Martes, 30 Mayo, 2017

¿Tiene usted huevos?

Docena de huevos


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El otro día estaba tranquilamente leyendo cuando mi mujer me dijo que fuera a la tienda, porque iba a hacer tortilla de patatas y le faltaban huevos. A mí también me faltan huevos para decirle que estoy harto de que me mande a por cosas cuando más tranquilo estoy. Eso siempre lo pienso pero nunca se lo digo. Total, que fui a una pequeña tienda que hay en mi barrio y que venden pan, cerveza, leche, chuches y de todo un poco. O de casi todo. La atiende un tendero grande y fortachón que tiene malafollá para parar un tren. Cuentan que allí una vez entró un cliente y, al preguntar si tenía bombillas, le contestó: “Sí que tengo, pero están puestas”. Y otra persona le había preguntado: “¿Tiene usted melones”. Y contestó: “No, eso mi señora”.

Podía haber ido a otra tienda, pero era tarde y aquella era la que tenía más a mano. Así que entré. El tendero estaba atendiendo a una clienta. Mientras él despachaba, peiné con la vista la tienda para ver si había lo que buscaba. En ello estaba cuando entraron dos nuevas clientas. Al no ver huevos por ninguna parte, me entró cierto desasosiego: ¿Cuál era la pregunta que tenía que hacerle al tendero malafollá para que su respuesta no declarara su carácter? No le podía preguntar  si “tenía huevos” porque podía responderme con un: “grandes y gordos”. Entonces la conversación podría entrar en una espiral de sobreentendidos de insospechadas consecuencias. Tampoco podía preguntarle si “había huevos” porque me podría decir eso de “más que en tu casa”. Igual o parecida salida malafollesca se podía acarrear si le preguntaba si allí vendían huevos. La respuesta podría ser: “Si los vendo, me quedo sin ellos”. Lo dijo Ladrón de Guevara en su famoso tratado, nunca sabes cómo va a reaccionar un malafollá y en qué momento dará a conocer su manera de ser. Además, había dos clientas y no me podía arriesgar a que el tendero me dejara en ridículo con una de sus respuestas. Pero no encontraba la pregunta oportuna. Los límites del lenguaje son los límites de mi mundo, que dijo Wittgenstein (creo que se escribe así).  Después de darle mil vueltas al asunto, encontré la solución. Decidí que lo mejor era pedir directamente el producto. Así que cuando me tocó el turno, dije a bocajarro y en voz alta:

-Déme usted media docena de huevos.

Lo más seguro es que el tendero malfollá no reparara en su respuesta cuando dijo:

-No tengo huevos.

Las clientas se miraron con sonrisa picarona y mi rostro emitió otra de igual cualidad y calidad. Jo.

Comments

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  1. Andrés, en mi pueblo yo fui testigo siendo un crío, de otra pregunta de similar contenido a la que tu comentas.
    Una viuda recogía huevos por las casas del pueblo para después traerlos a Granada tras pasar como era preceptivo por el correspondiente fielato (seguro que conociste esos pequeños kioscos que había a la entrada de las ciudades).
    Voy al caso. Al asomarse la “recovera” vio al marido sentado en la chimenea y le pregunta: Manuel, ¿tienes huevos?. Manuel que era un hombre mayor y un poco cachondo le contesto? Amalia, por favor, no me hagas esas preguntas denlante de los niños,qué quieres que te conteste?
    Y Amalia dando un portazo se fue no sin antes decirle “Anda a tomar por c…. so malafollá”.
    Hecho verídico que nunca se me olvidará la casa donde ocurrió

  2. El otro día compartí una comida con mi amigo fotógrafo Chema Conesa y me preguntó que era eso de la Malafollá, le di la definición que sabía, pero después de leer tu artículo, se lo mando como referente de la definición.
    Gracias por compartir, salud y suerte.

  3. Me llama la atención/uno cursó Filosofía en su primera juventud,y fija los objetivos de modo dispar/en todo este excelente jocoso y realista relato de posibilidades interpretativas,un hecho primario:por qué las Sras.(esposas,parejas,hermanas,madres…mucho más,para quien las tiene,suegras)tienen esa puntería de elección de”ese recado último”que te saca de ese primer descanso en tu jornada de modo perentorio?.Porque…si no hay pan,no tienes con qué mojar los huevos,y si no hay merluza,no la comerás a la vasca,y si no sacas y abres la botella del tinto,no beberás sino agua…etc.etc.:la condición siempre eres tú,que aceptas o no el realizar ese inesperado y molesto desplazamiento al sótano, o a la terraza o al panadería…Hay una sincronía reposo esposo-necesidad imperiosa?.Tú que sabes tanto de práctica social,haznos el favor de bloguearnoslo.Gracias!!