El 60% de los tratamientos estéticos faciales que se practican en España son sin cirugía

La demanda de técnicas de rejuvenecimiento facial no quirúrgicas se incrementó un 10 por ciento en el pasado año, y representan ya el 60 por ciento de los tratamientos estéticos faciales que se practican en España, frente al 40 por ciento de los que conllevan una cirugía, siendo la inyecciones de toxina botulínica y de ácido hialurónico las que más demanda tienen (60-65%).

Estos datos, que se han dado a conocer este viernes en el Congreso de Residentes que, sobre este tipo de tratamientos, está celebrando en Barcelona la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE), un aumento de la población por mejorar y rejuvenecer su aspecto pero sin pasar por un quirófano.

“Los pacientes que recurren al rejuvenecimiento facial no quirúrgico son, sobre todo, personas acostumbradas a cuidar su imagen desde muy jóvenes”, afirma la doctoraEva Guisantes, miembro de SECPRE, quien apunta que los mayores de 60 años no disponían hace apenas una o dos décadas de estas técnicas y tenían que recurrir directamente al lifting facial.

Son las mujeres quienes, a día de hoy, demandan de forma mayoritaria este tipo de tratamientos, aunque cada vez más hombres se animan a probarlos. “Quienes solicitan ahora tratamientos mínimamente invasivos con 30 o 40 años de edad lo que hacen es dilatar en el tiempo una posible cirugía que los complemente”, aunque lo cierto es que el rango de edades es tan amplio que abarca desde jóvenes a partir de los 30 años hasta pacientes que superan los 80.

“El motivo de su auge radica en su carácter mínimamente invasivo, lo que, a su vez, conlleva que sean técnicas asequibles económicamente y rápidas desde el punto de vista clínico”, señala doctora, quien insiste en que “no estamos hablando de técnicas excluyentes, sino complementarias, pues, en muchos casos, se realiza el proceso contrario, recurriendo, tras pasar por el quirófano, a tratamientos no quirúrgicos para reforzar y mejorar los resultados de un lifting”.

Ocurre, además, que estos tratamientos mínimamente invasivos pueden aplicarse también con finalidad preventiva, ya que permiten actuar sobre zonas menos susceptibles de tratarse con el lifting, como las arrugas de expresión, las denominadas “patas de gallo” y las arrugas en el entrecejo o la frente.

TÉCNICAS Y TRATAMIENTOS

En general, en los últimos años, la práctica clínica en rejuvenecimiento facial ha evolucionado desde las teorías gravitacionales -centradas en corregir los tejidos que se descuelgan con el paso del tiempo- a las volumétricas, encaminadas a restaurar el volumen perdido.

En las gravitacionales se recurría más al lifting para estirar y tensar la piel, mientras que ahora se tiende a combinar estiramiento y tensión con la restauración del volumen allá donde se ha perdido, sobre todo en mejillas y pómulos, para lo que se emplean, sobre todo, los rellenos de ácido hialurónico.

Guisantes recuerda que el ácido hialurónico es una molécula con una altísima capacidad de hidratar, además de hacer de soporte de la matriz extracelular, esto es, el líquido que hay entre las células del cuerpo. “Por ello, funciona muy bien como restaurador de volumen y es muy útil para rellenar arrugas como las nasogenianas, que salen en los laterales de la nariz”, añade.

Mientras que toxina botulínica relaja los músculos donde haya arrugas que dependan de la contracción de los mismos, “lo que llamamos arrugas dinámicas o arrugas de expresión, que normalmente son las que se encuentran en la frente o cuando fruncimos el entrecejo. De hecho, esta técnica sólo está aprobada para uso estético en el tercio superior de la cara, concretamente en la zona glabelar (entrecejo)”, explica.




“Sin ayuda no sales de esto. Crees que puedes controlarlo, pero no”

La voz de alerta en la casa de Pilar la dio una llamada del colegio de su hija. Blanca se había hecho cortes en los brazos. Estaba llamando la atención. Fue su especial forma desesperada de transmitir a sus padres de que ya no podía más. Eso sucedió cuando Blanca estaba a punto de cumplir 15 años.  Tres años después, a través de un blog que ha abierto para contar sus experiencias, podemos comprender qué era lo que estaba amargando su existencia, lo que estaba provocando demasiados llantos, tanto agobio, tanta obsesión.

