antes se aprovechaba para adelgazar y estudiar inglés como propósitos anunciados que nunca se cumplían pero desde que la política se adueñó de la actualidad periodística la cuesta va de unas uvas a otras, las del 1 de enero y las del 31 de diciembre. Una precampaña prolongada al infinito que presenta determinadas incógnitas más difíciles de descifrar conforme el calendario nos vaya asomando más de cerca a las urnas: la posibilidad de irrupción de candidaturas inéditas, en torno -en un caso- a personajes cuya capacidad de movilización ciudadana ha quedado palpablemente demostrada y -en otro caso- a formaciones que abiertamente abogan por la singularidad de Granada y su salida del aparato administrativista de Andalucía e, incluso, más allá la reorganización autonómica del antiguo Reino de Granada. ¿Hasta cuánto podrían llegar en su cosecha de votos? ¿Dónde rascarían, a derecha e izquierda del espectro político? ¿Tienen traducción en el caladero político de votos las muy vitalistas concentraciones tanto contra la fusión hospitalaria como en el intento localista sevillano de difuminar la capitalidad jurídica granadina?

De todo ello iremos sabiendo en los próximos meses, con la advertencia, también a reseñar, de que los plazos y calendarios pueden acelerarse en cualquier momento porque la crisis catalana podría derivar en elecciones anticipadas en España y también en Andalucía ronda esa posibilidad si se produjese una retirada de apoyos parlamentarios a Susana Díaz y el PSOE que no se atisba pero tampoco se descarta.

Suelen corear en Cádiz que todo el año es Carnaval. Su trasunto en la política española es: todo el año es campaña electoral.

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