Jueves, 30 Marzo, 2017

Somos un desastre



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Hace tiempo que veo poco los informativos de la tele. Empieza a pasarme como a aquel fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, que solo veía los documentales de la BBC. Yo veo los de Discovery, especialmente los sencillos, esos que no te piden mucho, esos que te entretienen sin más. Simples como el mecanismo de un chupete, pero efectivos.

Reconozco que estos americanos son únicos haciendo este tipo de productos. Solo cuando la noticia llega por tierra, mar y aire, es cuando me entero, es decir, cuando llega por las RRSS y por los digitales, como este que con tanto tino dirige Manu. He ganado en tranquilidad emocional lo que no está en los escritos y tampoco creo que me pierda tanto habida cuenta del gusto de los informativos por centrarse en la propaganda y el sensacionalismo.

Desde que leí a Ignacio Ramonet y su Tiranía de los Medios de Comunicación, veo los informativos de otra manera y no hay “happy end” que me haga cambiar de opinión. De la misma manera que nadie me puede comparar La Sexta Noche con La Clave. Así, retomando el hilo, en esta semana, con el ruido de fondo de la corrupción, se han colado tres o cuatro noticias en mi vida: el diluvio universal caído en nuestras costas que se ha llevado por delante la vida de unos cuantas personas (cuatro cuerpos habían sido rescatados al escribir estas líneas); la salida masiva de refugiados huyendo de una guerra con la terrible foto del chiquillo en la playa turca y el comportamiento absolutamente inhumano de una reportera húngara que responde al nombre de Petra, esto es, “piedra”. ¿A qué otro nombre podría responder? Al socaire de esta realidad, la palabra que más se repite es hipocresía. Desde todos los frentes. Primero, desde la óptica del que observa como la ola de solidaridad que, justificadamente, se ha producido con los refugiados sirios, no tiene lugar con los miles de inmigrantes que encuentran en el Mediterráneo su tumba; segundo desde la visión del pragmático conservador que nos recuerda, como si fuera el interventor de las cuentas del Estado, que España no puede acoger a tanto refugiado, sobre todo si es pobre y que el hipócrita que lo pida de forma colectiva lo que tiene que hacer es meterlos en su casa; y, por último, afinando un poco, desde la óptica de los medios controlados por los grandes grupos financieros que participan y justifican determinadas posiciones políticas de “exportación” de modelos democráticos, coartada de algún conflicto reciente, y ahora parecen muy sensibles ante una crisis humanitaria tributaria de sus mezquinos y reales intereses. Ante ese escenario tan desalentador y sin ánimo de parecer pesimista, poco se puede añadir, tal vez lo que me comentaba mi amigo Juan delante de una caña en el bar Morales hace unos años cuando me citaba a Ciorán: “la sociedad no es una enfermedad, sino un desastre”.

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