“Eras simplemente una marioneta movido por un único impulso, el cuerpo perfecto, y estabas completa y absolutamente decidida a conseguirlo conllevase lo que conllevase. Aprendiste a mentir tan bien que hasta tu misma comenzaste a creerte tus propias mentiras, “no mamá, he cenado en la calle”, “estoy con la regla,no tengo hambre…” mientras tratabas de ahogar el sonido de tu estomago con tu voz. Se te daba bien, jodidamente bien, podías mentir todo lo que querías, que nadie podría apreciarlo, aunque al final hay ciertos gestos que te delatan. Empiezan las preguntas y las respuestas cada vez menos convincentes, luego las explicaciones y más tarde las promesas de no volver a hacerlo más… y bueno, aquí estás de nuevo frente al váter intentando dilucidar de nuevo cómo has acabado allí otra vez. Te has vuelto aún más callada y triste, eres como un fantasma que se pasea por tu casa hasta llegar a tu cuarto y cerrar la puerta”.

Marina, otra chica de Granada, también ha pisado y se ha hundido en el mismo barrizal.  “Siento que he perdido mi adolescencia”, nos asegura esta chica de 21 años.

Ambas, Marina y Blanca, llevan varios años luchando contra su personal demonio interno: la bulimia.

Hay falsos mitos que giran en torno a los dos trastornos de la conducta alimentaria más frecuentes, que afecta al 5% de los jóvenes españoles, en el caso de la bulimia, y a cerca de 3%, en el caso de la anorexia.

En ambos trastornos, las personas que lo sufren experimentan un miedo extremo a subir de peso, alteran su ingesta alimentaria y, a veces, utilizan métodos de compensación, como provocarse el vómito, hacer ejercicio físico en exceso o el uso de laxantes. La diferencia más notable es que, mientras una persona anoréxica tiende a restringir la ingesta de comida, una persona bulímica se da atracones de comida en un corto espacio de tiempo con la sensación de  pérdida de control.

“POR FUERA QUIZÁ NO SE VE DETERIORO FÍSICO,
PERO POR DENTRO ESTÁS DESTROZADA”

A menudo, la gente piensa, y ahí encontramos un falso mito, que la persona que padece alguno de estos trastornos, está sumamente delgada, en los huesos, y eso no es así siempre. Una persona con obesidad y sobrepeso puede tener un problema de bulimia. “Es lo que me pasaba a mi”, relata Marina. “Cuando me lo diagnosticaron, pensé que me estaban mintiendo. ¿Cómo iba a ser bulímica si no estoy delgada? Ahora que Marina ya conoce perfectamente todo lo que abarca su enfermedad, quiere que las personas entiendan que no se trata de un problema físico, sino mental. “Por fuera quizá no se ve deterioro físico, pero por dentro estás destrozada”, apostilla.

Marina forma parte de los alrededor de 300 jóvenes que están bajo la atención y el asesoramiento de la Asociación ADANER. En este grupo de afectados hay un 88% de chicas y un 12% de chicos. No es casual, los trastornos de la alimentación afectan más a mujeres que a hombres. “Y está bajando la edad”, asegura a Granada Digital, el presidente de esta asociación.

Eduardo Oblaré, quien antes de ser presidente fue padre de una niña afectada, nos detalla que en estos últimos años son cada vez más jóvenes las chicas y chicos que sufren anorexia o bulimia. Si antes la franja de edad con más personas afectadas se situaba en los 16-18 años, ahora está en los 13 y 14 años. “Hay mucha presión sociocultural“, responde cuando le preguntamos el motivo de este descenso. “Es todo: la publicidad, los consejos, las dietas milagrosas, la estética, la moda…”, y reflexiona sobre este último punto que acaba de enumerar: “Cómo es posible que para una misma talla, según el fabricante, varíen tantos centímetros las medidas de la prenda”.

“NO SABES CÓMO LE VA A ATACAR LA ANSIEDAD”

“Todo el mundo oye hablar de la anorexia y la bulimia, pero no se hacen una idea de lo que cambia la vida. Por una larga temporada, cambia absolutamente todo”, nos relata al otro lado del teléfono Pilar, la madre de Blanca.

