Miércoles, 12 de Diciembre de 2018

            

Tengo que confesar algo que nunca he dicho en voz alta

Cotilleo, imagen ilustrativa | Foto: Pixabay
Marisa Chacón


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Tengo que confesar un secreto, algo oscuro que nunca me he atrevido a decir en voz alta.

¿Tengo vuestra atención?

¿Sí?

Pues he de confesar que, como vosotros, si hubiese leído un titular como el de este artículo también me habría picado la curiosidad y me habría parado a leerlo. Porque todos, toditos… todos llevamos dentro un cotilla más o menos bien camuflado.

Incluso aquellos que critican el cotilleo llevan dentro una señora del visillo que revisa silenciosamente los muros de sus amigos en Facebook, mira los estados de WhatsApp y se complace pensando en lo idiotas que son sus contactos al compartir su vida en las redes sociales… pero ahí están, revisando hasta el último de los detalles de todo el mundo sin perder ojito de nada. El colmo de la doble moral y la hipocresía.

Y es que las redes sociales son la mayor y mejor fuente de cotilleo del mundo y también la mayor fuente de mentiras.

Caritas felices y sin arrugas… Desayunos espectaculares… Las últimas compras siempre a la última moda… Frases motivacionales y llenas de entusiasmo…

Un mundo lleno de perfección gracias a los filtros de Instagram y a que podemos repetir una foto ciento ochenta veces si es necesario hasta conseguir la pose perfecta… A veces me pregunto qué sería de las redes sociales si de pronto fuera obligatorio utilizar cámaras de carrete… ¡Uff! Habéis sentido un escalofrío por la espalda.

Nos gusta el cotilleo y, como a nosotros nos gusta y sabemos que al resto de los mortales también, controlamos lo que mostramos para ofrecer nuestra mejor cara, aunque a veces por dentro estemos hechos un trapo. Nuestro estado real da igual, lo único que importa es que los demás piensen que eres más happy que ellos, que tu vida es perfecta. Una competición por ver quién es más perfectamente imbécil, si me permitís la licencia.

Nos estamos convirtiendo en devoradores de likes y amigos virtuales a los que probablemente no saludemos al encontrarlos por la calle. Las redes han elevado a la enésima nuestros deseos de aprobación y admiración. Nuestro espíritu exhibicionista está más activo que nunca, es un hecho.

Pero lo peor de todo es que hemos cambiado el espíritu crítico (me refiero al enfoque analítico), por el espíritu criticón… lamentable. Cualquier rumor se da por cierto sin darle el mínimo beneficio de la duda a la víctima de las malas lenguas. Todo solo por tener algo de lo que hablar (qué malo es aburrirse) y por comprobar más o menos fehacientemente (eso da igual) que su vida real no es tan perfecta como quiere hacernos ver.

En realidad esto no es nada nuevo… viene sucediendo desde la noche de los tiempos, solo que hemos cambiado la plaza del pueblo por nuestro móvil.

¿Somos cotillas? Yo creo que sí, cotillas y muy muy hipócritas. Analizadlo.


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