Cuando Blanca empezó el tratamiento para salir de la bulimia, una serie de normas y recomendaciones se implantaron en casa y se intentaron cumplir a rajatabla.”Nos aconsejaron evitar hablar de la enfermedad o sacar temas de conversación sobre ropa, moda, estética… Cuando veíamos la televisión con ella, si salía el típico anuncio de una chica súper esbelta anunciando un perfume, automáticamente cambiábamos de canal. Dejamos de ver programas del estilo a Masterchef”, recuerda Pilar. A su hija le prohibieron entrar a la cocina. Todos los espejos de la casa, tapados. Toda la familia tenía que hacer las mismas tomas al día que Blanca y seguir la misma dieta.

Sin embargo,  el mayor reto para estos padres ha sido crear un clima de normalidad en casa, aun cuando la preocupación era la tónica en casa. “Lo que más te inquieta es que no sabes cómo le va a atacar la ansiedad. Hay noches que no dormía pensando que ella, en su habitación, podía estar haciéndose daño”, asegura Pilar. “Los padres en este proceso somos como perros lazarillo: estamos ahí para cuando ella nos llame, pero sin invadir su espacio, algo muy complicado cuando sientes tal preocupación por ella”, expresa Pilar.

“AHORA, UN MAL MOMENTO, DURA ESO: UN MOMENTO”

Al principio es inevitable que a los padres no les inunde un sentimiento de culpabilidad y que miles de preguntas exploten en el cerebro de los progenitores: “Pero… ¿cuándo ha sido esto?¿Cómo no me he dado cuenta? ¿En qué momento ha pasado todo esto? Si mi hija es muy inteligente, ¿cómo ha podido caer en esto?”, y muchos más ‘peros’ se suceden. “Al poco tiempo empiezas a atar cabos”. En contra de lo que pensaba Pilar, no era el cambio hormonal de la pubertad lo que provocaba que su hija se encerrase en el cuarto o estuviese más triste. Tampoco era casualidad que faltase comida en la despensa.

“Me han devuelto a mi hija. De verdad, me la han devuelto”. A Pilar le faltan palabras para agradecer lo que la asociación y el equipo de profesionales del centro Elca, la Unidad multidisciplinar de la Conducta Alimentaria, han hecho por su hija.

A Blanca le dieron el alta en la Unidad de Día de este centro en junio de 2016. Ahora acude puntualmente a consultas ambulatorias. “Antes, un mal momento se convertía en una mala semana; ahora, un mal momento, dura eso: un momento”, argumenta así la evolución de su hija.

“ENTIÉNDEME…HE DESPERDICIADO MI ADOLESCENCIA”

Marina entra a la habitación donde nos encontramos charlando con Isabel, una de las psicólogas del centro y con Carolina, la nutricionista. No tiene que ser fácil contar algo que te ha marcado, y quizás lo haga para el resto de tu vida, a personas desconocidas. Pero ella, que sabe lo importante que es concienciar sobre esta enfermedad, no duda en contestar el folio de preguntas que hemos preparado y, ante alguna de ellas, una lágrima se escapa. “Entiéndeme, he desperdiciado mi adolescencia”, me dice.

Marina no sabe situar exactamente en el tiempo cuándo empezó a tener problemas con la comida. Se remonta a su infancia, a eso de los 8 años, y lo relaciona con las burlas en el colegio y con presiones para que bajase de peso. “Yo sabía que algo no iba bien con la comida, pero no reconocía que tenía un problema”. Fue su madre la que dio la voz de alarma y la puso en mano de los profesionales. No tardó mucho en ingresar en la Unidad de Día. “Me dolió mucho. Estaba conociendo ya a gente en la Universidad, y alejarme de todo eso de golpe fue un palo”, recuerda esta joven que, sin embargo, sabe que esa obligación fue el paso necesario para empezar a salir del pozo.

“Cuando ves que tu hija come y directamente se va a su cuarto a llorar; cuando de los siete días que tiene la semana, cuatro está mala del estómago, la sospecha está más que fundada”.

Isabel y Carolina, trabajadoras del Centro Elca durante la entrevista con GD | Autora: Asun Rodríguez

“SÉ QUE TENGO QUE SALIR DE ESTO, POR MUCHO QUE ME CUESTE VENIR AQUÍ”

Marina es franca y nos cuenta su ‘yo’ pasado. No confiaba en nadie, no tenía amigos, y los pocos que tenía, les mentía cada dos por tres. Necesitaba aparentar algo que ella realmente no era. Fardaba de planes que jamás había hecho y utilizaba la red social Tuenti como escaparate para sentir aceptación social. “Todos los días subía fotos y me fijaba cuántas personas visitaban mi perfil. Cuantas más lo hacían, más querida me sentía”, relata. Los estudios empezaron a torcerse. No era capaz de concentrarse cuando se ponía frente a los libros. Se obsesionaba pensando en qué estaría pensando el compañero de clase que tenía detrás. “¿Bailar? ¿Yo? Jamás. Cuando salíamos de fiesta, me quedaba sentada en un rincón porque me daba vergüenza que se fijaran en alguna parte de mi cuerpo que no me gustase”, recuerda.

Marina progresivamente ha conseguido tener más horas ‘libres’, fuera de su tratamiento en el Centro de Día. Se ha apuntado a patinaje artístico y está motivada. No saca sobresalientes, pero un aprobado le basta para estar satisfecha y orgullosa de su avances. En la Facultad ha hecho un grupillo de amigos y sale de vez en cuando con ellos, y no tiene una preocupación continua con la comida. “No soy lo que era antes. Yo antes no vivía, sobrevivía”. “Sé que tengo que salir de esto. Por mucho que me cueste venir, tengo que hacerlo”, asegura esta chica, quien ha aprendido a quererse más y a impedir que le afecte lo que la gente le diga.

“Sin ayuda no sales de esto”, matiza Marina, quien lanza un consejo labrado en su experiencia personal. “Crees que puedes controlarlo, que lo harás un día y al siguiente no, pero eso no es así. Así que, por mucho que cueste, pide ayuda y olvídate del ‘no, estoy bien’ “.

El presidente de ADANER, Eduardo Oblaré, atiende a Granada Digital | Autora: Asun Rodríguez

ATENCIÓN INTEGRAL

Cuando una persona con un trastorno de la conducta alimentaria toca a la puerta de la Asociación ADANER, un gran grupo de profesionales (nutricionistas, psicólogos, psiquiátras, enfermeros, trabajadores sociales…) se pone a disposición del paciente.

Según el estado de la enfermedad, el paciente necesitará subir más o menos escalones. Pero, por lo general, el proceso, engloba un diagnóstico y, a partir de ahí, se pueden combinar o suceder las consultas ambulatorias, el ingreso en la Unidad de Día (de forma total o parcial), la hospitalización y, en la última etapa del tratamiento, el seguimiento.

“Casi de forma paralela se llevan a cabo consultas psicológicas, nutricionales y terapias grupales. Poco a poco se va creando un hábito alimentario normalizado, en el que el paciente se expone a esas cinco tomas diarias para romper la relación insana que tenía con la comida. Mientras, a nivel psicológico, se trabajan los miedos, la ansiedad, la autoestima, la imagen corporal distorsionada que tienen y el deterioro en las diferentes esferas de su vida. Cuando la persona está más preparada, el soporte terapéutico y la contención se va reduciendo”, nos detalla Isabel, la psicóloga.

Salir de esta enfermedad es un proceso largo y, como otra cualquiera, depende de muchos factores que determinarán la duración del tratamiento. Por lo general, para curarse de le enfermedad y dotarse de las herramientas necesarias para ahuyentarla si aparece, se necesita una media de 3 años. “Si llegas a que te den el alta, difícilmente vas a recaer. Las recaídas son el fracaso del tratamiento, no haber cumplido con las pautas que te marcan”, asegura Eduardo, el presidente de la Asociación.

Eduardo nos cuenta las principales actividades que se llevan a cabo en ADANER, que van desde talleres de prevención, grupos de autoayuda, escuela de padres hasta campamentos terapéuticos, una actividad de la que se sienten especialmente orgullosos por haber sido pioneros en España y por su efectividad, ya que consiguen que los jóvenes aprendan a ‘normalizar’ sus vidas a la vez que disfrutan de un ambiente distinto.

ANA Y MÍA NO SON PRINCESAS DE CRISTAL

Solo en el ejercicio de documentación para este reportaje, nos ha bastado cinco minutos navegando por la red para encontrar imágenes de cuerpos irreales esqueléticos que las chicas toman como referencia, foros con consejos de “cómo vomitar sin que nadie se de cuenta”, o recomendaciones en una página en Facebook que aconsejan comer desnuda frente al espejo, evitar salir con los amigos para no comer comida rápida o masticar hielo si te da hambre. Sí, así, literal. Imagínense el impacto que pueden tener estos ‘consejos’ en una niña o en un niño que está caminando por esa cuerda floja.

Los contenidos que se ofrece en estos espacios cibernéticos carecen de soporte científico, pues en su mayoría son experiencias, propuestas, insinuaciones basadas en la suposición. Detrás de esas líneas y vídeos hay un patrón de pensamiento y comportamiento obsesivo-compulsivo propio del trastorno de conducta alimentaria que padecen quienes alimentan estos foros.

A menudo, estos dos trastornos se esconden bajo el seudónimo de Mía ( por bulimia) y Ana (por anorexia). No vamos a citar ninguna de estas páginas web por no darle publicidad a personas y empresas que promueven e incitan a la anorexia y la bulimia, algo que es delito. Sin embargo, pese a millones de denuncias para el cierre y censura de este tipo de contenido, sigue siendo muy fácil encontrar contenidos que apoyan y fomentan los métodos de compensación y el enaltecimiento a un cuerpo extremamente delgado.

 




El ‘Milenialismo’ va a llegar

Sucedió recientemente gracias a ese manantial inagotable de vergüencita ajena que suele ser el elenco de concursantes del programa televisivo ‘Ahora Caigo’. Dos veinteañeros de estética impecable, perfectamente adecuados a los cánones (tontunos, pero cánones al fin y al cabo) de la moda de este 2017. Cara a cara. Sin red. A ver quién acertaba primero la respuesta a una incógnita en función de una serie de pistas que, a cuál más evidente, les lanzaría el presentador. Preguntaban por un conflicto social y bélico del Siglo XX en España, pero el simple enunciado y las primeras indagaciones no fueron suficientes para dar la respuesta. Ayudas tan generosas como ‘la Pasionaria’, ‘Nacionales y Republicanos’ o ‘muchos tuvieron que ir al exilio’ no bastaron para evitar contestaciones tan bizarras como ‘la Democracia’, ‘el 2 de mayo’ o, simplemente, el silencio. Que en boca cerrada no entran moscas. Estuvo a punto de quedarse sin pistas Arturo Valls cuando uno de los sesudos contendientes al fin acertó a mascullar, sin demasiado convencimiento, ‘la Guerra Civil’. Ejemplos como este los hay de todos los colores, justamente en la televisión, claro, el medio, de largo, más mimetizado con esta sociedad caracterizada por el postureo, la estulticia y la ignorancia más sobrecogedoras.

Milenials, se les ha llamado a los que, como decía mi abuelo, “tienen que levantar España” y, añado yo, sostener pasado mañana el pago de mi futura pensión. Milenials. Bautizados así por esa desconocida y enigmática factoría de neologismos que, hoy que todo se globaliza, exporta e inventa ‘palabros’ por doquier, todo lo globales que queramos, pero con menos esperanza de vida que el Pokemon Go (¿sigue habiendo gente cazando chiriviquis con el móvil?). Ya lo dijo Fernando Arrabal, durante el mayor lobazo de su vida (bueno, seguramente no fue el mayor… pero moló). “El ‘milenialismo’ va a llegar”. Y ha llegado. Había más sabiduría y cordura en aquella antológica melopea que en un autobús londinense lleno de NiNis. Que, por cierto, los NiNis ya no existen, ahora son ‘NiNiNis’: Ni estudian, ni trabajan…ni vergüenza que les da.

Tampoco, oye, y sin ánimo de generalizar, les da mucha vergüenza a los ‘Milenials’ y a los ‘triple Ni’ la imparable deriva hacia lo absurdo que está adoptando la moda en los últimos años. Sí, amigos, hablemos de moda o que un rayo me parta. Todo comenzó con los ‘pantalones cagaos’, aquel intento de mutación genética que no acabó de funcionar. Sus inventores tenían la oscura intención de hacer descender la cintura humana hasta las corvas de las rodillas. Por delante, aquella bragueta se veía obligada a bajar hasta posiciones muy cercanas al suelo, zancadilleando con frecuencia al propio portador de los perniles, lo que dibujaba, especialmente si éste era observado por detrás, una imagen grotesca propia de cualquier viñeta de El Jueves. Todavía se ve algún nostálgico del pantalón cagao hoy en día, totalmente desactualizado, sin norte estético.

Tener 20 años en 2017 debe ser un coñazo de cuidado. Menos mal que yo a esa edad (1999) ya tenía incipiente capota alopécica, porque si me hubiera tocado mocear en la época actual, y a poco que quisiera gozar de una discreta cuota de aceptación en mi entorno, sospecho que me habría tocado aguantar burlas recurrentes por no poder practicarme el corte de pelo de moda, bautizado por la inspiradora de este artículo como el peinado ‘plato de postre’. Me libré del tazón, y me libro del platillo postre. Me cuentan que los peluqueros menos diestros colocan un plato de postre, cual bonete papal, en la cabeza del chaval, le rapan todo lo que se escapa del plato, a los lados, y lo que sí abarca la circunferencia lo dejan largo, como a 5 o 6 centímetros. El objetivo es conseguir materia prima útil para perpetrar un llamativo tupé con el que, supongo, tener más opciones en el cortejo con sus improbables parejas. Yo escucho tupé y me vienen a la cabeza Elvis, Travolta y Mané, el del Saque Bola (que en gloria esté). Los tupés de 2017, en cambio, abominan de la gomina, lo que sin duda los convierte en mucho más imprevisibles e inquietantes.

Últimamente, incluso ahora que ha nevado en las playas y que los grajos y los pingüinos van caminando a francachelas en nuestras ciudades, me he percatado de que hay muchos muchachos, perfectamente vestidos y calzados para lo que se tercie, pero que no llevan calcetines. Una excentricidad como otra cualquiera, pensé yo, ignorante, antes de hablar con mi inspiradora, que me devolvió a la realidad de la moda y de la vida. Sí llevan, chalao, lo que pasa es que visten lo que se conoce como ‘calcetines invisibles’, me dijo. Se trata de unos calcetines que, bueno, realmente podríamos llamarlos sólo ‘calce’, o quizá ‘tines’, pero que no merecen la palabra completa, porque les falta tela. Y vaya tela. Yo a eso lo llamo ‘calcetines comíos’. Quién no se ha ‘comido’ alguna vez unos calcetines cuando ha sido niño, que empezaban en el tobillo y, a fuerza de corretear y saltar, terminaban engullidos por la zapatilla, arrugados fatigosamente a media planta del pie. Al parecer, el objetivo de llevar de serie los calcetines ya engullidos es dejar al aire, aunque venga de Siberia, la articulación que es tendencia en la actualidad: el tobillo. Los ‘influencers’ (ya hablaremos otro día de ellos) al parecer apuestan claramente por un tobillo nítido y siempre en pantalla, aunque para ello haya que hacer dobladillos imposibles en pantalones también imposibles. Y es que, para completar un look masculino al uso, hoy día es importante salir a la calle con el pantalón ‘cojón prieto’, muy recomendable para la infertilidad y que se desarrolla a través de unos ‘perniles de baguette’ con los que, a poco que el niño sea vegano y delicaíllo, rozará la invisibilidad cuando se sitúe de canto.

Pero yo, demonios, no quería hablar de estética.

Mi padre se ponía un mono durante 14 horas cuando tenía 20 años. Siempre vistió aquello que le compró mi madre, y lo sigue haciendo. Le da igual la moda, pero siempre ha salido a la calle digno. Es mi principal ‘influencer’ y ni siquiera tiene canal en YouTube. Aunque no fue a la universidad, no es tonto. Cuando alguno de mis hermanos o yo mismo le preguntábamos, de críos, algo que él ignoraba, nos decía que “eso no venía en mi libro”. Cuando no existía internet, ni había youtubers, ni móviles, ni wikipedia, llenó la casa de libros. Se gastó mucha pasta en enciclopedias que jamás abrió, para que lo que él no sabía, sí saliera en nuestros libros.  Pese a entrar como recadero, terminó teniendo a muchos hombres a su cargo y fue una figura respetada y querida durante los muchos años que ejerció como compañero, y jefe, de otros. Aprendió a defenderse en francés a fuerza de atender a magrebíes averiados en ruta, que acudían al concesionario donde trabajó durante toda su vida, ese en el que estuvo a punto de dejarse la propia existencia, con tal de conseguir que a sus niños, y a su mujer, no les faltara de nada en el día a día. Muchas cosas no venían en su libro (¡acabáramos!), pero jamás se habría expuesto a un escarnio como el de esos dos chavales de la tele, que me apuesto unas cañas a que son universitarios, tienen tobillos impolutos y ni siquiera son conscientes del ridículo que hicieron.